EL DESPERTAR DEL PENSAR 7 - 8 y 9 Partes

SÉPTIMA PARTE


y convertirse en un impulso digno, es decir, el impulso del
deseo de aprender, el cual, a su vez, facilita una mejor percepción e incluso una más estrecha
comprensión de la esencia de cualquier objeto en el que, como suele suceder, pudiera
concentrarse la atención del hombre contemporáneo y, por consiguiente, casi estoy deseando
satisfacer, con sumo agrado, la curiosidad que acaba de nacer en tí en este momento.
Pues bien; es tiempo ya de que, prestando atención, trates de justificar y no defraudar mis
esperanzas. Esta original personalidad mía, «olfateada» ya por ciertos individuos definidos de
ambos coros de la Sede del Juicio Celestial, donde se lleva a cabo la Justicia Objetiva, y
también aquí en la Tierra, por un número de personas todavía muy reducido, está basada,
como ya dije, en los tres datos secundarios específicos configurados en mí en diversas épocas
de mi edad preparatoria. El primero de estos datos, desde el comienzo mismo de su aparición,
se convirtió, por así decirlo, en la principal palanca directriz de mi totalidad, y los otros dos,
las «fuentes vivificantes», por así llamarlas, en los medios de alimentación y
perfeccionamiento de este primer dato.
El surgimiento del mismo tuvo lugar cuando yo era todavía tan sólo un «querubín regordete».
Mi querida abuela, ya fallecida, vivía entonces y tenía algo más de cien años de edad.
Cuando mi abuela —que la gloria de Dios sea con ella— estaba en su lecho de muerte, mi
madre, como era costumbre entonces, me llevó a su lado y cuando yo le besé la mano
derecha, mi querida abuela me colocó su moribunda mano izquierda sobre la cabeza y con un
susurro apenas audible me dijo:
—¡Tú, el mayor de mis nietos, escúchame! Escúchame y recuerda siempre éste, mi último
deseo: nunca te comportes en la vida como lo hacen los demás.
Así que hubo dicho esto, me miró el puente de la nariz y advirtiendo evidentemente mi
perplejidad y mi escasa comprensión de lo que me había dicho, agregó algo irritada, con
autoridad:
—O no hagas nada —ve a la escuela solamente— o si no, haz algo que nadie más que tú haya
hecho.
E inmediatamente después, sin vacilación alguna y con una perceptible actitud de desdén por
todo cuanto la rodeaba, así como con una admirable autoconsciencia, puso su alma
directamente en las manos del arcángel Gabriel.
Entiendo que será interesante e incluso instructivo para ti, saber que todo esto produjo en mí
tan profunda impresión, que de pronto me volví incapaz de soportar la presencia de persona
alguna a mi alrededor, de modo que, tan pronto como salimos de la habitación en que yacía el
«cuerpo planetario» mortal de la causa de mi despertar, silenciosamente, tratando de no llamar
la atención, me deslicé hacia el arca en que, durante la cuaresma, se guardaban el salvado y
las cáscaras de patata para nuestros «auxiliares sanitarios», es decir, nuestros cerdos, y allí me
quedé, sin comer ni beber, en medio de una tempestad de agitados y confusos pensamientos
—de los cuales, por fortuna para mí, sólo tenía entonces en mi aniñado cerebro un número
extremadamente reducido— hasta que mi madre regresó del cementerio; pues sus llantos al
descubrir que había desaparecido, tras una vana búsqueda, llegaron, por así decirlo, a
«abrumarme», de modo que inmediatamente abandoné el arca y poniéndome en pie sobre el
borde, corrí hacia ella con las manos extendidas y aterrándome a sus faldas, comencé involuntariamente
a dar patadas al suelo e ignoro por qué, a imitar el rebuzno del asno de nuestro
vecino el alguacil.
Por qué me produjo aquello una impresión tan fuerte y por qué tuve entonces casi
automáticamente una conducta tan extraña, es cosa que no puedo decidir ahora, si bien en
años recientes, especialmente en los días llamados de «carnestolendas», medité largamente
sobre este punto, tratando principalmente de descubrir su causa.
Se me presentó entonces la hipótesis lógica de que quizás ello se debió tan sólo a que la
habitación en que se desarrollara esta sagrada escena, que tan tremendo significado habría de
tener durante el resto de mis días, se hallaba impregnada hasta el último rincón con el aroma
de un incienso especial procedente del monasterio del «Viejo Athos», sumamente popular
entre los adeptos a diversas sectas cristianas. Sea como fuere, el hecho es que así sucedió.
Durante los días que siguieron a este suceso, nada de particular me aconteció, a menos que
hubiese guardado alguna relación con lo anterior el hecho de que, en aquellos días, caminé
más que de costumbre con los pies en el aire, es decir, sobre las manos.
Mi primer acto, evidentemente en desacuerdo con las manifestaciones de los demás, si bien
verdaderamente ajeno a la participación, no sólo de mi consciencia, sino también de mi
subconsciente, tuvo lugar exactamente en el cuadragésimo día después de la muerte de mi
abuela, en una ocasión en que toda nuestra familia, nuestros parientes y todos aquellos para
quienes mi querida abuela —a quien todos amaban— se había convertido en verdadero objeto
de estima, nos reunimos en el cementerio, según la costumbre, a fin de realizar sobre sus
restos mortales, guardados en la tumba, lo que suele llamarse el «servicio de réquiem»;
entonces, repentinamente, sin ton ni son, en lugar de observar la conducta convencional entre
la gente de cualquier grado de moralidad tangible e intangible y de toda suerte de posición
material, es decir, en lugar de quedarme en pie y en silencio, abrumado por el dolor, con
expresión afligida en el rostro e incluso con lágrimas en los ojos, comencé a brincar alrededor
de la tumba, en una especie de danza, cantando:
«Dejad que con los santos descanse,
Ahora que ya es 'fiambre';
¡Ay!¡Ay!¡Ay.
Dejad que con los santos descanse,
Ahora que ya es fiambre.»
... y así seguí.
Y fue así, precisamente, como empezó a surgir en mi integridad un «algo» que, con respecto a
toda clase de, por así llamarlas, «monerías», es decir, con respecto a las imitaciones de las
manifestaciones automatizadas ordinarias de los que me rodeaban, siempre engendró en mí lo
que he de denominar ahora un «impulso irresistible» a no hacer las cosas como los demás.
Daré algunos ejemplos de los actos que por entonces solía realizar con más frecuencia.
Si, por ejemplo, mientras me enseñaban a tomar la pelota con la mano derecha, mi hermano,
mis hermanas y los niños del vecindario que venían a jugar con nosotros, arrojaban la pelota
al aire, yo, con la misma intención antedicha, hacía rebotar primero la pelota en el suelo y
sólo una vez que había rebotado, me lanzaba, no sin hacer antes un salto mortal, hacia ella,
para tomarla sólo con el pulgar y el dedo medio de la mano izquierda; o bien, si todos los
demás niños se dejaban deslizar por el suelo desde una cierta altura, cabeza abajo, yo a mi vez
también trataba de hacerlo e incluso cada vez mejor, pero, para utilizar las palabras de los
chicos, lo hacía «de culo»; o bien, si nos regalaban algunos pasteles de los llamados
«Abarania», todos los demás niños, antes de llevárselos a la boca, les pasaban primero la
lengua, evidentemente para probarlos y disfrutar la agradable sensación inminente, sin
embargo yo empezaba oliéndolos por los cuatro costados, llegando a veces, incluso, a
acercármelos al oído, escuchando atentamente; luego, casi inconscientemente, aunque con
toda seriedad, murmuraba para mis adentros «No deberás comerlo, o reventarás»,
canturreando al mismo tiempo rítmicamente; a continuación, engullía por fin un trozo entero
bruscamente y sin saborearlo, para luego recomenzar de nuevo; etc., etc., etc.
La primera vez que se manifestó en mí uno de los dos datos mencionados, convertidos más
tarde en las fuentes «vivificadoras» para la nutrición y el perfeccionamiento de las
instrucciones impartidas por mi abuela fallecida, coincidió con la edad en que dejé de ser un
querubín regordete para convertirme en lo que se llama un «sabandija», habiendo empezado a
ser ya, como a veces suele decirse, un «aspirante


