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EL DESPERTAR DEL PENSAR 10 - 11 Y 12

DÉCIMA PARTE



procedentes de mi integridad bajo la influencia de tres causas
exteriores accidentales que nada tienen en común, a saber: gracias, en primer lugar, a la
indicación de una persona que se convirtió sin el menor deseo de mi parte, en la causa pasiva
de la causa de mi surgimiento; en segundo lugar, debido a la caída de una muela provocada
por un sabandija, a causa principalmente de la «babosidad» de un tercero; y en tercer lugar,
gracias a la formulación verbal practicada por un borracho que me es completamente ajeno,
me refiero al mercader moscovita.
Si antes de haber trabado relación con este «principio de la vida universal y total» hubiera
concretado todas las manifestaciones en forma diversa de la habitual a los otros animales
bípedos semejantes a mí que conmigo vegetan y se desenvuelven en el mismo planeta, lo
habría hecho automáticamente y a menudo sólo a medias consciente; pero después de este
episodio comencé a hacerlo conscientemente y además con una sensación instintiva de dos
impulsos confundidos: la autosatisfacción y el autoconocimiento, al cumplir correcta y
honorablemente mi deber para con la gran Naturaleza.
Debe hacerse hincapié en el hecho de que aun cuando ya antes de este suceso me comportaba
de forma diferente a los demás, mis manifestaciones pasaban en general inadvertidas a los
ojos de mis coetáneos; pero a partir de ese momento en que la esencia de este principio vital
fue asimilada por mi naturaleza, todas mis manifestaciones, tanto las deliberadas y dirigidas
hacia un objetivo dado como aquellas otras emanadas simplemente, como se dice, de la «pura
casualidad», adquirieron cierta cualidad vivificante, facilitando la formación de «callos» en
los órganos perceptivos de todas las criaturas semejantes a mí, sin excepción, que dirigían su
atención directa o indirectamente hacia mis actos; esto por una parte, por la otra, yo mismo
comencé a ejecutar todas estas acciones en conformidad con las instrucciones impartidas en
su lecho de muerte por mi difunta abuela, tratando de llevarlas hasta su límite extremo; de
modo que por fin adquirí automáticamente la costumbre de, al emprender cualquier actividad
nueva, así como ante cualquier cambio —por supuesto en gran escala— proferir siempre para
mis adentros o en voz alta:
«Si te vas de parranda, parrandea hasta el fin, incluyendo el franqueo.»
Y ahora, por ejemplo también en este caso, dado que, por causas ajenas a mí, procedentes tan
sólo de las extrañas y azarosas circunstancias de mi vida, he acertado a dedicarme a escribir
libros, me veo obligado a hacerlo también en conformidad con aquel mismo principio que
gradualmente se ha venido haciendo más definido, gracias a diversas y extraordinarias
combinaciones dispuestas por la propia vida y que han hecho que se confundiera con cada uno
de los átomos que componen mi integridad.
Comenzaré ahora a poner en ejecución este principio psico-orgánico mío, eludiendo la
práctica seguida por todos los escritores, y establecida a través de los tiempos desde el pasado
más remoto, de tomar como tema de sus escritos hechos que se supone han ocurrido o están
ocurriendo en la Tierra; yo habré de tomar, en su lugar, como escala de los hechos relatados
en mis escritos, todo el Universo. De este modo, también en este caso habremos de cumplir
aquello de que «Si te vas de parranda, parrandea hasta el fin, incluyendo el franqueo».
Cualquier escritor puede escribir dentro de la escala terrena; pero yo no soy cualquier escritor.
¿Podría confinarme acaso, a esta, en el sentido objetivo, «mezquina Tierra» nuestra? Es decir,
¿podría tomar por tema de mis escritos los mismos que en general han tomado los demás
escritores? No debo hacerlo bajo ningún concepto, y si no por otras razones, tan sólo simplemente
por que lo que nuestros cultivados espíritus afirman, podría resultar cierto de buenas
a primeras; y mi abuela podría enterarse de esto; y ¿comprendes lo que podría sucederle a
ella, a mi bienamada abuela? Se revolvería en su tumba, pero no una vez, como suele decirse,
sino —y ahora lo comprendo bien, especialmente debido a que actualmente me encuentro
dotado de una particular «habilidad» para ponerme en el lugar de otro— lo haría tantas veces
que casi, casi terminaría por transformarse en una «veleta irlandesa».
Por favor, lector, te lo suplico, ¡no te aflijas!... Claro está que también habré de escribir sobre
la Tierra, pero con actitud tan imparcial que este planeta comparativamente tan pequeño, así
como todo lo que contiene, habrá de guardar relación con el lugar que ocupa en la realidad y
con el que, de acuerdo con tus propias conclusiones —alcanzadas por cierto, gracias a mi
ayuda— debe ocupar en nuestro gran Universo.
También deberé hacer, por supuesto, que los diversos «héroes», como se los suele llamar, de
mis escritos no sean del tipo preferido habitualmente por los escritores de todo rango y de
todas las épocas; es decir, esos Pedros, Diegos y Pablos que nacen por un malentendido y que
no logran alcanzar durante el proceso de su formación hasta lo que se llama «vida
responsable» nada en absoluto de lo que es propio del surgimiento de la imagen de Dios, es
decir, de un hombre; y se limitan tan sólo a desarrollar progresivamente en su interior, hasta
su último suspiro, tales y tan diversos encantos, como por ejemplo la «lujuria», la «ruindad»,
el «amor», la «malicia», la «cobardía», la «envidia» y otros vicios similares indignos del
hombre.
Es mi propósito incluir en mis escritos héroes tales que todo el mundo haya de percibir, quiera
o no, y con todo su ser, como entes reales, capaces de hacer cristalizar inevitablemente en los
datos de todos los lectores la idea de que son realmente «alguien» y no tan sólo «nadie».
Durante las últimas semanas —mientras guardaba cama por hallarme físicamente enfermo—
esbocé mentalmente un resumen de mis futuros escritos, tratando de concebir la forma y la
secuencia de su exposición, hasta que finalmente decidí convertir en héroe principal de la
primera serie de mis escritos a... ¿Sabes a quién?... Pues al mismísimo Gran Belcebú; aun
cuando esta elección pudiera provocar desde un principio en la mentación de la mayoría de
mis lectores asociaciones mentales de tal naturaleza que generen en su ser interior toda clase
de impulsos automáticos contradictorios, procedentes de la acción de esa totalidad de datos
indefectiblemente configurada en la psiquis de la gente —debido a todas las condiciones
anormales de nuestra vida exterior—, datos que aciertan generalmente a cristalizar en ellos,
debido a eso tan famoso que suele llamarse «moralidad religiosa» y que está muy latente y
arraigado en la vida que llevan; por consiguiente, deben configurarse inevitablemente en ellos
datos tales que produzcan una inexplicable hostilidad hacia mi propia persona.
¿Pero sabes una cosa, lector?
Para el caso en que decidas, pese a esta advertencia, arriesgarte a continuar conociendo mis
escritos y trates de asimilarlos, siempre con un impulso de imparcialidad, y de comprender la
esencia misma de los problemas a cuya dilucidación he dedicado mi obra; y en vista también
de la peculiaridad inherente al psiquismo humano de que nada puede oponerse a la percepción
de lo bueno cuando se establece, por así decirlo, un «contacto de sinceridad y confianza
mutua», he de hacerte ahora una franca confesión acerca de las asociaciones surgidas en mi
ser y que, como resultado, han precipitado en la esfera correspondiente de mi consciencia, los
datos que decidieron a mi individualidad a escoger por héroe principal de mis escritos
precisamente, al señor Belcebú y no a otro cualquiera.
Esta elección no estuvo, como se verá, desprovista de astucia. Mi astucia se basa simplemente
en la suposición lógica de que si muestro cierta atención para con él, éste habrá de mostrarse,
a su vez indefectiblemente —cosa que ya no puedo dudar—