OCTAVA PARTE


un «aspirante a joven caballero de agradable apariencia y
dudoso contenido».
Estas son las circunstancias que rodearon a dicho suceso y que quizás se hallen combinadas
de algún modo con el propio Destino.
Junto con cierto número de sabandijas como yo, me hallaba un día colocando trampas para
palomas en el techo de la casa de un vecino, cuando de repente me dijo uno de los chicos que
estaban en pie a mi lado, mientras clavaba sus ojos en los míos fijamente:
—Me parece que el lazo de cerda tendría que estar dispuesto de tal modo que nunca apresara
el dedo mayor de la paloma, pues, como nuestro profesor de zoología nos explicó
recientemente, durante el movimiento, es precisamente en ese dedo donde la paloma
concentra sus fuerzas y por consiguiente, si este dedo es atrapado por el lazo, la paloma
podría, como es natural, romperlo fácilmente.
Otro muchacho, agachado precisamente enfrente de mí, y de cuya boca, dicho sea de paso,
salía saliva en profusión y en todas direcciones siempre que hablaba, se abalanzó sobre esta
observación del primero, embarcándose, con copiosa proyección de saliva, en la siguiente
refutación:
—¡Cierra el pico, descendiente de hotentotes! ¡Eres un aborto, igual que tu maestro! Si fuera
cierto que la mayor fuerza física de la paloma está concentrada en el dedo mayor, entonces,
con más razón, tendríamos que tratar de atrapar ese dedo en el lazo. Sólo entonces habría
algún sentido para nuestro objetivo —es decir, el de cazar estas infortunadas criaturas— en
aquella particularidad cerebral propia de todos los poseedores de ese suave y resbaloso «algo»
que consiste en que, cuando, gracias a otras acciones, de las cuales depende su insignificante
manifestabilidad, se origina una necesaria ley periódica conforme a lo que suele llamarse
'cambio de presencia', entonces, esta pequeña, por así llamarla «ley conforme a la confusión»
que debe entrar en acción para animar otros actos en su funcionamiento general, permite
inmediatamente que el centro de gravedad de la función total, en la cual este resbaloso «algo»
desempeña un papel muy pequeño, pase momentáneamente de su lugar habitual a otro sitio,
debido a lo cual se obtienen a menudo en la totalidad de su función general, inesperados y
ridículos resultados que rayan en lo absurdo.
Descargó estas últimas palabras con tal profusión de saliva, que a mí me pareció como si mi
rostro hubiera estado expuesto a la acción de un «atomizador» —no un producto «Ersatz»—
inventado por los alemanes para teñir las telas con colorantes de anilina.
Esto era más de lo que yo podía soportar y, sin abandonar mi posición en cuclillas, me lancé
sobre él de cabeza, golpeándolo con todas mis fuerzas en la boca del estómago; la intensidad
del impacto fue tan grande que cayó al suelo sin conocimiento.
No sé, ni quiero saber, con qué ánimo habrá de formarse en tu mentación el resultado de las
declaraciones relativas a la extraordinaria coincidencia —en mi opinión— de las
circunstancias de la vida que pasaré a formular a continuación, si bien para mi mentación, esta
coincidencia constituyó un material excelente para asegurar la posibilidad de que este suceso
por mí descrito, que tuvo lugar en mi juventud, no se desarrollara simplemente por pura
casualidad, sino obedeciendo a la creación intencional de ciertas fuerzas extrañas.
El hecho es que esta destreza me fue acabadamente revelada sólo unos pocos días antes de
este suceso, por un sacerdote griego procedente de Turquía, quien, perseguido por los turcos a
raíz de sus convicciones políticas, se había visto obligado a huir del país y que, a su llegada a
nuestra ciudad, había sido contratado por mis padres para que me enseñara el griego moderno.
Ignoro en qué datos apoyaba sus convicciones e ideas políticas, pero recuerdo perfectamente
que en todas las conversaciones, incluso cuando me explicaba la diferencia existente entre las
expresiones exclamatorias en el griego antiguo y en el moderno, proporcionaba ejemplos en
los que claramente se manifestaban sus sueños y sus deseos de marcharse lo antes posible a la
isla de Creta, revelando así ser un verdadero patriota.
Pues bien; al contemplar el efecto de mi acometida, me sentí, debo confesarlo, horriblemente
asustado, dado que, ignorando la reacción natural que provocan los golpes en ese lugar, creía
haberlo matado.
En el momento en que experimentaba este temor, otro muchacho, primo de aquel que se había
convertido, por así decirlo, en la primera víctima de mi «aptitud para la defensa personal»,
poseído evidentemente por el sentimiento que llamamos de «consanguinidad», se abalanzó
inmediatamente sobre mí, asestándome un violento puñetazo en la cara.
Este golpe, me hizo, lo que se dice, «ver las estrellas» y al mismo tiempo, se me hinchó la
boca como si hubiera encerrado en ella la comida necesaria para la alimentación artificial de
un millar de pollos.
Al cabo de cierto tiempo, y amortiguado ya el efecto de estas dos extrañas sensaciones,
descubrí efectivamente la presencia de cierto objeto extraño en mi boca que, al extraerlo con
los dedos, resultó ser nada menos que una muela de grandes dimensiones y extraña forma.
Al verme contemplar este extraordinario diente, todos los demás chicos se amontonaron a mi
alrededor comenzando ellos también a examinarlo con gran curiosidad, en medio de un raro
silencio.
Para entonces, el que había perdido el conocimiento, se había recobrado completamente y,
uniéndose al grupo, comenzó a mirar el diente compartiendo la intriga general, como si nada
le hubiese pasado.
Este extraño diente tenía siete puntas, y en el extremo de cada una de ellas sobresalía en
relieve una gota de sangre y a través de cada una de estas gotas brillaba nítida y
definidamente, uno de los siete aspectos de la manifestación del rayo blanco.
Después de este silencio, insólito en un grupo de «sabandijas», nuevamente renació nuestra
algarabía, y en medio de esta algarabía, decidimos ir a ver inmediatamente al peluquero,
perito en la extracción de dientes, para preguntarle por qué era así ese diente.
De modo pues que, sin esperar un instante más, descendimos todos del tejado y nos
marchamos hacia la peluquería, claro está que conmigo, el «héroe del día» orgullosamente en
cabeza.
El peluquero, después de una rápida ojeada, declaró que se trataba tan sólo de una «muela del
juicio» y que todos los individuos pertenecientes al sexo masculino que son alimentados
exclusivamente con la leche de la madre hasta que pronuncian por primera vez las palabras
«papá» y «mamá» y que a primera vista pueden reconocer entre otros muchos rostros el de su
propio padre, poseen una de estas muelas.
Como consecuencia de la suma total de los efectos de este suceso —mi pobre «muela del
juicio» se convirtió en un sacrificio completo— no solamente comencé a tener, a partir de ese
momento, una consciencia en perpetua absorción, con respecto a todas las cosas de la propia
esencia de la esencia de la orden de mi abuela —que Dios la tenga en su gloria— sino que,
debido a que no fui a un «dentista diplomado» para hacerme tratar la cavidad que había sido
ocupada por el diente en cuestión, lo cual, a decir verdad, no pude hacerlo en razón de
hallarse mi hogar demasiado alejado de todo centro cultural contemporáneo, comenzó a
exudar en forma crónica de esta cavidad un «algo» que —como me explicó en época muy
reciente un celebérrimo meteorólogo con quien nos hemos hecho «íntimos amigos» debido a
las frecuentes reuniones en los restaurantes nocturnos de Montmartre— tenía la propiedad de
despertar un gran interés por las causas de cualquier «hecho real» sospechoso, así como de
estimular cierta tendencia a averiguar el origen del mismo; y esta propiedad, que no me había
sido transmitida por herencia, me condujo de forma gradual y automática a convertirme
finalmente ...