ONCEAVA PARTE



dudar— agradecido, ayudándome por lo
tanto en la elaboración de mis escritos.
Si bien el señor Belcebú está hecho, como suele decirse «de otro paño», puede, sin embargo
pensar y, lo que es más importante, posee —como aprendí hace mucho tiempo, gracias al
tratado del famoso monje católico, el hermano Tontolón— una cola encaracolada, por lo cual
yo, perfectamente convencido —como lo estoy por experiencia— de que esos
encaracolamientos nunca son naturales sino que sólo pueden obtenerse mediante diversas
manipulaciones intencionales, concluyo, en conformidad con la «sana lógica» de la
hieroscopía delineada en mi consciencia a través de la lectura de diversos libros, que el señor
Belcebú debe poseer también una buena dosis de vanidad por la cual habrá de parecerle en
extremo inconveniente no ayudar a quien va a publicar Su nombre.
No en balde nuestro renombrado e incomparable maestro Mullah Nassr Eddin, dice con
frecuencia:
«Sin untar la mano no sólo es imposible vivir tolerablemente en lugar alguno, sino incluso
respirar.»
Y otro sabio también terreno, que si lo ha sido se lo debió tan sólo a la crasa estupidez de la
gente, llamado Till Eulenspiegel, ha expresado una idea semejante con las siguientes palabras:
«Si no engrasas las ruedas, el carro no anda.»
Conociendo éstos, y también otros muchos dichos de la sabiduría popular incorporados a
través de los siglos a la vida colectiva de la gente, decidí pues, «untar la mano» precisamente
del señor Belcebú quien, como todos comprenderán, tiene posibilidades y conocimientos más
que suficientes para utilizar en cuanto se le antoje.
¡Suficientes, querido mío! Dejando de lado todas las bromas, incluso las de orden filosófico,
podría parecer que, gracias a todos estos extravíos, hubieras infringido uno de los principios
fundamentales arraigados en ti, echando los cimientos de un sistema proyectado previamente
para la introducción de tus sueños en la vida por medio de esta nueva profesión, principio que
consiste en lo siguiente: tener siempre presente y en cuenta el hecho del debilitamiento de la
mentación del lector contemporáneo, así como el hecho de que no debe fatigársele con la
percepción de muchas ideas a un tiempo.
Además, cuando le pregunté a una de las personas que siempre me rodean, «ansiosas de entrar
en el Paraíso indefectiblemente con los zapatos puestos», que me leyera en voz alta y desde el
principio al fin todo lo que yo había escrito en este capítulo preliminar, lo que se llama mi
«yo» —claro está que con la participación de todos los datos definidos configurados en mi
psiquis original durante mis últimos años, datos que me dieron entre otras cosas la
comprensión del psiquismo de las criaturas de tipo diferente aunque similar al mío—
comprobé y supe con certeza que en la integridad de todo lector sin excepción habría de surgir
inevitablemente, gracias tan sólo a este primer capítulo, un «algo» que automáticamente
engendraría cierta hostilidad definida hacia mi persona.
A decir verdad, no es esto lo que más me preocupa en este instante, sino el hecho de que una
vez finalizada esta lectura también comprobé que en la suma total de todo cuanto en este
capítulo se había expuesto, la totalidad de mi integridad en la cual tan reducido papel
desempeña el «yo» antes mencionado, se manifestó decididamente en contra de uno de los
mandatos fundamentales de aquel Maestro Común Universal a quien tanto y tan
particularmente estimo, Mullah Nassr Eddin, que podría formularse con estas palabras:
«Nunca metas la nariz en un nido de avispas.»
La agitación que se adueñó de todo el sistema relacionado con mis sentimientos debido al
conocimiento del hecho de que en el lector habría de surgir necesariamente un sentimiento
poco amistoso hacia mí, cedió inmediatamente, tan pronto como recordé el antiguo proverbio
ruso que afirma:
«No hay ofensa que no pase con el tiempo»; pero la agitación que provocó en mi sistema la
comprensión de mi negligencia para con el mandamiento de Mullah Nassr Eddin, no sólo me
sigue preocupando seriamente, sino que un proceso sumamente extraño, que comenzó en mis
dos «almas» recientemente descubiertas, manifestándose bajo la forma de una aguda
comezón, empezó a aumentar progresivamente hasta llegar a provocar un dolor casi
intolerable en la región situada un poco más abajo de la mitad derecha de mi ya, sin esto,
maltratado «plexo solar».
¡Pero espera!... También este proceso parece estar cediendo, y en todas las profundidades de
mi consciencia; y —permítaseme decir— «incluso debajo de mi subconsciente», comienzan
ya a surgir todos los requisitos necesarios para la seguridad completa de que finalmente habrá
de cesar por entero, pues he acertado a recordar otro fragmento de la sabiduría de la vida y
este pensamiento llevó a mi mentación a reflexionar que si bien actuaba, en verdad, contra el
consejo del altamente apreciado Mullah Nassr Eddin, actuaba también, sin embargo, sin
querer, de acuerdo con el principio de aquel simpático —poco conocido en el mundo, pero
jamás olvidado por quienes lo conocieron— Karapeto de Tiflis: toda una verdadera joya.
Puesto que este capítulo preliminar va siendo ya bastante largo, no importará demasiado que
lo alargue todavía un poco más para contarte acerca del simpatiquísimo Karapeto de Tiflis.
Debo aclarar ante todo, que hace unos veinte o veinticinco años, la estación de ferrocarriles de
Tiflis tenía un «silbato de vapor».
Todas las mañanas se le hacía sonar para despertar a los obreros ferroviarios y a los
empleados de la estación; pero como la estación de Tiflis se hallaba en un alto, el pito era oído
prácticamente en toda la ciudad, despertando no sólo a los empleados ferroviarios sino
también a todos los demás habitantes de la población de Tiflis.
En vista de lo cual, el gobierno local, si mi memoria no me engaña, llegó incluso a
intercambiar unas notas con las autoridades ferroviarias acerca de la perturbación ocasionada
por el mencionado pito en el sueño matutino de los pacíficos ciudadanos.
La tarea de hacer pasar el vapor por el silbato todas las mañanas, estaba a cargo de nuestro
Karapeto, quien trabajaba en aquella estación. De modo pues que, cuando día a día llegaba hasta la cuerda de la cual debía tirar para hacer pasar el vapor dentro del silbato, antes de tomarla, movía la mano en todas direcciones, pronunciando estentórea y solemnemente, como un muecín desde el minarete: «Tu madre es una ..., tu padre es un ..., tu abuelo es más que un...; ojalá que tus ojos, tus oídos, tu nariz, tu bazo, tu hígado, tus callos...» y así sucesivamente; en resumen, pronunciaba con diversas variantes, todas las maldiciones que conocía; y sólo después de haber terminado con esto, tiraba de la cuerda.
Cuando por primera vez me llegaron noticias de este Karapeto y su peculiar práctica, decidí
visitarlo un día, una vez finalizado el trabajo cotidiano, llevándole de regalo un pequeño
barrilito de vino Kahketiniano; y después de celebrar solemnemente con los indispensables
brindis de rigor, le pregunté —claro está que de la forma adecuada y también de acuerdo con
el complejo local de la «afabilidad» para las relaciones mutuas— por qué hacía aquello.
Una vez que hubo vaciado su vaso de un trago y cantado el famoso canto georgiano «Poco fue
lo que bebimos», comenzó a explicármelo plácidamente:
—Puesto que tú bebes el vino, no como la gente de hoy día, es decir, tan sólo por las
apariencias, sino honestamente, esto me demuestra desde el principio que no deseas
informarte acerca de mi práctica por simple curiosidad, a diferencia de nuestros ingenieros y
técnicos, sino debido a una verdadera sed de conocimiento, por lo cual deseo e incluso
considero mi deber confesarte sinceramente la razón exacta de estos ínfimos y sutiles
escrúpulos, por así llamarlos, que me condujeron a comportarme en tal forma y que, poco a
poco, llegaron a conformar en mí un hábito.
Entonces me relató lo siguiente:
—Tiempo atrás solía trabajar en esta estación de noche, en la limpieza de las calderas, pero
cuando se inauguró el silbato a vapor, el jefe de estación, teniendo en cuenta evidentemente
mi edad y mi incapacidad para realizar adecuadamente la pesada tarea que tenía encomendada,
me ordenó


 DOCEAVA PARTE:



que me ocupara tan sólo de hacer sonar el pito, tarea para la cual tendría
que trasladarme puntualmente a la estación todas las mañanas y todas las tardes.
Durante la primera semana en que presté este nuevo servicio, advertí en cierta ocasión que
una vez cumplido mi deber, una especie de vago malestar se apoderaba de mí durante una o
dos horas. Pero cuando ese extraño malestar, cada día más intenso, llegó finalmente a convertirse
en una decidida enfermedad, que hasta me hizo perder el deseo de comer
«Makshokh», comencé a pensar continuamente, a partir de entonces, cuál podría ser la causa
del mal. En todo ello pensaba, y con especial intensidad, por una u otra razón, durante el
trayecto de ida a mi trabajo o de regreso del mismo, pero por mucho que me esforzaba no
lograba sacar en limpio absolutamente ninguna conclusión de mis cavilaciones.
Esto prosiguió durante casi dos años hasta que finalmente, cuando las callosidades de mis
manos se habían endurecido con el contacto diario de la cuerda para hacer sonar el silbato,
comprendí de pronto, casualmente, por qué había experimentado yo esa enfermedad.
El shock que produjo en mi mente la recta comprensión de lo que acontecía, como resultado
de lo cual se formó en mí, al respecto, una inalterable convicción, fue cierta exclamación que
acerté a oír involuntariamente en las siguientes y más bien peculiares circunstancias.
Una mañana en que me hallaba todavía medio soñoliento por haber pasado la primera mitad
de la noche en el bautizo de la novena hija de un vecino mío y la otra mitad en la lectura de un
interesantísimo y extraño libro que por casualidad había ido a parar a mis manos, llamado La
Magia y los Sueños, mientras avanzaba presurosamente camino de la estación para hacer
sonar el silbato, vi de pronto, en la esquina, un perrero-barbero-cirujano conocido mío,
perteneciente al servicio del gobierno local, que me hizo señas para que detuviera mi marcha.
La tarea de este perrero-barbero-cirujano amigo mío consistía en recorrer la ciudad a ciertas
horas acompañado de un ayudante y provisto de un carruaje construido especialmente al
efecto, recogiendo todos los perros extraviados cuyos collares no ostentasen las patentes de
metal distribuidas por las autoridades locales como testimonio del pago del impuesto
correspondiente, y llevando a los mencionados perros al matadero municipal donde los tenían
durante dos semanas por cuenta del municipio, alimentándolos con los desechos de la
matanza; si, expirado este plazo, los propietarios de los animales no los habían reclamado,
pagando la tasa correspondiente, los perros eran conducidos, con cierta solemnidad, por un
determinado pasaje que llevaba directamente a un horno construido al efecto.
Transcurrido un corto tiempo, salía por el otro extremo de este famoso e higiénico horno, con
un delicioso sonido de gorgoritos, cierta cantidad de una grasa transparente e idealmente
limpia para el provecho de los padres de nuestra ciudad dedicados a la fabricación de jabón y
quizás también a alguna otra cosa, y con un murmullo no menos delicioso para el oído, salía
también una considerable cantidad de otras muchas y útiles sustancias usadas como abono.
Este perrero-barbero-cirujano amigo mío empleaba el siguiente simple y admirablemente
hábil procedimiento para atrapar a los canes:
Nuestro hombre se había procurado en alguna parte una red común de pescadores grande y
vieja que, durante sus peculiares excursiones en pro del bienestar humano general a través de
los arrabales de nuestra ciudad, llevaba consigo, dispuesta de forma adecuada sobre sus
fuertes hombros, y cuando un perro sin su correspondiente «pasaporte» se ponía al alcance de
su omnividente y, para todas las especies caninas, terrible ojo, sin pérdida de tiempo, y con la
cautela de una pantera, se aproximaba a la víctima caminando sobre las puntas de los pies y,
aprovechando el primer momento favorable en que el perro se hallaba distraído o interesado
en alguna otra cosa, arrojaba la red sobre el mismo apresándolo en ella y luego, al colocarlo
en el carro, le sacaba la red de tal forma que quedaba automáticamente preso en la jaula del
mismo.
Precisamente en el momento en que mi amigo el perrero-barbero-cirujano me hizo señas para
que me parara, estaba a punto de arrojar la red, oportunamente, sobre una nueva víctima que
en ese instante se hallaba moviendo la cola muy contento mientras miraba a una perra.
Precisamente en el momento en que mi amigo iba a lanzar su red, súbitamente comenzaron a
resonar las campanas de una iglesia vecina, llamando a los fieles para sus plegarias matutinas.
Tan inesperado estruendo en el silencio de la madrugada, hizo que el perro se espantase y
saltando hacia un costado, se diera a la fuga por la calle solitaria con su mayor velocidad
canina.
Tanta fue a causa de esto la furia del perrero-barbero-cirujano, que se le pusieron todos los
pelos de punta, incluso los de las axilas, y arrojando la red sobre la acera, exclamó a gritos, al
tiempo que escupía sobre el hombro izquierdo:
«¡Demonios! ¡Qué horas de echar al vuelo las campanas!»
No bien hubo alcanzado la exclamación del perrero-barbero-cirujano mi aparato reflexivo, un
enjambre de diversos pensamientos comenzó a bullir en torno mío hasta conducirme
finalmente a la recta comprensión, a mi entender, de la razón por la cual se había producido
en mí la enfermedad instintiva mencionada con anterioridad.
Tan pronto como se hizo patente en mí esta idea, experimenté una especie de resentimiento
contra mí mismo por no habérseme ocurrido antes algo tan simple y tan claro.
Percibí con la totalidad de mi ser que mi efecto sobre la vida general no podía producir otro
resultado que el proceso que en mí había venido desarrollándose.
Y en verdad, todos aquellos que se despiertan de madrugada al oír el ruido producido por el
silbato de vapor, viendo así interrumpido su dulce sueño matutino, deben maldecirme sin
duda «por todo lo que hay bajo el sol», a mí precisamente, la causa de este ruido infernal: en
consecuencia, día a día, deben fluir hacia mi persona, procedentes de todas direcciones,
innumerables vibraciones malignas de toda suerte.
Esa significativa mañana, mientras me encontraba, después de haber cumplido mis deberes,
en el habitual estado de depresión que seguía siempre a mi tarea, me dediqué a meditar —en
un «Dukhan» y mientras comía un «Hachi» con ajo— sobre este problema, llegando
finalmente a la conclusión de que si yo maldecía a mi vez a aquellos quienes el cumplimiento
de mi tarea para el beneficio de cierta parte de la población parecía perturbar sobremanera,
entonces, de acuerdo con las explicaciones contenidas en el libro que había leído la noche
anterior, por mucho que aquellos, que como podría llamárseles, «yacen en la esfera de la
idiocia», es decir, en el adormilamiento intermedio entre el sueño y la vigilia, pudieran
maldecirme, ningún efecto podrían tener esas maldiciones —según las explicaciones del
mismo libro— sobre mí.
Y efectivamente, desde que comencé a hacerlo, no volví ya a sentir aquella enfermedad
instintiva.
Pues bien, ahora, paciente lector, debo realmente dar fin a este capítulo preliminar. Sólo me
resta firmarlo.
EL QUE...
¡Un momento! ¡Gran error! Una firma no es cuestión de bromas; en caso contrario podría
sucederle a uno lo mismo que a aquel ciudadano de uno de los imperios de la Europa central,
que debió pagar el alquiler correspondiente a diez años por una casa que sólo ocupó durante
tres meses, únicamente porque había estampado su firma en un papel que lo comprometía a
renovar el contrato por el alquiler de la casa todos los años.
Por ésta, así como por otras muchas experiencias perfectamente conocidas, deberé mostrarme
sumamente cauteloso en lo que a mi firma se refiere.
Muy bien, entonces.
El que en su infancia se llamó «Tatakh»; en la adolescencia «Moreno»; luego el «Griego
Negro»; en su madurez, el «Tigre del Turquestán» y ahora, no cualquier cosa, sino el
auténtico «Monsieur o Mister Gurdjieff», sobrino del «Príncipe Mukransky» o, para terminar,
simplemente, un «Maestro de Danzas».

FIN DE CAPÍTULO 1
TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL DEL DESPERTAR DEL PENSAR

EL DESPERTAR DEL PENSAR 7 - 8 y 9 Partes

SÉPTIMA PARTE


y convertirse en un impulso digno, es decir, el impulso del
deseo de aprender, el cual, a su vez, facilita una mejor percepción e incluso una más estrecha
comprensión de la esencia de cualquier objeto en el que, como suele suceder, pudiera
concentrarse la atención del hombre contemporáneo y, por consiguiente, casi estoy deseando
satisfacer, con sumo agrado, la curiosidad que acaba de nacer en tí en este momento.
Pues bien; es tiempo ya de que, prestando atención, trates de justificar y no defraudar mis
esperanzas. Esta original personalidad mía, «olfateada» ya por ciertos individuos definidos de
ambos coros de la Sede del Juicio Celestial, donde se lleva a cabo la Justicia Objetiva, y
también aquí en la Tierra, por un número de personas todavía muy reducido, está basada,
como ya dije, en los tres datos secundarios específicos configurados en mí en diversas épocas
de mi edad preparatoria. El primero de estos datos, desde el comienzo mismo de su aparición,
se convirtió, por así decirlo, en la principal palanca directriz de mi totalidad, y los otros dos,
las «fuentes vivificantes», por así llamarlas, en los medios de alimentación y
perfeccionamiento de este primer dato.
El surgimiento del mismo tuvo lugar cuando yo era todavía tan sólo un «querubín regordete».
Mi querida abuela, ya fallecida, vivía entonces y tenía algo más de cien años de edad.
Cuando mi abuela —que la gloria de Dios sea con ella— estaba en su lecho de muerte, mi
madre, como era costumbre entonces, me llevó a su lado y cuando yo le besé la mano
derecha, mi querida abuela me colocó su moribunda mano izquierda sobre la cabeza y con un
susurro apenas audible me dijo:
—¡Tú, el mayor de mis nietos, escúchame! Escúchame y recuerda siempre éste, mi último
deseo: nunca te comportes en la vida como lo hacen los demás.
Así que hubo dicho esto, me miró el puente de la nariz y advirtiendo evidentemente mi
perplejidad y mi escasa comprensión de lo que me había dicho, agregó algo irritada, con
autoridad:
—O no hagas nada —ve a la escuela solamente— o si no, haz algo que nadie más que tú haya
hecho.
E inmediatamente después, sin vacilación alguna y con una perceptible actitud de desdén por
todo cuanto la rodeaba, así como con una admirable autoconsciencia, puso su alma
directamente en las manos del arcángel Gabriel.
Entiendo que será interesante e incluso instructivo para ti, saber que todo esto produjo en mí
tan profunda impresión, que de pronto me volví incapaz de soportar la presencia de persona
alguna a mi alrededor, de modo que, tan pronto como salimos de la habitación en que yacía el
«cuerpo planetario» mortal de la causa de mi despertar, silenciosamente, tratando de no llamar
la atención, me deslicé hacia el arca en que, durante la cuaresma, se guardaban el salvado y
las cáscaras de patata para nuestros «auxiliares sanitarios», es decir, nuestros cerdos, y allí me
quedé, sin comer ni beber, en medio de una tempestad de agitados y confusos pensamientos
—de los cuales, por fortuna para mí, sólo tenía entonces en mi aniñado cerebro un número
extremadamente reducido— hasta que mi madre regresó del cementerio; pues sus llantos al
descubrir que había desaparecido, tras una vana búsqueda, llegaron, por así decirlo, a
«abrumarme», de modo que inmediatamente abandoné el arca y poniéndome en pie sobre el
borde, corrí hacia ella con las manos extendidas y aterrándome a sus faldas, comencé involuntariamente
a dar patadas al suelo e ignoro por qué, a imitar el rebuzno del asno de nuestro
vecino el alguacil.
Por qué me produjo aquello una impresión tan fuerte y por qué tuve entonces casi
automáticamente una conducta tan extraña, es cosa que no puedo decidir ahora, si bien en
años recientes, especialmente en los días llamados de «carnestolendas», medité largamente
sobre este punto, tratando principalmente de descubrir su causa.
Se me presentó entonces la hipótesis lógica de que quizás ello se debió tan sólo a que la
habitación en que se desarrollara esta sagrada escena, que tan tremendo significado habría de
tener durante el resto de mis días, se hallaba impregnada hasta el último rincón con el aroma
de un incienso especial procedente del monasterio del «Viejo Athos», sumamente popular
entre los adeptos a diversas sectas cristianas. Sea como fuere, el hecho es que así sucedió.
Durante los días que siguieron a este suceso, nada de particular me aconteció, a menos que
hubiese guardado alguna relación con lo anterior el hecho de que, en aquellos días, caminé
más que de costumbre con los pies en el aire, es decir, sobre las manos.
Mi primer acto, evidentemente en desacuerdo con las manifestaciones de los demás, si bien
verdaderamente ajeno a la participación, no sólo de mi consciencia, sino también de mi
subconsciente, tuvo lugar exactamente en el cuadragésimo día después de la muerte de mi
abuela, en una ocasión en que toda nuestra familia, nuestros parientes y todos aquellos para
quienes mi querida abuela —a quien todos amaban— se había convertido en verdadero objeto
de estima, nos reunimos en el cementerio, según la costumbre, a fin de realizar sobre sus
restos mortales, guardados en la tumba, lo que suele llamarse el «servicio de réquiem»;
entonces, repentinamente, sin ton ni son, en lugar de observar la conducta convencional entre
la gente de cualquier grado de moralidad tangible e intangible y de toda suerte de posición
material, es decir, en lugar de quedarme en pie y en silencio, abrumado por el dolor, con
expresión afligida en el rostro e incluso con lágrimas en los ojos, comencé a brincar alrededor
de la tumba, en una especie de danza, cantando:
«Dejad que con los santos descanse,
Ahora que ya es 'fiambre';
¡Ay!¡Ay!¡Ay.
Dejad que con los santos descanse,
Ahora que ya es fiambre.»
... y así seguí.
Y fue así, precisamente, como empezó a surgir en mi integridad un «algo» que, con respecto a
toda clase de, por así llamarlas, «monerías», es decir, con respecto a las imitaciones de las
manifestaciones automatizadas ordinarias de los que me rodeaban, siempre engendró en mí lo
que he de denominar ahora un «impulso irresistible» a no hacer las cosas como los demás.
Daré algunos ejemplos de los actos que por entonces solía realizar con más frecuencia.
Si, por ejemplo, mientras me enseñaban a tomar la pelota con la mano derecha, mi hermano,
mis hermanas y los niños del vecindario que venían a jugar con nosotros, arrojaban la pelota
al aire, yo, con la misma intención antedicha, hacía rebotar primero la pelota en el suelo y
sólo una vez que había rebotado, me lanzaba, no sin hacer antes un salto mortal, hacia ella,
para tomarla sólo con el pulgar y el dedo medio de la mano izquierda; o bien, si todos los
demás niños se dejaban deslizar por el suelo desde una cierta altura, cabeza abajo, yo a mi vez
también trataba de hacerlo e incluso cada vez mejor, pero, para utilizar las palabras de los
chicos, lo hacía «de culo»; o bien, si nos regalaban algunos pasteles de los llamados
«Abarania», todos los demás niños, antes de llevárselos a la boca, les pasaban primero la
lengua, evidentemente para probarlos y disfrutar la agradable sensación inminente, sin
embargo yo empezaba oliéndolos por los cuatro costados, llegando a veces, incluso, a
acercármelos al oído, escuchando atentamente; luego, casi inconscientemente, aunque con
toda seriedad, murmuraba para mis adentros «No deberás comerlo, o reventarás»,
canturreando al mismo tiempo rítmicamente; a continuación, engullía por fin un trozo entero
bruscamente y sin saborearlo, para luego recomenzar de nuevo; etc., etc., etc.
La primera vez que se manifestó en mí uno de los dos datos mencionados, convertidos más
tarde en las fuentes «vivificadoras» para la nutrición y el perfeccionamiento de las
instrucciones impartidas por mi abuela fallecida, coincidió con la edad en que dejé de ser un
querubín regordete para convertirme en lo que se llama un «sabandija», habiendo empezado a
ser ya, como a veces suele decirse, un «aspirante


OCTAVA PARTE


un «aspirante a joven caballero de agradable apariencia y
dudoso contenido».
Estas son las circunstancias que rodearon a dicho suceso y que quizás se hallen combinadas
de algún modo con el propio Destino.
Junto con cierto número de sabandijas como yo, me hallaba un día colocando trampas para
palomas en el techo de la casa de un vecino, cuando de repente me dijo uno de los chicos que
estaban en pie a mi lado, mientras clavaba sus ojos en los míos fijamente:
—Me parece que el lazo de cerda tendría que estar dispuesto de tal modo que nunca apresara
el dedo mayor de la paloma, pues, como nuestro profesor de zoología nos explicó
recientemente, durante el movimiento, es precisamente en ese dedo donde la paloma
concentra sus fuerzas y por consiguiente, si este dedo es atrapado por el lazo, la paloma
podría, como es natural, romperlo fácilmente.
Otro muchacho, agachado precisamente enfrente de mí, y de cuya boca, dicho sea de paso,
salía saliva en profusión y en todas direcciones siempre que hablaba, se abalanzó sobre esta
observación del primero, embarcándose, con copiosa proyección de saliva, en la siguiente
refutación:
—¡Cierra el pico, descendiente de hotentotes! ¡Eres un aborto, igual que tu maestro! Si fuera
cierto que la mayor fuerza física de la paloma está concentrada en el dedo mayor, entonces,
con más razón, tendríamos que tratar de atrapar ese dedo en el lazo. Sólo entonces habría
algún sentido para nuestro objetivo —es decir, el de cazar estas infortunadas criaturas— en
aquella particularidad cerebral propia de todos los poseedores de ese suave y resbaloso «algo»
que consiste en que, cuando, gracias a otras acciones, de las cuales depende su insignificante
manifestabilidad, se origina una necesaria ley periódica conforme a lo que suele llamarse
'cambio de presencia', entonces, esta pequeña, por así llamarla «ley conforme a la confusión»
que debe entrar en acción para animar otros actos en su funcionamiento general, permite
inmediatamente que el centro de gravedad de la función total, en la cual este resbaloso «algo»
desempeña un papel muy pequeño, pase momentáneamente de su lugar habitual a otro sitio,
debido a lo cual se obtienen a menudo en la totalidad de su función general, inesperados y
ridículos resultados que rayan en lo absurdo.
Descargó estas últimas palabras con tal profusión de saliva, que a mí me pareció como si mi
rostro hubiera estado expuesto a la acción de un «atomizador» —no un producto «Ersatz»—
inventado por los alemanes para teñir las telas con colorantes de anilina.
Esto era más de lo que yo podía soportar y, sin abandonar mi posición en cuclillas, me lancé
sobre él de cabeza, golpeándolo con todas mis fuerzas en la boca del estómago; la intensidad
del impacto fue tan grande que cayó al suelo sin conocimiento.
No sé, ni quiero saber, con qué ánimo habrá de formarse en tu mentación el resultado de las
declaraciones relativas a la extraordinaria coincidencia —en mi opinión— de las
circunstancias de la vida que pasaré a formular a continuación, si bien para mi mentación, esta
coincidencia constituyó un material excelente para asegurar la posibilidad de que este suceso
por mí descrito, que tuvo lugar en mi juventud, no se desarrollara simplemente por pura
casualidad, sino obedeciendo a la creación intencional de ciertas fuerzas extrañas.
El hecho es que esta destreza me fue acabadamente revelada sólo unos pocos días antes de
este suceso, por un sacerdote griego procedente de Turquía, quien, perseguido por los turcos a
raíz de sus convicciones políticas, se había visto obligado a huir del país y que, a su llegada a
nuestra ciudad, había sido contratado por mis padres para que me enseñara el griego moderno.
Ignoro en qué datos apoyaba sus convicciones e ideas políticas, pero recuerdo perfectamente
que en todas las conversaciones, incluso cuando me explicaba la diferencia existente entre las
expresiones exclamatorias en el griego antiguo y en el moderno, proporcionaba ejemplos en
los que claramente se manifestaban sus sueños y sus deseos de marcharse lo antes posible a la
isla de Creta, revelando así ser un verdadero patriota.
Pues bien; al contemplar el efecto de mi acometida, me sentí, debo confesarlo, horriblemente
asustado, dado que, ignorando la reacción natural que provocan los golpes en ese lugar, creía
haberlo matado.
En el momento en que experimentaba este temor, otro muchacho, primo de aquel que se había
convertido, por así decirlo, en la primera víctima de mi «aptitud para la defensa personal»,
poseído evidentemente por el sentimiento que llamamos de «consanguinidad», se abalanzó
inmediatamente sobre mí, asestándome un violento puñetazo en la cara.
Este golpe, me hizo, lo que se dice, «ver las estrellas» y al mismo tiempo, se me hinchó la
boca como si hubiera encerrado en ella la comida necesaria para la alimentación artificial de
un millar de pollos.
Al cabo de cierto tiempo, y amortiguado ya el efecto de estas dos extrañas sensaciones,
descubrí efectivamente la presencia de cierto objeto extraño en mi boca que, al extraerlo con
los dedos, resultó ser nada menos que una muela de grandes dimensiones y extraña forma.
Al verme contemplar este extraordinario diente, todos los demás chicos se amontonaron a mi
alrededor comenzando ellos también a examinarlo con gran curiosidad, en medio de un raro
silencio.
Para entonces, el que había perdido el conocimiento, se había recobrado completamente y,
uniéndose al grupo, comenzó a mirar el diente compartiendo la intriga general, como si nada
le hubiese pasado.
Este extraño diente tenía siete puntas, y en el extremo de cada una de ellas sobresalía en
relieve una gota de sangre y a través de cada una de estas gotas brillaba nítida y
definidamente, uno de los siete aspectos de la manifestación del rayo blanco.
Después de este silencio, insólito en un grupo de «sabandijas», nuevamente renació nuestra
algarabía, y en medio de esta algarabía, decidimos ir a ver inmediatamente al peluquero,
perito en la extracción de dientes, para preguntarle por qué era así ese diente.
De modo pues que, sin esperar un instante más, descendimos todos del tejado y nos
marchamos hacia la peluquería, claro está que conmigo, el «héroe del día» orgullosamente en
cabeza.
El peluquero, después de una rápida ojeada, declaró que se trataba tan sólo de una «muela del
juicio» y que todos los individuos pertenecientes al sexo masculino que son alimentados
exclusivamente con la leche de la madre hasta que pronuncian por primera vez las palabras
«papá» y «mamá» y que a primera vista pueden reconocer entre otros muchos rostros el de su
propio padre, poseen una de estas muelas.
Como consecuencia de la suma total de los efectos de este suceso —mi pobre «muela del
juicio» se convirtió en un sacrificio completo— no solamente comencé a tener, a partir de ese
momento, una consciencia en perpetua absorción, con respecto a todas las cosas de la propia
esencia de la esencia de la orden de mi abuela —que Dios la tenga en su gloria— sino que,
debido a que no fui a un «dentista diplomado» para hacerme tratar la cavidad que había sido
ocupada por el diente en cuestión, lo cual, a decir verdad, no pude hacerlo en razón de
hallarse mi hogar demasiado alejado de todo centro cultural contemporáneo, comenzó a
exudar en forma crónica de esta cavidad un «algo» que —como me explicó en época muy
reciente un celebérrimo meteorólogo con quien nos hemos hecho «íntimos amigos» debido a
las frecuentes reuniones en los restaurantes nocturnos de Montmartre— tenía la propiedad de
despertar un gran interés por las causas de cualquier «hecho real» sospechoso, así como de
estimular cierta tendencia a averiguar el origen del mismo; y esta propiedad, que no me había
sido transmitida por herencia, me condujo de forma gradual y automática a convertirme
finalmente ...