NOVENA PARTE


automática a convertirme
finalmente en un verdadero perito en la investigación de todos los fenómenos anormales que
me salían al paso, lo cual ocurría con suma frecuencia.
Recién formada en mi ser esta propiedad, después de este suceso —en que yo, claro está que
con la cooperación de nuestro OMNICOMÚN SEÑOR EL DESPIADADO HEROPASS, es
decir, el «fluir del tiempo», me transformé en el joven que ya he descrito— se convirtió para
mí en una llama imperecedera y real de consciencia.
El segundo de los mencionados factores vivificantes, para la fusión completa, esta vez de las
instrucciones de mi querida abuela con todos los datos que constituyen mi ser individual
general, fue la totalidad de impresiones recibidas a través de la información que tuve la suerte
de adquirir, en relación con el hecho que tuvo lugar entre nosotros, aquí, en la Tierra,
revelador del origen de ese «principio» que, resultó ser de acuerdo con las dilucidaciones de
Allan Kardec durante una sesión espiritista «absolutamente secreta», convirtiéndose después
en todas las partes habitadas por seres como nosotros y sentando sus dominios por igual en
todos los demás planetas de nuestro Gran Universo, en uno de los principales «principios
vitales».
He aquí la formulación en palabras de este nuevo «principio de la vida universal y total»:
«Si estás de parranda, parrandea hasta el fin, incluyendo el franqueo.»
Como este «principio», actualmente universal, surgió en el mismo planeta en que tú naciste y
en que, además, transcurre tu existencia rodeada de rosas y con algún que otro fox-trot que
bailas de vez en cuando, me considero sin derecho a ocultarte la información que poseo, y que
arroja cierta luz sobre algunos detalles precisamente del surgimiento de ese principio
universal.
Poco tiempo después de habérseme inculcado el nuevo patrimonio mencionado anteriormente,
es decir, el impulso incansable hacia la dilucidación de las razones que explican la aparición
de toda clase de «hechos reales», a mi primera llegada al corazón de Rusia, la ciudad de
Moscú —donde me dediqué, no encontrando ninguna otra cosa para la satisfacción de mis
necesidades psíquicas, a la investigación de las leyendas y proverbios rusos—, acerté a
aprender —no sé si por accidente o como consecuencia de un encadenamiento causal objetivo
regido por una ley que no conozco— lo siguiente:
Había una vez un mercader ruso que no era, por su aspecto exterior, sino eso: un simple
mercader que debía viajar frecuentemente de su pueblo de provincias a la segunda capital de
Rusia, la ciudad de Moscú, por un negocio u otro. Sucedió un día que su hijo —el favorito del
padre, pues se parecía extraordinariamente a la madre— le pidió que le trajera cierto libro de
la capital.
Cuando este gran autor inconsciente del «principio de la vida» universal y total, llegó a
Moscú, hizo, junto con un amigo, lo que era entonces y sigue siendo todavía habitual allí:
emborracharse completamente con vodka.
Y así que estos dos habitantes de este vasto agrupamiento contemporáneo de criaturas bípedas
hubieron bebido un número conveniente de vasos de esta «bendición rusa» y hubieron
discutido lo que se llama la cuestión de la «educación pública» —con la cual ha sido de rigor,
durante mucho tiempo, empezar todas las conversaciones— nuestro mercader recordó
repentinamente, por asociación, la petición de su querido hijo, resolviéndose a salir
inmediatamente en compañía de su amigo, en busca de una librería para comprar el libro.
Una vez en la librería, el mercader, después de revisar cuidadosamente el libro que había
solicitado, preguntó el precio.
A lo cual el vendedor replicó que costaba sesenta kopeks.
Al advertir que el precio marcado en la cubierta del libro era de sólo cuarenta y cinco kopeks,
nuestro mercader comenzó a reflexionar de un modo extraño, inusitado en general en los
rusos, y después, retrayendo los hombros, enderezándose casi como una columna y sacando el
pecho como un oficial de la guardia, dijo, después de una corta pausa, con voz muy suave
pero con entonación que dejaba apreciar una gran autoridad:
—Pero aquí marca cuarenta y cinco kopeks. ¿Por qué me pide sesenta?
Ante lo cual, el librero, poniendo lo que se llama una cara «oleaginosa», propia de todos los
vendedores, contestó que el libro costaba ciertamente nada más que cuarenta y cinco kopeks,
pero que él debía venderlo a sesenta porque los quince kopeks de diferencia habían sido
agregados para el franqueo.
Ante semejante respuesta, nuestro mercader ruso, perplejo frente a dos hechos tan
completamente contradictorios, pero evidentemente conciliables, clavó la vista en el cielo raso
y se entregó a una nueva meditación, pero esta vez como un profesor inglés que hubiera
inventado una cápsula para el aceite de ricino; hasta que por fin, volviéndose bruscamente
hacia su amigo, profirió por primera vez sobre la faz de la Tierra, la fórmula verbal que,
puesto que expresa en su esencia una indudable verdad objetiva, ha asumido desde entonces el
carácter de un aforismo.
Esto es, pues, lo que le dijo a su amigo:
—No importa, nos llevamos el libro. Total, hoy estamos de parranda y «si uno anda de
parranda hay que parrandear hasta el fin, incluyendo el franqueo».
En cuanto a mí, condenado, desgraciadamente, a experimentar en vida las delicias del
«Infierno», tan pronto como tuve conocimiento de todo esto, algo sumamente extraño que
nunca había experimentado antes ni volví a experimentar después, comenzó a manifestarse
inmediatamente en mi interior. Era como si en mi ser se hubieran establecido toda suerte de
«competencias», como las llaman los «Hivintzes» contemporáneos, entre asociaciones y
experiencias procedentes de fuerzas diversas.
Al mismo tiempo, comencé a sentir una comezón casi intolerable en toda la región de la
columna vertebral y un cólico, también intolerable, en el mismísimo centro del plexo solar, y
todo esto, es decir, estas sensaciones de acción recíproca fueron reemplazadas súbitamente,
después de cierto tiempo, por un estado de profunda paz interior que sólo una vez volvió a
repetirse más tarde en mi vida, cuando se me hizo objeto de la ceremonia de la gran iniciación
en la Hermandad de los «Originadores de la transformación del aire en manteca»; y más tarde
cuando «yo», es decir, este «algo desconocido» que soy, que en los tiempos antiguos lo
definió un loco —llamado por quienes lo rodeaban, tal como también ahora llamamos a esas
personas, «sabio»— como un surgir relativamente transferible, dependiente de la calidad del
funcionamiento del pensamiento, del sentimiento y del «automatismo orgánico», y de acuerdo
con la definición de otro sabio también antiguo y famoso, el árabe Mal-El-Leb, definición,
dicho sea de paso, que fue tomada en el curso del tiempo y repetida bajo una forma diferente,
por nada menos que el sabio griego Jenofonte, como «el resultado compuesto de la
consciencia, la subconsciencia y el instinto»; de modo pues que cuando yo —este mismo
«yo»— volví, en este estado, mi azorada atención sobre mí mismo, comprobé en primer
término, claramente, que cada una de las palabras de aquel «principio de la vida universal y
total» se había convertido en mi ser en una especie de particular sustancia cósmica y que, al
fundirse con los datos ya cristalizados en mí desde mucho tiempo antes de la orden de mi
fallecida abuela, había transformado estos datos en un «algo» y este «algo», impregnando en
todas sus partes mi ser total, se había establecido para siempre en cada uno de los átomos que
componen esta totalidad de mi ser, y en segundo término, éste mi malhadado yo sintió
entonces, definidamente y con un impulso de sumisión, se volvió consciente del para mí,
triste hecho, de que ya desde aquel momento yo tendría que, quisiera que no, manifestarme
siempre y en todos los casos sin excepción, de acuerdo con este patrimonio heredado y no de
acuerdo con las leyes de la herencia, ni siquiera de acuerdo con las circunstancias del medio
circundante, sino de las procedentes de mi integridad ...

LIBRO PRIMERO CAPITULO 23, CUARTO DESCENSO DE BELCEBÚ A LA TIERRA 8 - 9 y 10

OCTAVA PARTE


el santo
Individuo Belcultassi, recordando en esta forma todas sus percepciones, experiencias y
manifestaciones anteriores, comprobó, sin lugar a dudas, que sus manifestaciones exteriores
no correspondían en absoluto ni con las percepciones ni con los impulsos que definidamente
se habían formado en su presencia.
Posteriormente comenzó a efectuar nuevas observaciones igualmente sinceras con respecto a
las impresiones provenientes del exterior y también de aquellas formadas en el interior de su
ser, según eran percibidas por su presencia común.
Y todas ellas las llevó a cabo sometiéndolas regularmente a exhaustivas y conscientes
verificaciones con respecto a la forma en que estas impresiones eran percibidas por sus
diferentes partes espiritualizadas y cómo y en qué ocasiones eran experimentadas por su
presencia total y qué manifestaciones se convertían en impulsos.
Estas exhaustivas observaciones conscientes y estas imparciales comprobaciones, terminaron
por convencer a Belcultassi de que algo se había desarrollado en su propia presencia común
de forma muy distinta de la aconsejada por la sana lógica del Ser.
Como se desprendió claramente de mis minuciosas investigaciones posteriores, si bien
Belcultassi había alcanzado un indudable convencimiento de la precisión de sus
observaciones sobre sí mismo, dudaba todavía, sin embargo, de la exactitud de sus propias
sensaciones e intelecciones, así como de la normalidad de su propia organización psíquica.
Por lo tanto, se dio a la tarea de establecer, ante todo, si era normal que él interpretara y
comprendiera todo esto de la forma en que lo hacía, y no de otra manera.
Para esto, decidió investigar la forma en que ello era interpretado y percibido por los demás.
Con este propósito, comenzó a interrogar a sus amigos y familiares a fin de establecer, con su
propio testimonio, la forma en que lo interpretaban todos y cómo entendían sus percepciones
y manifestaciones pasadas y presentes, si bien, claro está, con toda discreción, a fin de no
rozar los impulsos antes mencionados, inherentes a la naturaleza de todos ellos, es decir el
«amor propio», el «orgullo», etc., que no son dignos de los seres tricerebrados.
Gracias a estas indagaciones, Belcultassi logró gradualmente obtener una completa sinceridad
en sus amigos y en las personas de su conocimiento, resultando de todo ello que todos
interpretaban y veían las cosas en sí mismos, exactamente de la misma forma en que él lo
hacía.
Ahora bien; entre estos amigos y conocidos de Belcultassi había varios individuos sumamente
serios que no eran todavía enteramente esclavos de la acción de las consecuencias de las
propiedades del órgano Kundabuffer, quienes, habiendo llegado hasta la médula de la cuestión,
se interesaron seriamente en el asunto, comenzando a verificar todo cuanto en ellos
sucedía, al tiempo que observaban también las manifestaciones de los seres que los rodeaban.
Poco tiempo "después, por iniciativa del mismo Belcultassi, comenzaron a celebrar reuniones
periódicas, comunicando sus observaciones y comprobaciones personales.
Tras largas verificaciones, comprobaciones y observaciones imparciales, todo el grupo de
seres terrestres se convenció categóricamente, a su vez, al igual que Belcultassi, de que ellos
no eran lo que debían ser.
No mucho después, otros muchos individuos unieron sus presencias a aquel grupo de seres
terrestres.
Y tiempo más tarde fundaron todos ellos la sociedad conocida con el nombre de «Sociedad de
Akhaldanos». El término Akhaldano o Alkhaldan (de las dos maneras puede decirse) entraña
el siguiente concepto:
«El esfuerzo por llegar a ser consciente del sentido y el objeto del Ser de los seres.»
Desde la fundación de esta sociedad, Belcultassi pasó a ser su cabeza principal y todas las
actividades posteriores emprendidas por los miembros de la misma estuvieron bajo su
supervisión general.
Durante muchos años terrestres existió esta sociedad con el mismo nombre, designándose a
sus miembros, entonces, con el término de Sovores Akhaldanos; pero más tarde, cuando los
miembros de esta sociedad, por razones de carácter general, se dividieron en cierto número de
grupos independientes, los miembros de los diversos grupos comenzaron a denominarse de
distinta manera.
Y esta división en grupos de la sociedad tuvo lugar por la siguiente razón:
Cuando se hubieron convencido finalmente de que había algo sumamente indeseable en sus
presencias y comenzaron a buscar los medios posibles de extraerlo, a fin de convertirse en lo
que, de acuerdo con la sana lógica debían ser, consecuentes con el sentido y con el objetivo de
su existencia, cuyo esclarecimiento, costase lo que costase, debía constituir la base de todas
sus actividades, y al pasar a poner en ejecución esta tarea decidida de antemano por su Razón,
no tardó en hacerse evidente que para su consecución era absolutamente imprescindible,
poseer en la Razón una información lo más detallada posible acerca de las diversas ramas del
conocimiento.
Pero como resultó imposible que cada uno de ellos adquiriese todos los conocimientos
especiales necesarios, se dividieron en cierto número de grupos a fin de que cada grupo
estudiase por separado una de estas ramas especiales del conocimiento.
Debo hacerte notar aquí, querido nieto, que fue entonces la primera vez que surgió en la
Tierra un objetivo auténticamente científico, desarrollándose normalmente hasta la época de
la segunda gran catástrofe sufrida por el planeta, y también que el grado de desarrollo de
algunas de sus ramas separadas progresaron ciertamente a un ritmo vertiginoso.
Como resultado de ello, muchas de las llamadas «verdades objetivas» del cosmos, grandes y
pequeñas, comenzaron gradualmente a hacerse evidentes en aquel período, al resto de seres
tricerebrados que han despertado tu interés.
Los sabios miembros de esta primera —y quizás última— sabia sociedad, se dividieron
entonces en siete grupos separados o, como también podría expresarse, en siete «secciones
independientes», a cada una de las cuales se le encomendó una tarea precisa.
Los miembros del primer grupo de la sociedad akhaldana se denominaron Foksovores
Akhaldanos, lo cual significaba que los individuos pertenecientes a aquella sección debían
estudiar la presencia de su propio planeta, así como la acción recíproca de sus partes,
consideradas por separado.
Los miembros de la segunda sección se llamaban Estrasovores Akhaldanos, lo cual
significaba que los individuos pertenecientes a la misma se hallaban encargados de investigar
lo que se conoce con el nombre de «radiaciones» de los demás planetas de aquel sistema
solar, y también la acción recíproca de dichas radiaciones.
Los miembros del tercer grupo se llamaban Metrosovores Akhaldanos, lo cual significaba que
sus integrantes debían ocuparse en el estudio de aquella rama del conocimiento semejante a lo
que en nuestra ciencia general recibe el nombre de «Silkoornano», y que correspondía en
parte a lo que tus favoritos contemporáneos llaman «matemáticas».
Los miembros del cuarto grupo se llamaban Psicosovores Akhaldanos, designando este
término a aquellos encargados de observar las percepciones, experiencias y manifestaciones
de sus propios semejantes, verificando los datos así obtenidos mediante el uso de métodos
estadísticos.
Los componentes de la quinta sección se llamaban Harnosovores Akhaldanos, lo cual
significaba que su misión debía consistir en el estudio de aquella rama del conocimiento que
encerraba entonces las dos ramas que en la ciencia contemporánea de tus favoritos, se llaman
Química y Física.
Los miembros del sexto grupo se llamaban Mitesovores Akhaldanos, es