NOVENA PARTE


automática a convertirme
finalmente en un verdadero perito en la investigación de todos los fenómenos anormales que
me salían al paso, lo cual ocurría con suma frecuencia.
Recién formada en mi ser esta propiedad, después de este suceso —en que yo, claro está que
con la cooperación de nuestro OMNICOMÚN SEÑOR EL DESPIADADO HEROPASS, es
decir, el «fluir del tiempo», me transformé en el joven que ya he descrito— se convirtió para
mí en una llama imperecedera y real de consciencia.
El segundo de los mencionados factores vivificantes, para la fusión completa, esta vez de las
instrucciones de mi querida abuela con todos los datos que constituyen mi ser individual
general, fue la totalidad de impresiones recibidas a través de la información que tuve la suerte
de adquirir, en relación con el hecho que tuvo lugar entre nosotros, aquí, en la Tierra,
revelador del origen de ese «principio» que, resultó ser de acuerdo con las dilucidaciones de
Allan Kardec durante una sesión espiritista «absolutamente secreta», convirtiéndose después
en todas las partes habitadas por seres como nosotros y sentando sus dominios por igual en
todos los demás planetas de nuestro Gran Universo, en uno de los principales «principios
vitales».
He aquí la formulación en palabras de este nuevo «principio de la vida universal y total»:
«Si estás de parranda, parrandea hasta el fin, incluyendo el franqueo.»
Como este «principio», actualmente universal, surgió en el mismo planeta en que tú naciste y
en que, además, transcurre tu existencia rodeada de rosas y con algún que otro fox-trot que
bailas de vez en cuando, me considero sin derecho a ocultarte la información que poseo, y que
arroja cierta luz sobre algunos detalles precisamente del surgimiento de ese principio
universal.
Poco tiempo después de habérseme inculcado el nuevo patrimonio mencionado anteriormente,
es decir, el impulso incansable hacia la dilucidación de las razones que explican la aparición
de toda clase de «hechos reales», a mi primera llegada al corazón de Rusia, la ciudad de
Moscú —donde me dediqué, no encontrando ninguna otra cosa para la satisfacción de mis
necesidades psíquicas, a la investigación de las leyendas y proverbios rusos—, acerté a
aprender —no sé si por accidente o como consecuencia de un encadenamiento causal objetivo
regido por una ley que no conozco— lo siguiente:
Había una vez un mercader ruso que no era, por su aspecto exterior, sino eso: un simple
mercader que debía viajar frecuentemente de su pueblo de provincias a la segunda capital de
Rusia, la ciudad de Moscú, por un negocio u otro. Sucedió un día que su hijo —el favorito del
padre, pues se parecía extraordinariamente a la madre— le pidió que le trajera cierto libro de
la capital.
Cuando este gran autor inconsciente del «principio de la vida» universal y total, llegó a
Moscú, hizo, junto con un amigo, lo que era entonces y sigue siendo todavía habitual allí:
emborracharse completamente con vodka.
Y así que estos dos habitantes de este vasto agrupamiento contemporáneo de criaturas bípedas
hubieron bebido un número conveniente de vasos de esta «bendición rusa» y hubieron
discutido lo que se llama la cuestión de la «educación pública» —con la cual ha sido de rigor,
durante mucho tiempo, empezar todas las conversaciones— nuestro mercader recordó
repentinamente, por asociación, la petición de su querido hijo, resolviéndose a salir
inmediatamente en compañía de su amigo, en busca de una librería para comprar el libro.
Una vez en la librería, el mercader, después de revisar cuidadosamente el libro que había
solicitado, preguntó el precio.
A lo cual el vendedor replicó que costaba sesenta kopeks.
Al advertir que el precio marcado en la cubierta del libro era de sólo cuarenta y cinco kopeks,
nuestro mercader comenzó a reflexionar de un modo extraño, inusitado en general en los
rusos, y después, retrayendo los hombros, enderezándose casi como una columna y sacando el
pecho como un oficial de la guardia, dijo, después de una corta pausa, con voz muy suave
pero con entonación que dejaba apreciar una gran autoridad:
—Pero aquí marca cuarenta y cinco kopeks. ¿Por qué me pide sesenta?
Ante lo cual, el librero, poniendo lo que se llama una cara «oleaginosa», propia de todos los
vendedores, contestó que el libro costaba ciertamente nada más que cuarenta y cinco kopeks,
pero que él debía venderlo a sesenta porque los quince kopeks de diferencia habían sido
agregados para el franqueo.
Ante semejante respuesta, nuestro mercader ruso, perplejo frente a dos hechos tan
completamente contradictorios, pero evidentemente conciliables, clavó la vista en el cielo raso
y se entregó a una nueva meditación, pero esta vez como un profesor inglés que hubiera
inventado una cápsula para el aceite de ricino; hasta que por fin, volviéndose bruscamente
hacia su amigo, profirió por primera vez sobre la faz de la Tierra, la fórmula verbal que,
puesto que expresa en su esencia una indudable verdad objetiva, ha asumido desde entonces el
carácter de un aforismo.
Esto es, pues, lo que le dijo a su amigo:
—No importa, nos llevamos el libro. Total, hoy estamos de parranda y «si uno anda de
parranda hay que parrandear hasta el fin, incluyendo el franqueo».
En cuanto a mí, condenado, desgraciadamente, a experimentar en vida las delicias del
«Infierno», tan pronto como tuve conocimiento de todo esto, algo sumamente extraño que
nunca había experimentado antes ni volví a experimentar después, comenzó a manifestarse
inmediatamente en mi interior. Era como si en mi ser se hubieran establecido toda suerte de
«competencias», como las llaman los «Hivintzes» contemporáneos, entre asociaciones y
experiencias procedentes de fuerzas diversas.
Al mismo tiempo, comencé a sentir una comezón casi intolerable en toda la región de la
columna vertebral y un cólico, también intolerable, en el mismísimo centro del plexo solar, y
todo esto, es decir, estas sensaciones de acción recíproca fueron reemplazadas súbitamente,
después de cierto tiempo, por un estado de profunda paz interior que sólo una vez volvió a
repetirse más tarde en mi vida, cuando se me hizo objeto de la ceremonia de la gran iniciación
en la Hermandad de los «Originadores de la transformación del aire en manteca»; y más tarde
cuando «yo», es decir, este «algo desconocido» que soy, que en los tiempos antiguos lo
definió un loco —llamado por quienes lo rodeaban, tal como también ahora llamamos a esas
personas, «sabio»— como un surgir relativamente transferible, dependiente de la calidad del
funcionamiento del pensamiento, del sentimiento y del «automatismo orgánico», y de acuerdo
con la definición de otro sabio también antiguo y famoso, el árabe Mal-El-Leb, definición,
dicho sea de paso, que fue tomada en el curso del tiempo y repetida bajo una forma diferente,
por nada menos que el sabio griego Jenofonte, como «el resultado compuesto de la
consciencia, la subconsciencia y el instinto»; de modo pues que cuando yo —este mismo
«yo»— volví, en este estado, mi azorada atención sobre mí mismo, comprobé en primer
término, claramente, que cada una de las palabras de aquel «principio de la vida universal y
total» se había convertido en mi ser en una especie de particular sustancia cósmica y que, al
fundirse con los datos ya cristalizados en mí desde mucho tiempo antes de la orden de mi
fallecida abuela, había transformado estos datos en un «algo» y este «algo», impregnando en
todas sus partes mi ser total, se había establecido para siempre en cada uno de los átomos que
componen esta totalidad de mi ser, y en segundo término, éste mi malhadado yo sintió
entonces, definidamente y con un impulso de sumisión, se volvió consciente del para mí,
triste hecho, de que ya desde aquel momento yo tendría que, quisiera que no, manifestarme
siempre y en todos los casos sin excepción, de acuerdo con este patrimonio heredado y no de
acuerdo con las leyes de la herencia, ni siquiera de acuerdo con las circunstancias del medio
circundante, sino de las procedentes de mi integridad ...

EL DESPERTAR DEL PENSAR 6

RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
TRADUCCIÓN
CAPÍTULO I PARTE 6



EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO



Pero en caso de que, a pesar de esta advertencia, desearas conocer el contenido posterior de
mi exposición, entonces todo cuanto me resta por hacer no es sino desearte con toda mi
«auténtica alma» un gran, pero muy grande apetito, y que «digieras» todo cuanto leas, no sólo
para el bien de tu salud, sino también para el bien de la salud de todos aquellos que te rodean.
He dicho «con mi auténtica alma» debido a que, por haber vivido en época reciente en Europa
y haber establecido frecuentes contactos con determinadas personas que, en todas las
ocasiones apropiadas e inapropiadas muestran una fuerte tendencia a tomar en vano todos los
nombres sagrados que sólo deben pertenecer a la vida más íntima de un hombre, es decir, con
personas que juran en el vacío, y siendo yo, como ya he confesado antes, un fervoroso
adherente, no sólo de los dichos teóricos en general, sino también de los aforismos prácticos
de la sabiduría popular afirmados a través de largos siglos, y por consiguiente, del dicho que
en el caso actual corresponde a aquello que podría expresarse con las palabras: «Allí donde
fueres, haz lo que vieres», decidí, a fin de no desentonar con la costumbre establecida aquí en
Europa de jurar en el transcurso de cualquier conversación ordinaria y de actuar, al mismo
tiempo, de acuerdo con el mandamiento enunciado por los sagrados labios de San Moisés:
«no tomarás el nombre de Dios en vano», decidí valerme de uno de aquellos ejemplos contenidos
en los idiomas de moda «recién salidos del horno», esto es, el inglés, y así, a partir de
entonces, comencé en ciertas ocasiones necesarias a jurar por mi «alma inglesa».
El hecho es que en este tan elegante idioma, las palabras «alma» (soul) y la base del pie,
también llamada «planta» (sole), se pronuncian casi exactamente de la misma manera.
Yo no sé lo que tú, que ya eres en parte candidato a comprador de mis escritos, pensarás, pero
mi peculiar naturaleza es incapaz incluso con el mayor deseo mental, de refrenar una gran
indignación ante el hecho, puesto de manifiesto por individuos pertenecientes a la civilización
contemporánea, de que lo más elevado del hombre, particularmente amado por nuestro
PADRE CREADOR COMÚN, pueda realmente llamarse, y pueda llegar a comprenderse —
con suma frecuencia, en verdad, e incluso antes de haberse hecho completamente claro su
significado— como la parte que es la más baja y sucia del hombre.
Pero basta ya de «filologías». Volvamos ahora a la principal tarea de este capítulo inicial,
destinado, entre otras cosas, a remover, por un lado, los adormilados pensamientos míos y del
lector, y, por el otro, a advertir al lector sobre ciertas cosas.
De este modo, ya me he trazado mentalmente el plan general de las exposiciones pertinentes,
pero qué forma habrán de tomar sobre el papel, si he de hablar francamente, yo mismo no lo
sé en mi consciente, sino en mi subconsciente; de hecho, siento ya con bastante precisión que,
en su totalidad, habrá de tomar la forma de algo que será, por así decirlo, «picante» y que
tendrá un efecto semejante en la integridad de todos los lectores al del pimiento rojo en el
cuento del desdichado kurdo transcaucásico.
Ahora que el lector ya conoce la historia de nuestro simple campesino, considero llegado el
momento de realizar una confesión y, por consiguiente, antes de proseguir con el primer
capítulo, que no es sino una a manera de introducción a mis trabajos posteriores, deseo llevar
al conocimiento de lo que llamamos la «consciencia despierta pura» del lector el hecho de que
en los escritos que siguen a ese capítulo de advertencia habré de exponer mis pensamientos
deliberadamente, en tal sucesión y según tal confrontación lógica, que la esencia de ciertas
nociones reales pueda pasar por sí misma, automáticamente, por así decirlo, de esta
«consciencia despierta» —que la mayoría de la gente confunde, en su ignorancia, con la
consciencia real, pero que yo afirmo y pruebo experimentalmente que sólo se trata de una
consciencia ficticia— a lo que se llama el subconsciente, que tendría que ser, a mi juicio, la
verdadera consciencia humana, produciendo en ese punto, mecánicamente, la transformación
que debe tener lugar generalmente en la integridad del hombre y darle, a partir de su propia
mentación consciente, los resultados que merece, propios del hombre y no de los meros
animales mono o bicerebrados.
Así, me formé la resolución de hacerlo indefectiblemente, de modo tal que este capítulo
inicial, destinado como ya dije a despertar, lector, tu consciencia, justificara plenamente su
propósito y, alcanzando no sólo tu, en mi opinión, ficticia «consciencia», sino también tu
consciencia real, es decir, lo que tú llamas subconsciente, pudieras, por primera vez, llegar a
reflexionar de forma activa.
En la totalidad de todo hombre, independientemente de cual sea su herencia y su educación,
se forman dos consciencias independientes, que tanto en su funcionamiento como en sus
manifestaciones casi nada tienen en común. Una de ellas se forma a partir de la percepción de
toda clase de impresiones mecánicas, accidentales o deliberadas procedentes de los demás,
entre las cuales están las «consonancias» de diversas palabras que se hallan, como hemos
dicho, vacías; y la otra consciencia se forma a partir de los, por así llamarlos, «resultados
materiales ya formados previamente» que le son transmitidos por la herencia, que se han
mezclado con las partes correspondientes de la totalidad del hombre y también a partir de los
datos que surgen de su evocación intencional de las confrontaciones asociativas de esos
«datos materializados», que ya están en él.
La totalidad de la formación, junto a la manifestación de esta segunda consciencia humana, la
cual no es otra cosa que lo que llamamos «subconsciente» y que se forma a partir de los
resultados materializados de la herencia y de las confrontaciones originadas por las propias
intenciones, debería, a mi juicio —formado después de muchos años de dilucidaciones
experimentales llevadas a cabo en condiciones excepcionalmente favorables—, predominar
en la presencia común del individuo.
Como consecuencia de esta convicción, que sin duda debe parecerte todavía el fruto de la
fantasía de una mente alterada, no puedo ahora, como tú mismo podrás ver, pasar por alto esta
segunda consciencia y, obligado por mi esencia, me siento forzado a elaborar la exposición
general de incluso este primer capítulo de mis escritos, esto es, el capítulo a manera de
prefacio de todo lo que habrá de seguir, teniendo en cuenta que debe llegar, e «inquietar»
adecuadamente, a las percepciones acumuladas en esas dos consciencias tuyas.
Con esta consideración presente en el pensamiento, continúo pues mi exposición; debo ante
todo informar a tu consciencia ficticia de que, gracias a los tres datos peculiares precisos que
cristalizaron en mi ser total a lo largo de diversos períodos de mi edad preparatoria, soy
realmente único en el, por así llamarlo, «trastrueque» de todas las ideas y de las convicciones
que se suponían firmemente fijadas en el ser total de la gente con quienes entro en contacto.
¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!...
Desde ahora presiento que en tu «falsa» —pero según tú crees «real»— consciencia,
comienzan a agitarse, como «mariposas», todos los datos de importancia que te han sido
transmitidos por herencia desde tu tío y tu madre. La totalidad de dichos datos, siempre y en
todas las cosas, engendra en ti el impulso, por lo menos —pero no obstante, extremadamente
bueno— de la curiosidad, en este caso, curiosidad por descubrir lo más rápido posible por qué
yo, es decir, un escritor novel cuyo nombre no ha sido jamás mencionado en los periódicos,
me he vuelto de golpe tan único e irremplazable.
¡No te preocupes! Personalmente me hallo sumamente complacido con el despertar de esa
curiosidad, aun cuando ello ocurra tan sólo en tu «falsa consciencia», puesto que ya sé por
experiencia que a veces este indigno impulso del hombre puede llegar a pasar de esa
consciencia a la propia naturaleza y CONVERTIRTE ...
CONTINÚA

EL DESPERTAR DEL PENSAR 5

RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
TRADUCCCIÓN

CAPÍTULO I PARTE 5
EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO





... si así lo desea, sin necesidad de un intercambio inútil de palabras con el librero,
devolverlo y recuperar nuevamente su dinero, ganado tal vez, con el sudor de su frente.
Y esto habré de hacerlo indefectiblemente además, porque precisamente ahora acabo de
recordar lo que le aconteció a un kurdo transcaucásico, cuya historia me fue narrada en mi
adolescencia y que, cuantas veces volví a recordarla en ocasiones similares en los años posteriores,
me produjo un perdurable impulso de ternura. Creo que será sumamente conveniente
para mí y también para ti, contarte esta historia con cierto detalle.
Será conveniente, especialmente debido a que ya me he decidido a hacer de la «sal», o como
diría un negociante contemporáneo judío de pura sangre, el «Tzimus», de este cuento, uno de
los principios básicos de esta nueva forma literaria que estoy tratando de emplear para
alcanzar el objetivo que me he propuesto con esta mi nueva profesión.
Este kurdo transcaucásico salió cierta vez de su pueblo, por uno u otro negocio, rumbo a la
capital; una vez llegado a la misma, vio en el puesto de un frutero en el mercado, un colorido
despliegue de toda clase de frutas.
En este conjunto, advirtió una sumamente hermosa, tanto por su color como por su forma, y
tanto le cautivó su aspecto y tan grande fue su deseo de probarla, que, pese a no llevar casi
dinero encima, decidió comprar por lo menos uno de estos magníficos bienes de la Gran
Naturaleza para saborearlo.
Entonces, con gran ansiedad y con una osadía poco habitual en él, entró en el puesto y
señalando la fruta con su calloso dedo le preguntó el precio al comerciante. A lo cual
respondió éste que la libra de aquella «fruta» costaba dos centavos.
Convencido de que el precio no era en absoluto elevado para lo que en su opinión constituía
un hermoso fruto, el kurdo de nuestra historia resolvió comprar una libra entera.
Una vez finalizados sus negocios en la ciudad, emprendió el viaje de regreso hacia su casa ese
mismo día.
Mientras caminaba, a la hora del crepúsculo, por valles y montañas, percibiendo, quieras que
no, la visibilidad exterior de aquellos encantadores fragmentos del seno de la Gran Naturaleza
—nuestra Madre Común— e inhalando el aire puro y sin contaminar (a diferencia de la
asfixiante atmósfera de las ciudades industriales de hoy), nuestro kurdo sintió repentinamente,
como es natural, el deseo de regalarse con una rápida merienda; de modo que, sentándose a un
lado del camino, sacó de su bolsa un pedazo de pan y la «fruta» que lo había cautivado con su
tentador aspecto en el puesto del mercado, y comenzó a comer alegremente.
Pero... ¡Horror de los horrores!... No bien había dado el primer bocado cuando todo su interior
comenzó a arder. Pero a pesar del fuego que lo abrasaba, siguió comiendo.
Así pues, esta infortunada criatura bípeda de nuestro planeta siguió comiendo, gracias tan sólo
a aquella peculiar característica humana que mencioné más arriba; me refiero al principio que
intentaba convertir, cuando me decidí a usarlo como base de la nueva forma literaria por mí
creada, en, por así decirlo, la guía de todos mis actos, conducente a uno de los objetivos
perseguidos; principio cuyo sentido y significación no tardará el lector, estoy seguro, en
captar —claro está que de acuerdo con su grado de comprensión— en el transcurso de la
lectura de cualquier capítulo posterior de mis escritos, si, por supuesto, se decide a correr el
riesgo de seguir avanzando en la lectura del libro; o quizás, también podría suceder que
incluso antes de finalizar este primer capítulo ya «olfateara» algo.
Así pues, precisamente en el momento en que nuestro kurdo se hallaba abrumado por las
insólitas sensaciones que su extraña merienda procedente del seno de la Naturaleza le había
provocado, se aproximó por el mismo camino un vecino de su pueblo, vecino éste altamente
reputado por cuantos lo conocían como hombre de ingenio y de vasta experiencia; y así que
advirtió cómo la cara del kurdo parecía abrasada por las llamas, y sus ojos inundados de
lágrimas y que, pese a todo esto, proseguía comiendo como si se hubiese tratado del cumplimiento
de un deber impostergable, le dijo:
—¿Pero qué estás haciendo, borrico de Jericó? ¡Te vas a quemar vivo! Deja ya de comer esos
'pimientos picantes' a cuyo extraordinario sabor no está acostumbrada tu naturaleza.
A lo cual replicó el kurdo:
—¡Jamás!; por nada del mundo los dejaría yo de comer. ¿No me gasté acaso mis últimos dos
centavos en comprarlos? Aunque mi alma se separe aquí mismo de mi cuerpo seguiré
comiendo hasta terminarlos.
Por lo cual nuestro decidido kurdo —claro está que no podemos dudar ya de su resuelto
carácter— lejos de tirar los pimientos, siguió comiéndolos ávidamente.
Después de esto, espero que se haya producido, lector, en tu mentación, una correspondiente
asociación mental que habrá de afectar en ti, como consecuencia, tal como suele suceder a
veces a nuestros contemporáneos, aquello que generalmente llamas entendimiento, y en este
caso habrás de comprender por qué yo, perfectamente familiarizado con esta peculiaridad
humana —y apiadado de la misma— cuya manifestación inevitable consiste en que si alguien
paga dinero por alguna cosa es probable que se sienta obligado a usarla hasta el final, me
hallaba impregnado en la totalidad de mi ser con la idea, surgida en mi mentación, de tomar
todas las medidas posibles a fin de que tú («mi hermano en el espíritu y en el apetito», según
reza el dicho) —en el caso de que sólo estés acostumbrado a la lectura de toda clase de libros,
pero, escritos exclusivamente en la antes mencionada «lengua de la aristocracia intelectual»—
habiendo pagado ya cierta suma de dinero por mis escritos y habiéndote enterado
inmediatamente después de haberlos comprado de que no habían sido escritos en el cómodo y
fácilmente legible idioma habitual, no te sintieras obligado como consecuencia de aquella
mencionada peculiaridad humana, a leer mis escritos de cabo a rabo, cueste lo que cueste, del
mismo modo que nuestro infortunado kurdo transcaucásico se creyó obligado a comer hasta el
fin aquello que tanto lo había cautivado por su aspecto, es decir, los nobles y rojos pimientos
picantes.
De este modo, a fin de evitar todo malentendido derivado de esta peculiaridad, para la que se
han formado los datos necesarios en el ser total del hombre contemporáneo, gracias
evidentemente a su habitual concurrencia al cinematógrafo y gracias, también, a que jamás
pierde la oportunidad de mirar el ojo izquierdo del sexo opuesto, es mi deseo que este capítulo
inicial haya de imprimirse de la forma antes mencionada, de modo que cualquiera pueda
leerlo del principio al fin sin tener que cortar las páginas del libro.
De otro modo, el librero habría de, como suele decirse, «cavilar» y actuar, indefectiblemente,
de acuerdo con el principio básico de todos los libreros en general, que, para formularlo según
su propia expresión, reza en la forma siguiente: «Más que papanatas serás si, como el
pescador, dejas escapar el pescado que ya se ha tragado el anzuelo», rechazando la devolución
de un libro cuyas páginas habían sido abiertas. No me cabe ninguna duda acerca de esta
posibilidad; a decir verdad, tengo la absoluta certeza de esa falta de consciencia por parte de
los libreros.
Y los datos necesarios para la génesis de mi certeza con respecto a la falta de consciencia por
parte de los libreros se formaron acabadamente en mi personalidad cuando, durante el
ejercicio de mi profesión de «Fakir hindú», tuve necesidad, para la completa dilucidación de
cierto problema «ultrafilosófico», de familiarizarme también, entre otras cosas, con el proceso
asociativo para la manifestación del psiquismo automáticamente configurado de los libreros
contemporáneos y de sus dependientes, cuando venden los libros a sus clientes.
Sabedor de todo esto, y habiéndome convertido, desde que la desgracia cayó sobre mí, en
justo y fastidioso en extremo, por regla general, no puedo dejar de repetir, o mejor dicho, no
puedo dejar de advertirte nuevamente, de aconsejarte y de suplicarte fervorosamente, antes de
que empieces a cortar las páginas de éste mi primer libro, que leas atentamente, del principio
al fin, e incluso más de una vez, el primer capítulo de mis escritos.
CONTINÚA