 DÉCIMA PARTE Adelanto:


es decir, seres
encargados de estudiar toda clase de hechos provenientes del exterior, ya fueran
conscientemente materializados desde afuera o surgidos espontáneamente, así como cuáles de
ellos y en qué casos, eran percibidos erróneamente por los seres ordinarios.
En cuanto a los miembros del séptimo y último grupo, se llamaban Gezpoodjnisovores
Akhaldanos; estos miembros de la sociedad Alkhaldana se hallaban dedicados al estudio de
aquellas manifestaciones, en las presencias de los seres tricerebrados de su planeta, que
surgían en ellos, no como consecuencia de diversas funciones, provenientes de diferentes
clases de impulsos engendrados en los datos ya presentes en ellos con anterioridad, sino de las
acciones cósmicas provenientes del exterior y que no dependían de sí mismos.
Los seres tricerebrados de tu planeta favorito, que llegaron a formar parte de esta sociedad,
lograron efectuar un eficaz acercamiento al conocimiento objetivo, cosa que jamás se había
hecho antes en la historia terráquea y que muy posiblemente no vuelva a hacerse ya.
Y no es posible aquí dejar de expresar cuan lamentable e infortunado para todos los seres
tricerebrados terrestres de las épocas siguientes fue que, precisamente entonces, cuando
después de increíbles trabajos realizados empeñosamente por los miembros de aquella gran
sociedad se había logrado alcanzar el ritmo necesario de trabajo en cuanto al discernimiento,
consciente por su parte, y en cuanto a su preparación inconsciente del bienestar de sus
descendientes en el calor de aquellas nobles actividades, algunos de los miembros
comprobaran, como ya te dije antes, que algo sumamente grave iba a ocurrirle al planeta en
un futuro próximo.
A fin de establecer el carácter del grave accidente previsto, los sabios se diseminaron por todo
el planeta y poco después, como ya te dije, la referida segunda perturbación transapalniana se
abatió de golpe sobre el infortunado planeta de tus simpatías.
Pues bien, querido niño; cuando, después de esta catástrofe, cierto número de supervivientes,
miembros de aquella sabia sociedad, volvieron gradualmente a reunirse, careciendo ya de su
país natal, se establecieron primeramente, con la mayoría de los demás supervivientes del
desastre, en el centro del continente de Grabontzi; pero tiempo más tarde, una vez «vueltos
sobre sí mismos», en el continente de Grabontzi, pasado ya el «cataclismo no conforme a las
leyes» decidieron de común acuerdo tratar de restablecer, reanudando todas sus tareas, las
actividades fundamentales que habían sido base de la desaparecida sociedad akhaldana.
Como las manifestaciones de aquellas condiciones anómalas de existencia ordinaria de la
mayoría de los seres tricerebrados que ya con anterioridad a la catástrofe se habían
establecido en aquel lugar, habían comenzado, ya por entonces, a «hervir» furiosamente en
dicha parte de la superficie del continente de Grabontzi, estos supervivientes de la sabia y
nunca bien ponderada sociedad alkhaldana, buscaron otro sitio, en aquel mismo continente,
para establecer su residencia permanente, procurando que fuera el más adecuado para los
trabajos que debían emprender.
Y el lugar deseado les fue proporcionado por el valle de un caudaloso río que tenía su curso
en el norte de dicho continente, y hacia allí emigraron todos juntos, con sus familias, para
proseguir, en aquel aislamiento a que las circunstancias los obligaba, las actividades iniciadas
en épocas más felices por la sociedad akhaldana.
La región atravesada por este río enorme fue designada con el nombre de «Sakronakari».
Pero con posterioridad, este nombre sufrió varias modificaciones; actualmente se conoce por
el nombre de «Egipto», en tanto que el caudaloso río, llamado entonces «Nipilhooatchi» ahora
tiene el nombre de Nilo.
Poco después de que ciertos ex-miembros de la sabia sociedad akhaldana se hubieran
establecido en esta parte de la superficie del planeta Tierra, todos los miembros de nuestra
tribu, que habitaban entonces la superficie del planeta que ha llamado tu atención, emigraron
hacia aquel lugar.