EL DESPERTAR DEL PENSAR 4


TRADUCCIÓN
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF




CAPÍTULO I PARTE 4
EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO 

Este tipo de gente que se ha convertido, por así decirlo, en «polillas» destructoras de los
bienes que nos fueron legados por nuestros antepasados, carecen de la menor idea o noticia
del hecho estridentemente obvio de que, durante la edad preparatoria, tiene lugar la adquisición
en la función cerebral de todos los seres, incluido el hombre, de una propiedad
particular y definida, cuya materialización automática era llamada por los antiguos korkolanos
«ley de asociación», y de que el proceso de mentación de todos los seres, y en especial el
hombre, se desarrolla en estricto acuerdo con esta ley.
En vista del hecho de haber acertado a tocar accidentalmente un problema que se ha
convertido recientemente en uno de mis, digamos, «hobbies», es decir el proceso de la
mentación humana, me parece posible afirmar —ya en este primer capítulo— y sin esperar a
llegar al sitio asignado de antemano en este libro para la dilucidación de dicho problema, algo
al menos relacionado con aquel axioma que accidentalmente llegó a mi conocimiento, de que
en la Tierra, en la antigüedad, era habitual en todos los siglos que todos los hombres que
habían tenido la osadía de adjudicarse el derecho a ser considerados por los demás, así como
por sí mismos, «pensadores conscientes», fueran informados, ya en los primeros años de su
existencia responsable, de que el hombre posee, en general, dos tipos de mentación: en primer
término, la mentación por el pensamiento, con la participación de las palabras, dotadas
siempre de un sentido relativo; y en segundo término, aquella propia de todos los animales,
así como del hombre, que denominaré aquí «mentación por la forma».
El segundo tipo de mentación, es decir, la «mentación por la forma», por medio de la cual, en
rigor, debe percibirse también y asimilarse el sentido exacto de toda idea escrita tras la
confrontación consciente con los datos previamente conocidos, tiene lugar en la gente,
guardando una relación de dependencia con las circunstancias del medio geográfico, clima,
época, etc., y en general, con el medio total en que se ha desarrollado la existencia del
individuo hasta su estado adulto.
En consecuencia, se configuran en el cerebro de los individuos pertenecientes a diferentes
razas y que habitan medios geográficos diversos, un vasto número de formas completamente
independientes, acerca de una misma cosa o incluso una misma idea; formas que, durante su
funcionamiento, es decir, durante la asociación, recuerdan por su naturaleza a una u otra
sensación que condiciona subjetivamente una representación definida, y esa representación es
luego expresada por esta o aquella palabra, útil tan sólo para su expresión subjetiva exterior.
Esta es la razón por la cual cada palabra para una misma cosa o idea, adquiere casi siempre
para los individuos pertenecientes a medios geográficos diferentes y razas diversas, un
«contenido íntimo», por así decirlo, perfectamente definido y completamente distinto.
En otras palabras, si en el ser total de un hombre dado que se hubiera desarrollado y formado
en una determinada localidad, se hubiese configurado una «forma» como resultado de las
influencias e impresiones locales específicas y esta forma evocara en él, por asociación, la
sensación de un «contenido íntimo» definido y, por consiguiente la de una representación o
noción definida para cuya expresión hubiera de emplear una u otra palabra que con el
transcurso del tiempo terminara por volverse habitual y, como he dicho, subjetiva, para este
individuo dado, cuando un oyente, en cuyo ser se hubiera formado, debido a las diferentes
circunstancias que rodearon su educación y crecimiento, una forma de diferente «contenido
íntimo» para aquella palabra determinada, escuchase dicha palabra, habría de percibirla
siempre y comprenderla también invariablemente, en un sentido completamente distinto.
Este hecho, dicho sea de paso, puede establecerse con toda precisión mediante la observación
atenta e imparcial, cuando uno presencia un intercambio de opiniones entre dos personas
pertenecientes a razas diferentes o educadas y criadas en localizaciones geográficas distintas.
De modo, pues, que, alegre y engreído candidato a receptor de mis sabihondeces, habiéndote
ya advertido que voy a escribir, no como los «escritores profesionales», sino de forma
totalmente distinta, te aconsejo ahora, antes de embarcarte en la lectura de mis exposiciones,
que reflexiones seriamente, emprendiéndola tan sólo, tras una profunda meditación. En caso
contrario, mucho me temo que tu órgano del oído, así como otros órganos perceptivos y
digestivos, tan y tan acabadamente automatizados con la «lengua literaria de la aristocracia intelectual
» que habita actualmente sobre la Tierra, enfermen con la lectura de estos escritos en
forma muy, pero muy cacofónica, con lo cual podría suceder que perdieras tu... ¿sabes qué?...
tu deseo de engullir tu plato favorito y también esa particularidad psíquica que titila en tu
«interior» y que se manifiesta en ti cuando ves a tu vecina, la morenita.
De esta posibilidad que emana de mi lenguaje, o mejor dicho, hablando con rigor, de la forma
de mi mentación, estoy ya, con todo mi ser, y gracias a la frecuente repetición de mis
experiencias pasadas, completamente convencido, exactamente del mismo modo en que un
perfecto asno se halla convencido de la razón y justicia de su obstinación.
Una vez advertido el lector de lo más importante, no tendré que cuidarme especialmente de
los demás aspectos de la cuestión. Aun cuando se produjera cualquier malentendido por causa
de mis escritos, tú, lector, serías el único culpable y mi consciencia estaría tan limpia como
por ejemplo... la del ex Kaiser Guillermo.
Es casi seguro que llegado a este punto, el lector estará pensando que soy, por supuesto, un
individuo joven con un exterior auspicioso y, como dicen algunos, un «interior sospechoso» y
que, como buen autor novel, estoy tratando con toda intención, evidentemente, de mostrarme
excéntrico con la esperanza de hacerme famoso y, de este modo, rico.
Pero si verdaderamente piensa eso, está muy, pero muy equivocado.
En primer lugar, no soy joven; tanto he vivido que a lo largo de mi vida ya he pasado, como
dicen, «no sólo por el molino, sino por todas las muelas»; y en segundo lugar, no escribo en
general para procurarme una carrera o para afirmarme personalmente sobre una base sólida
mediante esta profesión, la cual, debo agregar, proporciona a mi juicio, muchas puertas para
quienes quieran convertirse en candidatos directos a ingresar en el «Infierno». (Suponiendo,
claro está, que esa gente pueda, en general, por medio de su Ser, perfeccionarse incluso hasta
aquel punto, debido a que, no sabiendo cosa alguna por sí mismos, escriben toda clase de
artificios para alcanzar populachería y de este modo, adquiriendo automáticamente autoridad,
se convierten casi en uno de los principales factores que, en su totalidad, vienen
disminuyendo sostenidamente, año a año, la, sin esto, ya en extremo menguada psiquis de la
gente).
En lo que a mi carrera personal se refiere, gracias a todas las fuerzas de arriba y abajo, y, si tú
quieres, incluso de derecha e izquierda, la he materializado ya hace tiempo, y también desde
largo tiempo atrás vengo «pisando firme» y, lo que es más aún, tengo la certeza total de que
esta firmeza habrá de durar todavía muchos años, pese a todos mis enemigos pasados,
presentes y futuros.
Sí, creo que también debería contarte acerca de una idea que acaba de surgir en mi cerebro y
es la de pedir especialmente al impresor, a quien he de entregar mi primer libro, que imprima
el primer capítulo de mis escritos de tal forma que pueda ser leído sin necesidad de cortar
antes las páginas del libro, de modo tal que, una vez enterado el lector de que el libro no ha
sido escrito de la manera habitual, es decir, con el propósito de producir en la mentación de
uno, en forma sumamente suave y fácil, imágenes atrayentes y ensueños adormecedores,
pueda, si así lo desea,
CONTINÚA