Y las relaciones existentes entre nuestra tribu y los miembros supervivientes de la sociedad
alkhaldana, según los informes que hasta mí han llegado, eran de la índole siguiente:
Ya te dije una vez que antes de la segunda «perturbación transapalniana», nuestra pitonisa
insistió en sus profecías en que todos los miembros de nuestra tribu debían emigrar sin
pérdida de tiempo, si querían salvar sus vidas, hacia aquel punto preciso de la superficie del
referido continente, actualmente conocido con el nombre de África.
Este punto preciso de la superficie de dicho continente indicado por la pitonisa se hallaba
precisamente en las fuentes del referido río Nipilhooatchi donde los miembros de nuestra tribu
vivieron mientras duró la segunda perturbación transapalniana, así como después de haberse
ya normalizado por completo la mayoría de los procesos naturales, vale decir, cuando la
mayoría de los supervivientes ya casi habían olvidado lo acontecido, habiendo vuelto a formar
—exactamente como si nada hubiera pasado— uno de sus famosos «centros culturales» en el
corazón mismo de la futura África. Y fue precisamente cuando los ex-miembros de la
sociedad akhaldana se hallaban entregados a la búsqueda de un lugar apropiado para residir de
forma permanente, cuando acertaron a encontrarse con cierto número de miembros de nuestra
tribu, quiches les aconsejaron emigrar hacia el país bañado por los afluentes de aquel río.
Nuestra vinculación y amistosas relaciones con muchos de los ex-miembros de la sociedad
akhaldana, no datan por cierto de esta época, sino de mucho antes, es decir, del continente de
Atlántida y casi de los comienzos mismos de la institución.
Como recordarás, te dije antes que cuando descendí a aquel planeta por primera vez y los
miembros de nuestra tribu se reunieron en la ciudad de Samlios, con mi presencia, a fin de
tratar de encontrar conjuntamente una salida a la difícil situación allí planteada, aquellas
reuniones generales de nuestros miembros eran celebradas en una de las secciones de la
catedral principal de la sociedad akhaldana; y a partir de entonces se establecieron excelentes
relaciones entre algunos de los miembros de nuestra tribu y cienos componentes de aquella
sociedad.
Y así, en el país que más tarde habría de ser Egipto, donde ambos emigraron después del
desastre, las relaciones entre los miembros de nuestra tribu y los ex-componentes auténticos
de la sociedad alkhaldana que acertaron a salvarse, así como los descendientes de otros
miembros auténticos, se desarrollaron y continuaron ininterrumpidamente casi hasta la partida
definitiva de nuestra tribu de aquel planeta.
Si bien la esperanza de los pocos supervivientes casuales de la sociedad akhaldana de
reanudar las tareas emprendidas por aquella institución no pudo cumplirse, fue
exclusivamente gracias a ellos, por lo que pudo mantenerse presente en las presencias de los
seres de las diversas generaciones posteriores al hundimiento de la Atlántida, la «convicción
instintiva» relativa al sentido de lo que se conoce con el nombre de «elaboración completa del
Ser personal».
Además, también gracias a ellos, parte de lo que había sido logrado por la Razón de los seres
tricerebrados de la antigua Atlántida, pudo sobrevivir mientras esta Razón siguió siendo
normal; y con posterioridad, este algo comenzó a ser transmitido mecánicamente por
herencia, de generación en generación, alcanzando a los seres de los períodos muy recientes,
incluso a algunos individuos de las épocas contemporáneas.
Entre los muchos frutos de los sabios trabajos realizados por los miembros de la sociedad
akhaldana que fueron transmitidos a la posteridad por herencia se contaban, sin lugar a dudas,
aquellos ingeniosos y sólidos edificios que vi levantar durante mi cuarta visita a aquel planeta
por los seres acerca de quienes habré de informarte enseguida, que habitaban aquella parte de
la superficie del continente conocido actualmente con el nombre de «África».
Si bien la ansiedad que en mí había despertado todo cuanto mis congéneres me habían dicho
acerca del nuevo observatorio allí instalado, se vio defraudada cuando lo vi con mis propios
ojos; no obstante, el propio observatorio, así como los demás edificios construidos en aquella
región me resultaron en extremo ingeniosos, proporcionándome valiosos datos para el
enriquecimiento de mi presencia común con gran cantidad de productivos conocimientos para
mi consciencia.
A fin de que puedas representarte claramente la forma en que estos diversos edificios habían
sido construidos por los seres tricerebrados de aquellas comarcas para el bienestar de su
existencia común, creo que bastará explicarte, con el mayor detalle posible, la forma en que
las particularidades de esta práctica e ingeniosa invención terráquea se manifestaron con
respecto al nuevo observatorio construido y por cuya causa, como recordarás, me decidí a
visitar el país.
Con este propósito, debo informarte, ante todo, acerca de dos hechos relacionados con las
transformaciones experimentadas por la presencia común de estos seres tricerebrados que han
despertado tu curiosidad.
El primero de ellos consiste en que, en el principio de las cosas, cuando todavía vivían
normalmente, esto es, en la forma generalmente propia de todo ser tricerebrado, y cuando
poseían todavía lo que se llama la «visión Olooesteskhniana» podían percibir, a las distancias
correspondientes a los seres tricerebrados ordinarios, la visibilidad de todas las
concentraciones cósmicas, grandes y pequeñas por igual, que existían más allá del planeta
Tierra, durante todos los procesos sufridos por el Okidanokh Omnipresente en la atmósfera
terráquea.
Además, aquellos de entre los terrestres que se hallaban conscientemente perfeccionados y
que habían logrado, de este modo, dotar de sensibilidad para la percepción al órgano de la
vista —como todos los demás seres tricerebrados del universo— hasta el grado «Olooess
ultratesnokhiniano», adquirieron la facultad de percibir también la visibilidad de todas estas
unidades cósmicas situadas a igual distancia, que nacen y desarrollan su existencia posterior
con dependencia de las cristalizaciones localizadas directamente en el sagrado
Theomortmalogos, es decir, en las emanaciones de nuestro sacrosanto Absoluto Solar.
Y más tarde, una vez establecidas las antes mencionadas condiciones anómalas constantes de
su existencia ordinaria, como consecuencia de lo cual la Gran Naturaleza se vio forzada, por
las razones de que ya antes te he hablado, entre otras cosas, a degenerar progresivamente la
función del órgano visual terrestre, convirtiéndolo en lo que se llama un «Koritesnokhniano»
corriente, esto es, la vista propia de las presencias de los seres uni y bicerebrados, pudieron
percibir la visibilidad de las concentraciones grandes y pequeñas más allá del planeta, sólo
cuando tenía lugar el sagrado proceso de Aieioiuoa en el Elemento Activo Omnipresente
Okidanokh, en la atmósfera del planeta o, como ellos mismos dicen —de acuerdo con su
pobre comprensión y percepciones— «en las noches oscuras».
Y el segundo hecho, en virtud también de esta misma degeneración del órgano de la vista en
un vulgar Koritesnokhniano, se basa en aquella ley, común a todos los seres, que establece
que los resultados provenientes de cualquier manifestación del Okidanokh Omnipresente,
sean percibidos por los órganos de la vista sólo cuando éstos se hallen en contacto inmediato
con aquellas vibraciones que se forman en los seres y que materializan la función del órgano
perceptor, en un momento dado, la visibilidad de las concentraciones cósmicas situadas más
allá de ellos; esto equivale a decir que sólo cuando los referidos resultados de la manifestación
del Okidanokh Omnipresente alcanzan los límites antes mencionados, de acuerdo con la
calidad del órgano encargado de percibir la visibilidad, lo que se llama la «tendencia del
impulso» decrece o, para decirlo con otras palabras, sólo perciben la visibilidad de los objetos
situados cerca de ellos.
Pero si los resultados antes mencionados se desarrollan más allá de dicho límite, entonces esta
manifestación no alcanza en absoluto a aquellos seres cuyas presencias se hallan dotadas de
órganos para la percepción de la visibilidad, formados tan sólo como resultado de la totalidad
del «Itoklanoz».
Será oportuno repetir aquí uno de los profundos aforismos, rara vez escuchados en la Tierra,
de nuestro venerado Mullah Nassr Eddin, que define de forma terminante el caso que ahora
nos ocupa, esto es, el grado de limitación que afecta a la percepción de la visibilidad de tus
favoritos contemporáneos.
Esta sabia frase, rara vez oída en la Tierra, consta de las siguientes palabras:
«Muéstrame al elefante que vio el ciego, y sólo entonces creeré que realmente has visto una
mosca».
Así pues, querido nieto, gracias a esta adaptación artificial que yo había empleado para la
observación de otras concentraciones cósmicas y que ahora, en el país que más tarde habría de
llamarse Egipto, estaba siendo construida por iniciativa de las Razones de los lejanos descendientes
de los que habían integrado la sabia sociedad akhaldana, cualquiera de estos
desdichados favoritos tuyos, a pesar de la vista Koritesnojhniana que desde bastante tiempo
antes se había convertido en cualidad característica de los mismos, pudo adquirir la facultad
de percibir libremente, en cualquier momento, «de día o de noche», como ellos dicen, la
visibilidad de todas aquellas concentraciones cósmicas remotas que en el proceso del
«Armonioso Movimiento Cósmico» general entran en la esfera abarcada por el horizonte de
sus observaciones.
A fin de superar esta limitación del órgano terráqueo de la percepción visual, idearon el
siguiente recurso:
El teskooano terráqueo o telescopio, aparato éste —debo aclararte aquí— heredado de los
remotos antecesores Akhaldanos— no era colocado en la superficie del planeta, como era
entonces lo corriente y lo sigue siendo todavía, sino que lo fijaban a gran profundidad en el
interior del planeta, efectuando sus observaciones de las concentraciones cósmicas situadas
más allá de la atmósfera del planeta Tierra, a través de agujeros perforados especialmente, a
manera de largos tubos.
El observatorio que entonces visité, poseía cinco orificios de este tipo.
Estos orificios comenzaban, respecto del horizonte, en diferentes puntos de la superficie del
planeta ocupada por el observatorio, pero todos ellos convergían hacia un pequeño espacio
subterráneo semejante a una cueva.
Desde allí, los especialistas, llamados entonces astrólogos, efectuaban sus observaciones con
el fin de estudiar, como ya te dije antes, las presencias visibles y los resultados observables de
la acción recíproca de las demás concentraciones cósmicas pertenecientes a aquel sistema
solar, así como a los demás sistemas del vasto universo.
Estas observaciones eran llevadas a cabo a través de los orificios mencionados que se
proyectaban al exterior en distintas direcciones, sobre el horizonte, según la posición dada del
planeta con respecto a la concentración cósmica observada en el proceso del «armonioso
movimiento cósmico común».
Vuelvo a repetirte, querido niño, que si bien la principal peculiaridad de este observatorio
construido por los seres tricerebrados del futuro Egipto no era nueva para mí, dado que este
mismo principio había sido utilizado en mi observatorio de Marte, con la única diferencia de
que mis siete largos tubos no se hallaban fijados dentro del planeta sino sobre éste, tanto me
interesaron todas las novedades aquí introducidas, que aproveché mi permanencia en el lugar
para trazar un detallado bosquejo de todo cuanto vi, bosquejo éste que no me faltó
oportunidad de emplear tiempo más tarde en mi propio observatorio.
Y en cuanto a los demás «edificios» construidos en las vecindades, quizás más adelante te los
describa con mayor detenimiento; pero por ahora me limitaré a decirte que todos estos
cuerpos independientes, todavía incompletos, se hallaban situados a corta distancia del observatorio
y habían sido edificados —según pude comprobar durante mi inspección de los
mismos bajo la guía del constructor que tuvo la gentileza de acompañarnos y quien, por lo
demás, era un excelente amigo de nuestra tribu— en parte, con el mismo propósito de observar
otros soles y planetas de nuestro gran Universo, y en parte, para estudiar y gobernar
voluntariamente los fenómenos que tenían lugar en la atmósfera circundante, a fin de lograr el
clima deseado.
Todos estos edificios ocupaban un amplio espacio abierto en aquella comarca y se hallaban
circundados por una construcción especial realizada con la planta llamada entonces
«Zalnakatar».
Es en extremo interesante notar que erigieron, frente a la entrada principal de aquel enorme
cerco, una enorme estatua de piedra —claro está que enorme si se la compara con el tamaño
de sus presencias— llamada Esfinge, que me recordó en gran medida a la estatua que yo
mismo había visto en mi primer descenso personal al planeta, en la ciudad de Samlios,
precisamente enfrente del enorme edificio perteneciente a la sabia sociedad alkhaldana y que
se conocía por entonces con el nombre de «Catedral principal de la Sociedad Akhaldana».
La estatua que vi en la ciudad de Samlios, y que tanto me interesó, era el emblema de esta
sociedad y se llamaba «Consciencia».
Representaba un ser alegórico, estando compuestas todas las partes de su cuerpo planetario de
una parte del cuerpo planetario de cierta forma definida de existencia terráquea, pero de las
partes de aquellos seres de otras formas que, de acuerdo con las ideas cristalizadas en los seres
tricerebrados terráqueos, habían alcanzado un grado de perfección en una u otra de sus
funciones eserales.
La masa principal del cuerpo planetario de dicho ser alegórico estaba representada por el
tronco de un ser de forma definida que allí recibe el nombre de «toro».
Este tronco de toro descansaba sobre cuatro extremidades de otro ser también oriundo de
aquellas comarcas y de forma definida, llamado «León», y a aquella parte del tronco del toro
denominada «lomo» se hallaban adheridas dos grandes alas semejantes, por su aspecto, a las
de un fuerte pájaro que habita en la Tierra y que se conoce con el nombre de «Águila».
Y en el lugar correspondiente a la cabeza, se habían fijado al tronco de toro, por medio de una
pieza de «ámbar», dos pechos que representaban lo que se denomina «Pechos de Virgen».
Cuando esta extraña imagen alegórica despertó mi interés en el continente de Atlántida e
interrogué, en consecuencia, a uno de los sabios miembros de la Gran Sociedad Akhaldana
acerca de su significado, éste me explicó lo siguiente:
«Esta figura alegórica es el emblema de nuestra sociedad y nos sirve a todos sus miembros
como estímulo para recordar constantemente los impulsos correspondientes atribuidos a la
misma.»
A lo cual agregó luego:
«Cada parte de esta figura alegórica proporciona a todos los miembros de nuestra sociedad, en
las tres partes independientemente asociativas de su presencia común, es decir, en el cuerpo,
pensamientos y sentimientos, una conmoción por las asociaciones correspondientes para
aquellos conocimientos separados e independientes que, en su totalidad, son los únicos que
pueden brindarnos la posibilidad de liberarnos gradualmente de los factores indeseables
presentes en cada uno de nosotros, tanto aquellos que nos fueron transmitidos por herencia,
como los que nosotros mismos adquirimos personalmente, los cuales engendran,
paulatinamente, impulsos altamente indeseables para nuestra naturaleza y como consecuencia
de los cuales no somos lo que debiéramos ser.»
«Este emblema nuestro nos recuerda permanentemente que es posible alcanzar la liberación
de lo que acabo de mencionarle, tan sólo si obligamos siempre a nuestra presencia común a
pensar, sentir y actuar, en circunstancias conformes a lo que dicho emblema predica.»
«Y así es cómo entendemos todos nosotros, miembros de la prestigiosa sociedad alkhaldana,
el significado de nuestro emblema:
El tronco de este ser alegórico, constituido por el tronco de un 'Toro', significa que el factor en
nosotros cristalizado y que genera en nuestras presencias los impulsos que nos son maléficos,
tanto aquellos transmitidos por herencia como los adquiridos por nosotros mismos
personalmente, sólo pueden regenerarse, mediante trabajos infatigables, esto es, aquellos
trabajos en los cuales sobresale particularmente, entre todos los seres de nuestro planeta, el
Toro.»
«El hecho de que este tronco repose sobre las patas de un 'León' significa que dichos trabajos
deben ser ejecutados con esa lucidez, coraje y fe que caracterizan a todos los actos y el
'Poderío' de aquel ser que entre los seres lo posee en grado máximo: el León.»
«Las alas de la más fuerte de todas las aves y la que más grandes alturas alcanza, el águila,
adheridas al tronco del Toro, recuerdan permanentemente a los miembros de nuestra sociedad,
que durante la ejecución de dichos trabajos, con las ya mencionadas propiedades psíquicas de
autoestima, es necesario meditar continuamente sobre las cuestiones que no se relacionan
directamente con las manifestaciones requeridas para la existencia ordinaria.»
«Y en cuanto a la extraña imagen de la cabeza de nuestro ser alegórico con la forma de los
pechos de virgen, ésta expresa que el Amor debe predominar siempre y en todas las cosas
durante las funciones internas y externas provocadas en la propia consciencia, Amor éste que
sólo puede surgir y hacerse presente en las presencias de las concentraciones formadas en las
partes pertinentes, conforme a las leyes, de todos los seres responsables en quienes las
esperanzas de nuestro PADRE COMÚN han sido puestas.»
«Y el hecho de estar la cabeza fijada al tronco del Toro con «ámbar», significa que este Amor
debe ser estrictamente imparcial, es decir, que debe hallarse completamente separado de todas
las demás funciones que tienen lugar en la totalidad del ser responsable.»
—A fin, querido niño, de que el sentido atribuido en este emblema al material conocido con el
nombre de ámbar, resulte perfectamente claro para ti, debo decirte que esta sustancia es una
de las siete formaciones planetarias en cuyo nacimiento toma parte el Elemento Activo
Omnipresente Okidanokh con sus tres elementos separados, independientes y sagrados, en
igual proporción. Y en el proceso de la materialización planetaria, estas manifestaciones
planetarias e intraplanetarias sirven para el propósito conocido con el nombre de «impedir» el
flujo independiente de esas tres sagradas y localizadas partes independientes.
En este punto del relato, Belcebú realizó una pequeña pausa, como si su pensamiento se
hubiera detenido de pronto en algo muy particular, pero luego volvió a tomar la palabra como
sigue:
—En el transcurso de mi relato acerca de lo que vi en cierta parte de tierra firme de la
superficie del planeta que había escapado al desastre, relativo a los habitantes del futuro
Egipto, algunos de los cuales no eran sino descendientes directos de los miembros de la
ciertamente sabia y grande sociedad akhaldana, el resultado de las manifestaciones de mi
Razón Eseral ha sido que, en virtud de diversos recuerdos asociativos de toda clase de
impresiones y de percepciones de la visibilidad del medio circundante exterior de dicha
comarca, que han pasado a constituir elementos perfectamente fijados en mi presencia común,
han revivido gradualmente en mí todas las escenas y todo el flujo de pensamientos asociativos
de una de estas experiencias eserales que me tocó vivir durante mi última estancia en aquel
país que los contemporáneos terráqueos denominan Egipto, entonces, en cierta ocasión en que
me hallaba sentado, absorto en mis pensamientos, al pie de una de aquellas construcciones
que han acertado a escapar, casualmente, de la destrucción del tiempo, y que se conocen
actualmente con el nombre de «pirámides».
Fue precisamente entonces cuando, en la función general de mi Razón, se asoció, entre otras
cosas, lo siguiente:
¡Muy bien!... Si ninguno de los beneficios ya desde antes alcanzados por la Razón de los
habitantes del continente de Atlántida para la existencia ordinaria, ha pasado a ser propiedad
de los contemporáneos habitantes del planeta, ello quizás pueda explicarse lógicamente, tan
sólo porque debido a las razones cósmicas, independientes por completo y no derivadas de los
seres tricerebrados que allí viven, ocurrió aquel segundo gran «cataclismo no conforme a las
leyes», durante el cual, no sólo pereció el continente mismo, sino también todo cuanto éste
contenía.
¡Pero Egipto!
¿No estaba vivo su esplendor hasta hace bien poco?
No puede negarse...
Debido a la tercera pequeña catástrofe acaecida a aquel desdichado planeta, y asimismo a la
quinta, acerca de la cual ya te hablaré más adelante, también esa parte de su superficie sufrió
serios perjuicios, siendo cubierta por las arenas... Sin embargo, los seres tricerebrados que allí
vivían no perecieron sino que sólo se diseminaron por diversos puntos de aquel mismo
continente y, en consecuencia, cualesquiera que hubieran sido las condiciones exteriores que
hubiesen sobrevenido, habrían sobrevivido en sus presencias, al parecer, los resultados
cristalizados de los factores perfeccionados, que les habían sido transmitidos por herencia,
para la «mentación eseral lógica» normal.
De modo que, querido nieto, deseoso de esclarecer, tras este penoso «Alstoozori», o como
dirían tus favoritos, después de estas «tristes reflexiones», la esencia misma de la causa de
este otro hecho lamentable, comprendí, al final de mis minuciosas investigaciones,
percatándome de ello con todo mi ser, que esta anomalía obedece exclusivamente a un notable
aspecto de la principal característica de su extraña psiquis, esto es, aquella particularidad que
ha terminado por cristalizarse completamente hasta constituir una parte inseparable de sus
presencias comunes y que actúa como factor para el surgimiento periódico en ellos de lo que
llamamos «necesidad urgente de destruir todo lo exterior a sus seres».
El hecho es que cuando, durante el apogeo del desarrollo de esta peculiaridad —terrible para
toda razón lúcida— del psiquismo de los seres tricerebrados, comenzaron a manifestar fuera
de sí mismos esta peculiaridad fenoménica de sus presencias comunes, es decir, cuando
empezaron a llevar a cabo en alguna parte de la superficie de su planeta el proceso de la
destrucción recíproca, al mismo tiempo, sin ningún propósito deliberado e incluso sin lo que
se llama «necesidad orgánica», comenzaron también a destruir todo lo que acertara a ponerse
dentro de la esfera de la percepción de su órgano visual.
En el tiempo de este «apogeo psicopático fenoménico», destruían todos los objetos en el lugar
y en el instante en que estos mismos seres, entre quienes se desarrolla este terrible proceso,
los habían producido intencionalmente, así como los productos que habían logrado sobrevivir
de épocas anteriores.
Así pues, querido niño, en este mi cuarto viaje personal a la superficie de tu planeta favorito,
llegué, en primer término, al país conocido actualmente con el nombre de Egipto, y después
de haber permanecido algunos días entre los descendientes remotos de los miembros de la
grande y sabia sociedad akhaldana, y de haberme familiarizado con ciertos resultados de sus
«deberes eserales de Partkdolg» destinados al bienestar de sus descendientes, me dirigí, en
compañía de otros dos miembros de nuestra tribu, hacia las comarcas, situadas al sur de este
mismo continente, y allí, con la ayuda de los seres tricerebrados del lugar, cazamos la
cantidad de simios que necesitábamos.
Una vez cumplida esta tarea, ordené telepáticamente a nuestra nave Ocasión que descendiera
hacia nosotros, lo cual hizo en la primera noche oscura que se presentó propicia; y una vez
que trasladamos los referidos monos a la sección especial de la nave Ocasión, que había sido
construida para el Gornahoor Harharhk bajo su dirección, emprendimos inmediatamente el
regreso al planeta Marte, y tres días marcianos después, a bordo de la misma nave y junto con
los monos, me dirigí hacia el planeta Saturno.
Si bien nuestro primer propósito había sido ejecutar los experimentos con los monos al año
siguiente, una vez que se hubieran aclimatado perfectamente al lugar y que hubieran orientado
su existencia en las nuevas condiciones reinantes, adelanté mi viaje al planeta Saturno debido
a que, en mi último encuentro personal con el Gornahoor Harharhk, le había prometido estar
presente en una ceremonia familiar que debía celebrarse en breve plazo.
Y esta ceremonia consistía en la consagración, por parte de sus parientes, del primer heredero
engendrado por el Gornahoor Harharhk.
Si le prometí a mi amigo asistir a esta ceremonia familiar conocida con el nombre de
Krikhrakhri, se debió a mi deseo de cumplir el «deber eseral Alnatoorornianano» con este
reciente heredero.
Es interesante notar que este tipo de ceremonias y deberes eserales, también tenían lugar entre
los antiguos seres tricerebrados de tu planeta favorito, llegando, incluso, a los
contemporáneos, si bien estos últimos, al igual que en todos los demás aspectos de su vida,
sólo han conservado la forma exterior de este serio e importante acontecimiento.
Los individuos encargados de llevar a cabo estas ceremonias son conocidos con el nombre de
«padrinos» y «madrinas».
El heredero del Gornahoor Harharhk recibió el nombre, en su consagración, de Rakhoorkh.