EL DESPERTAR DEL PENSAR PARTE III

TRADUCCIÓN
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
PARTE III

EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO




Y la principal razón de esta infelicidad que se ha apoderado de mí en edad ya madura,proviene del hecho de que ya en la infancia recibí en mi peculiar psiquismo, junto con otras1 Cheshma significa velo.muchas inutilidades perfectamente superfluas para la vida contemporánea, un patrimonio talque siempre, y en todas las cosas, me impulsa automática y unánimemente a actuar deacuerdo tan sólo con la sabiduría popular.En el caso actual, como siempre me sucede en otras ocasiones similares de la vida tanindefinidas como ésta, me viene a la mente ese aforismo de la sabiduría popular que yaregulaba las vidas de los pueblos más antiguos y que ha pasado de boca en boca hastanuestros días, en la siguiente expresión:«Todas las varas tienen siempre dos puntas.»Al tratar por primera vez de comprender el pensamiento esencial y realmente significativooculto detrás de esta extraña fórmula verbal, debe surgir ante todo, a mi entender, en laconsciencia de todo hombre más o menos sano mentalmente, la impresión de que, en latotalidad de las ideas sobre las que se basa y de las que debe fluir la sensata noción de estedicho, reside la verdad —conocida por todo el mundo desde hace siglos—, de que toda causaque obre en la vida del hombre, procedente de cualquier fenómeno, como uno de los dosefectos opuestos de otras causas, se halla necesariamente estructurada, a su vez, en dos efectoscompletamente opuestos; es decir, por ejemplo, que si «algo» procedente de dos causasdiferentes genera la luz, también deberá generar, inevitablemente, un fenómeno opuesto, estoes, la oscuridad; de este modo, si un factor genera en el organismo de un ser vivo un impulsode satisfacción palpable, también generará, necesariamente, una correspondienteinsatisfacción, también palpable por supuesto, y así sucesivamente, siempre y en todas lascosas.Teniendo pues, presente, en mi propio caso, este aserto popular formado a través de variossiglos y objetivado por la idea de una vara, la cual tiene en verdad, según se dijo, dosextremos, siendo el uno bueno y el otro malo, si me decido a valerme del automatismo antesmencionado adquirido por mí sólo gracias a una larga práctica, claro está que será para mí ungran bien; pero de acuerdo con aquel aforismo, en el lector tendrá precisamente el efectoopuesto; y qué es lo contrario del bien, cualquiera que no sufra de hemorroides podrá comprenderlofácilmente.En suma: si valiéndome del privilegio, tomo la vara por el extremo bueno, entonces elextremo malo habrá de caer inevitablemente «sobre la cabeza del lector.»Y es bien factible que eso suceda, debido a que las —por así llamarlas— «filigranas» de losproblemas de la filosofía no pueden expresarse en ruso, y es mi intención detenermefrecuentemente a considerar esos problemas en el curso de esta obra; en cuanto al armenio, sibien este idioma se prestaría bastante bien a este propósito, para desgracia de todos losarmenios contemporáneos, el empleo de este idioma para los asuntos contemporáneos se havuelto ya completamente impracticable.A fin de aliviar el dolor procedente de la íntima herida que este hecho me produce, debodeclarar que en mi juventud, cuando comencé a interesarme en los problemas filológicos,dedicándoles a ellos todo mi tiempo, prefería el idioma armenio a cualquier otro, incluida milengua materna.Este idioma era entonces mi favorito debido, principalmente, a su originalidad y a que notenía nada en común con los idiomas vecinos y afines.Como dicen los «filólogos» eruditos, todas sus tonalidades eran otras tantas característicaspeculiares del mismo y, a mi entender, incluso entonces concordaba perfectamente con lapsiquis del pueblo que integraba aquella nación.Pero el cambio sufrido por este idioma durante los últimos treinta o cuarenta años, del cual yohe sido testigo, ha sido tan profundo, que en lugar de poseer ahora una lengua independiente y original heredada desde un pasado remoto, tenemos en la actualidad una jerga que, si bien esoriginal e independiente como su antecesora, constituye sin embargo una «especie debufonesco popurrí de idiomas», la totalidad de cuyas consonancias, al ser percibidas por eloído de un interlocutor más o menos consciente y comprensivo, suenan exactamente como los«tonos» del turco, persa, francés, kurdo y ruso, en una confusión de ruidos inarticulados eindigeribles.Casi otro tanto podría decirse de mi lengua materna, el griego, que hablaba en mi infancia yque todavía conserva para mí el «sabor del poder asociativo automático». Me atrevo a decirincluso, que actualmente podría expresar cualquier cosa en griego; pero emplearlo paraescribir es para mí imposible, por la simple razón, bastante cómica por lo demás, de que esnecesario que alguien traduzca luego mis escritos a otras lenguas. Pero si los escribiera engriego, ¿quién podría hacer esta tarea?Se puede asegurar sin temor a equivocarse que incluso el mejor experto en griego moderno nocomprendería absolutamente nada de lo que yo pudiera escribir en la lengua materna queaprendí en mi infancia, debido a que mis queridos «compatriotas», por así llamarlos,inflamados con el deseo de parecerse a toda costa a los representantes de la civilizacióncontemporánea también en su conversación, han tratado a mi amada lengua materna duranteestos treinta o cuarenta años exactamente de la misma forma en que los armenios, ansiosos deimitar a la aristocracia rusa, trataron a la suya.La lengua griega, cuyo espíritu y esencia me fueron transmitidos por la herencia, y el idiomaque actualmente habla el pueblo griego se parecen tanto como, según la expresión de MullahNassr Eddin, «un clavo a un réquiem».¿Qué haremos entonces? ¡Ay, ay!... no te aflijas, estimado consumidor de mis«sabihondeces». Si tan sólo dispusiera de abundante Armagnac francés y de «bastourmakhaizariana», no tardaría en encontrar una salida incluso para situación tan difícil.En esto soy zorro viejo.Tan a menudo me ha tocado vivir situaciones difíciles y luego tuve que desembarazarme deellas, que esto ya se ha convertido en una costumbre para mí.En cuanto a mi dificultad actual, escribiré por ahora parte en ruso y parte en armenio, puesentre la gente que siempre tengo a mi alrededor hay varias personas capaces de  cerebrar de verter sin dificultades mis escritos a otros idiomas  con bastante facilidad en ambos idiomas, por lo cual confío en que más adelante serán capaces,
Sea ello como fuere, he de repetir una vez más —a fin de que el lector lo recuerde, pero no
como suele recordar otras cosas y comprometer sobre esa base su palabra de honor ante losSea ello como fuere, he de repetir una vez más —a fin de que el lector lo recuerde, pero  suele recordar otras cosas y comprometer sobre esa base su palabra de honor ante los casos, evitaré lo que he llamado «lengua literaria de buen tono».Respecto a esto, el hecho más extraordinario y curioso y uno incluso de los más dignos de tu amor al conocimiento, lector, más digno quizás de lo que tú puedas concebir, es el de que enmi niñez, es decir, desde que nació en mí la necesidad de destruir los nidos de los pájaros y  a las hermanitas de mis amigos, surgió en mi (como le llamaban los antiguos la «mitad derecha», una sensación instintivamente involuntaria que gradualmente —hasta lateósofos) «cuerpo planetario» y, lo que es más aún (aunque no sé por qué), principalmente en época en que me convertí en maestro de danzas— fue tomando la forma de un sentimiento definido, y entonces, cuando gracias a la profesión que por aquel tiempo ejercía trabé relacióncon numerosas personas de «tipos» diversos, también comenzó a formarse en mi «espíritu» la demás y ante sí mismo— que cualquiera que sea el idioma que emplee, siempre y en todos losconvicción de que estos idiomas habían sido recopilados por gente, o más bien por
«gramáticos», que son con respecto al conocimiento de un idioma dado exactamente iguales a
esos animales bípedos a quienes nuestro muy estimado Mullah Nassr Eddin ha caracterizado
con las siguientes palabras: «Todo lo que saben hacer es disputar con los cerdos sobre la
calidad de las naranjas» 
«gramáticos», que son con respecto al conocimiento de un idioma dado exactamente iguales aesos animales bípedos a quienes nuestro muy estimado Mullah Nassr Eddin ha caracterizadocon las siguientes palabras: «Todo lo que saben hacer es disputar con los cerdos sobre lacalidad de las naranjas»