FINAL DE:
CUARTO DESCENSO DE BELCEBÚ A LA TIERRA EN
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO
George I. Gurdjieff

LIBRO PRIMERO CAPITULO 23, CUARTO DESCENSO DE BELCEBÚ A LA TIERRA 5, 6 Y 7

QUINTA PARTE



Uno de ellos tiene, en una de las grandes ciudades europeas, una «casa de pompas fúnebres»;
el segundo, en otra urbe populosa, posee una agencia encargada de concertar matrimonios y
tramitar divorcios; y el tercero, es propietario de muchas oficinas fundadas por él mismo en
diversas ciudades, dedicadas a lo que se conoce con el nombre de «cambio de moneda».
Pero, gracias a este heterograma, veo ahora que me he apartado bastante de mi relato original.
Volvamos pues a nuestro tema.
Te decía que en éste, mi cuarto vuelo hacia el planeta Tierra, nuestra nave Ocasión, descendió
en el mar conocido con el nombre de «Mar Rojo».
Y descendimos en este mar debido a que baña las costas orientales de aquel continente al cual
deseaba dirigirme, esto es, el continente llamado entonces de Grabontzi, actualmente África,
en el cual se criaban aquellos simios que nosotros buscábamos, en mayor número que en
ninguna otra tierra firme de la superficie de aquel planeta.
Y además, porque ese mar se hallaba en aquel período en condiciones particularmente
ventajosas para anclar nuestra nave Ocasión, pero lo que es aún más importante, en una de sus
orillas, se hallaba el país llamado de «Nilia», actualmente, Egipto, en el cual residían aquellos
miembros de nuestra tribu que deseaban permanecer en aquel planeta y con cuya ayuda
pensaba yo capturar los monos.
Así, pues, habiendo descendido en el Mar Rojo, recorrimos la distancia que separaba a nuestra
nave de la orilla, a bordo de nuestros Epodreneks, y luego, montados en camellos, llegamos a
aquella ciudad en la que vivían nuestros congéneres y que era por entonces la capital del
futuro Egipto.
Esta ciudad se llamaba Tebas.
Desde el primer día de mi llegada a la ciudad de Tebas, uno de los miembros de nuestra tribu
que allí vivía, me contó, entre otras cosas, durante el transcurso de una conversación, que los
terráqueos de aquella localización habían ideado un nuevo sistema para observar las diversas
concentraciones cósmicas desde su planeta, y que se hallaban entonces construyendo cierto
dispositivo necesario para llevarlo a la práctica, y que, asimismo, como todo el mundo decía,
las ventajas y posibilidades de este nuevo sistema serían excelentes y sin paralelo en la
historia del planeta Tierra.
Y una vez que me hubo relatado todo lo que con sus propios ojos había visto, inmediatamente
se apoderó de mí un considerable interés, puesto que de la descripción que me hizo de ciertos
detalles de este nuevo aparato, me pareció que los terrestres habían hallado el medio de
vencer aquel inconveniente que tantas horas de meditación me había exigido previamente,
cuando me hallaba ocupado en la construcción de mi observatorio en el planeta Marte.
De modo pues que decidí postergar por cierto tiempo, mi propósito inicial de dirigirme
inmediatamente hacia el sur del continente para procurarme aquellos monos en cuya búsqueda
había salido, decidiendo, por el contrario, dirigirme primero al lugar en que se estaba
realizando aquella construcción, a fin de trabar relaciones personales, en el mismo lugar de las
operaciones, con todos aquellos vinculados a la obra.
Así pues, al día siguiente de nuestra llegada a la ciudad de Tebas, en compañía de uno de los
miembros de nuestra tribu que se había hecho ya de varios amigos en el lugar, y también del
Constructor en Jefe de dicha obra —y claro está que también del bueno de Ahoon— descendí
el curso, a bordo de lo que se llamaba entonces un «Choortetev», de un afluente del caudaloso
río conocido actualmente por el nombre de «Nilo».
Cerca del punto en que este río vertía sus aguas, formando una vasta superficie
«Saliakoorniapniana», se hallaban los edificios, ya casi terminados, de que antes te hablé, una
de cuyas partes me interesó sobremanera.
El distrito mismo en que se venían realizando las obras necesarias, tanto para la construcción
de este nuevo «observatorio» como para otros muchos edificios destinados al bienestar
general de la comunidad, se llamaba entonces de «Avazlin».
Algunos años después comenzó a llamarse «caironana» hasta que, en la época actual, fue
denominado, simplemente, «alrededores de El Cairo».
Dichos edificios habían sido iniciados mucho tiempo antes por uno de los individuos
llamados entonces «faraones», designación ésta que daban los habitantes de aquella región a
sus reyes.
Y en la época de mi cuarto descenso al planeta Tierra y de mi primera visita a aquel lugar,
estos edificios especiales cuya construcción él había iniciado, estaban siendo completados por
su nieto, también faraón.
Pese a que el observatorio que me había llamado la atención no había sido finalizado por
completo, podían efectuarse, no obstante, ciertas observaciones de la visibilidad exterior de
las concentraciones cósmicas, y los datos así obtenidos, así como la acción recíproca entre
estos datos, podían ya ser objeto de amplio estudio.
Los individuos encargados de aquellas observaciones y estudios se llamaban entonces
«Astrólogos».
Pero cuando posteriormente se apoderó de los terráqueos aquella enfermedad psíquica
conocida con el nombre de necedad, estos especialistas se «encogieron», reduciéndose a dar
nombres a las concentraciones cósmicas remotas, sin hacer cosa alguna de interés.
Estos nuevos «profesionales» se llamaron «astrónomos».
En la medida en que la diferencia de significación y sentido, en relación con los seres
circundantes, entre aquellos de los seres tricerebrados terráqueos que ejercían por entonces
esta profesión, y aquellos que tienen en la actualidad, por así decirlo, la misma ocupación, podría
revelarte, para así expresarlo, «lo evidente del persistente deterioro del grado de
cristalización» de los datos que conducen a una «mentación lógica sana», que debiera hallarse
en las presencias comunes de tus favoritos en cuanto seres tricerebrados que son: por lo cual
me parece indispensable explicarte esa diferencia, ayudándote a hacerte una idea cabal de la
misma.
En aquella época, estos tricerebrados terrestres en edad responsable, llamados por los otros,
«astrólogos», además de efectuar las mencionadas observaciones e investigaciones referentes
a las diversas concentraciones cósmicas, con el fin de realizar un estudio más «detallado» de
aquella rama del conocimiento general que ellos representaban, cumplían otras muchas
obligaciones esenciales, encomendadas a ellos por sus semejantes.
Entre estas obligaciones fundamentales se hallaba la de aconsejar
—al igual que nuestros Zerlikneros— a todas las parejas conyugales, según los tipos
individuales de cada pareja, acerca de la época y forma propicias para consumar el sagrado
Elmooarno, a fin de alcanzar una deseable concepción como resultado.
Y cuando tales frutos eran finalmente materializados o, como ellos dicen, «nacían», debían
trazar su «Oblekioonerish» que no es sino lo que tus favoritos llaman «horóscopo».
Y tiempo más tarde, si bien ellos mismos o sus sustitutos debían
—durante todo el período de formación del recién nacido y de su preparación para ingresar en
la existencia responsable— guiarlos y suministrarles las indicaciones adecuadas sobre la base
del mencionado Oblekioonerish, así como sobre la base de las leyes cósmicas, que
continuamente se ponían de manifiesto en las acciones desplegadas por otras concentraciones
cósmicas.
Estas indicaciones o, por así llamarlas, «advertencias», consistían en lo siguiente:

SEXTA PARTE

Cuando una función, en la presencia de un individuo dado, comenzaba a desentonar con el
resto de la comunidad, este individuo acudía entonces al astrólogo de su distrito quien, sobre
la base del mencionado Oblekioonerish, así como sobre la base de los cambios previstos en
sus cálculos, de acuerdo con los procesos de la atmósfera, transmitidos a su vez hacia otros
planetas del mismo sistema solar, le indicaba exactamente lo que debía hacer con su cuerpo
planetario en determinados períodos de los movimientos krentonalnianos de su planeta, como,
por ejemplo, la dirección en que debía acostarse, la forma en que debía respirar, los
movimientos que debía realizar con preferencia, los tipos de relaciones que debía mantener y
con qué personas, y muchas otras cosas por el estilo.
Además de todo esto, los astrólogos asignaban a los seres tricentrados, en el séptimo año de
su existencia, también sobre la base del correspondiente Oblekioonerish, los compañeros
adecuados del sexo opuesto con la finalidad de llenar uno de los principales deberes eserales,
esto es, la perpetuación de la raza o, como dirían tus favoritos, les adjudicaban «maridos» a
las mujeres y «esposas» a los varones.
Y aquí debo hacer justicia a los terrestres que vivían en la época en que estos astrólogos
llevaban a cabo sus funciones.
Ciertamente, entonces cumplían estrictamente sus indicaciones y realizaban las uniones
conyugales ateniéndose rigurosamente a lo aconsejado por dichos astrólogos.
En consecuencia, en aquella época, en lo que respecta a las uniones conyugales, éstas se
realizaron siempre en conformidad con los tipos respectivos, de forma similar a lo que
acontece en todos los planetas hablados por seres Keschapmartianos.
Estos antiguos astrólogos terrestres concertaban estas alianzas con tanto éxito, debido a que, si
bien se hallaban muy lejos del conocimiento de gran número de las verdades cósmicas
Trogoautoegocráticas, conocían ya, perfectamente, por lo menos, las leyes de la influencia de
los diferentes planetas del sistema solar sobre los seres que habitaban en su propio planeta,
esto es, la influencia que estos planetas ejercían sobre un ser dado en el momento de ser
concebido, en el de su ulterior formación, y también en el de su completa adquisición del ser
Responsable.
Poseyendo, gracias a la información que de generación en generación les había sido
transmitida por sus mayores, un conocimiento práctico de varios siglos, conocían
perfectamente qué tipos de temperamento pasivo eran más adecuados para el activo.
Y gracias a todo esto, las parejas unidas de acuerdo con sus indicaciones tendían casi siempre
a corresponderse perfectamente, y no como sucede en la actualidad, en que las parejas
conyugales no coinciden en tipo casi nunca; como consecuencia de ello, la vida entera de las
actuales parejas se apoya en una «vida interior» como ellos dicen, cuya mitad es dedicada a lo
que nuestro estimado Mullah Nassr Eddin expresa con las siguientes palabras: «¡Qué buen
marido aquél, o qué buena mujer aquella, cuyo mundo interior no se halla ocupado por un
continuo 'sermonear a la otra mitad.'»
En todo caso, querido nieto, si estos astrólogos hubieran seguido ejerciendo su profesión en
aquel planeta, con toda seguridad que, gracias a sus prácticas ulteriores, la existencia de los
habitantes de aquel desdichado planeta hubiera llegado a ser gradualmente, en sus relaciones
familiares, algo semejante a la de los demás seres que habitan los otros planetas de este Gran
Universo.
Pero todo esto, que podría haber reportado tan beneficiosas ventajas al proceso de su
existencia, fue desechado por los terráqueos, al igual que todas las demás conquistas valiosas,
sin haberle sacado provecho alguno, arrojándolo «a los glotones cerdos», como diría nuestro
respetado Mullah Nassr Eddin.
Y estos «astrólogos» terráqueos, como siempre sucede allí, comenzaron pues, gradualmente, a
«encogerse», para luego «evaporarse» por completo.
Tras la total abolición de las tareas encomendadas previamente a los astrólogos, otros
profesionales hicieron su aparición en la escena, pero esta vez provenían de cierto círculo de
«eruditos» de nueva formación, quienes también comenzaron a observar y estudiar, por así
decirlo, los resultados originados en las diversas concentraciones cósmicas y su influencia
sobre la existencia de los habitantes de su planeta; pero como los seres ordinarios que
rodeaban a estos profesionales no tardaron en advertir que sus «observaciones» y «estudios»
sólo consistían en la invención de nombres para los soles y planetas remotos —nombres por
lo demás desprovistos de todo significado para ellos— y en la medición, por así decirlo, por
medio de un método que ellos solos conocían y que constituía un secreto profesional, de la
distancia existente entre los puntos cósmicos percibidos desde su planeta, con ayuda de esos
«juguetes» que ellos llamaban «telescopios», comenzaron a denominarlos, como ya te he
dicho, «astrónomos».
Ahora que hemos hablado de estos «ultrafantasiosos» contemporáneos podría muy bien,
imitando nuevamente la forma de mentación y exposición verbal de nuestro querido maestro
Mullah Nassr Eddin, «iluminarte» con el conocimiento de su significación, tan estimada por
tus favoritos.
Deberás saber, ante todo, lo concerniente a ese algo cósmico ordinario materializado para
estos mismos tipos terrestres, que se concretiza casi siempre por sí mismo para todas las
unidades cósmicas y que sirve a los seres dotados de Razón Objetiva, de fuente generadora
para sopesar y comprender las explicaciones del sentido y significación de cualquier resultado
cósmico dado.
Este algo que sirve como fuente generadora para el descubrimiento de la significación de
estos tipos terrestres contemporáneos es un necio mapa llamado por ellos mismos —«claro
está que inconscientemente»— «carta total de los espacios espaciales».
No necesitamos extraer aquí ninguna otra conclusión lógica de esta fuente generadora
especialmente materializada para ellos; bastará simplemente decir que el nombre mismo de
esta carta terráquea demuestra que las designaciones en ella efectuadas no pueden ser sino
completamente relativas, puesto que con los medios a su alcance —pese a lo mucho que
rompen sus estimadas cabezas ideando nombres extraños y haciendo diversas clases de
cálculo— sólo pueden ver desde la superficie de su planeta aquellos soles y planetas que para
su suerte no cambian demasiado rápidamente el curso de su caída con respecto al planeta
Tierra, brindándoles así la posibilidad durante un largo período —claro está que largo si se lo
compara con la extrema brevedad de la existencia terráquea— de observarlos y de, como
dicen con gran orgullo, «establecer sus posiciones».
En todo caso, querido nieto, por infructíferas que sean las actividades de estos representantes
contemporáneos de la ciencia terráquea, te ruego que no te molestes con ellos. Si sus trabajos
ningún beneficio acarrean a tus favoritos, por lo menos tampoco los perjudican en exceso.
Al fin y al cabo deben ocuparse en algo.
Por algo usan anteojos de origen germano y camisas especiales cosidas en Inglaterra.
¡Déjalos! ¡Déjalos que se ocupen con esto! ¡Dios los bendiga!
De otro modo, al igual que la mayoría de los pillastres que allí se encuentran ocupados, como
ellos dicen, «en cuestiones superiores», habrían de atarearse, por puro aburrimiento, en la «la
lucha de cinco contra uno».
Y es bien sabido de todos que los seres que se ocupan en esa cuestión irradian siempre de sí
mismos ciertas vibraciones sumamente perjudiciales para los semejantes que los rodean.
Pero basta ya. Dejemos a estos «titilantes» contemporáneos en paz y prosigamos con nuestro
interrumpido relato.
En vista del hecho, querido nieto, de que la capacidad consciente así expresada en la creación
de esta construcción sin paralelo, antes o después de esta época, de la cual yo mismo fui
testigo presencial, ...

SEPTIMA PARTE


...
testigo presencial, no fue sino el resultado de las conquistas alcanzadas por aquellos seres
pertenecientes a la instruida sociedad de Akhaldan, constituida en el continente de Atlántida
antes de la segunda gran catástrofe terrestre, creo que será conveniente, antes de continuar
explicándote nuevos detalles del mencionado observatorio, así como de otros edificios
levantados en torna para el bienestar de la vida eseral de la comunidad, decirte, aunque no sea
más que brevemente, algo acerca de la historia del surgimiento de esta tan venerable e
instruida sociedad, compuesta por seres tricerebrados ordinarios en el entonces floreciente
continente de Atlántida.
Es un imperativo ineludible ponerte al tanto de esto, porque en el curso de mis posteriores
explicaciones relativas a estos seres tricerebrados del planeta Tierra que tanto han despertado
tu curiosidad, habré de referirme, con toda seguridad, más de una vez a esta sociedad de
sabios.
También debo narrarte algo acerca de la historia del nacimiento y funcionamiento de esta
sociedad en el continente de Atlántida, a fin de que sepas que si los seres tricerebrados de tu
planeta favorito —gracias a sus deberes eserales de Partkdolg, es decir, gracias a sus trabajos
conscientes y sufrimientos voluntarios— llegan a alcanzar algo alguna vez, no sólo lo utilizan
para bien de su propio Ser, sino que también cierta parte de estas conquistas se transmite por
herencia, al igual que en nosotros, convirtiéndose en propiedad de sus descendientes directos.
Puede percibirse este resultado conforme a las leyes naturales en el hecho de que, si bien al
fin de la existencia del continente de la Atlántida ya habían comenzado a establecerse ciertas
condiciones anómalas de vida ordinaria de los seres que nos ocupan, y de que después de la
segunda gran catástrofe se dañaron en tal medida que muy pronto se «resquebrajaron», al
punto de verse finalmente imposibilitados para manifestar las cualidades propias de las
presencias de seres tricerebrados, no obstante, repito, sus conquistas del conocimiento fueron
legadas en herencia, al menos parcialmente, si bien de forma mecánica, a sus lejanos
descendientes directos.
Debo decirte, ante todo, que me enteré de esta historia gracias a lo que se conoce con el
nombre de Teleoghinooras, entes situados en la atmósfera del planeta Tierra.
Probablemente, no habrás de saber todavía exactamente en qué consiste una Teleoghinoora;
pues bien, trata ahora de transubstanciar en las partes correspondientes de tu presencia común
la información correspondiente a esta materialización cósmica.
Una Teleoghinoora es una idea materializada o pensada que existe, después de su nacimiento,
casi eternamente en la atmósfera del planeta en que surge.
Las Teleoghinooras pueden tener su origen en aquella cualidad de la contemplación eseral que
poseen y pueden llegar a materializar sólo aquellos seres tricerebrados que han recubierto en
sus presencias sus cuerpos eserales superiores y que han llevado el perfeccionamiento de la
Razón de la parte superior del ser hasta el grado del sagrado «Martfotai».
Y las distintas series de ideas eserales así materializadas, referentes a un hecho dado, se
conocen con el nombre de cintas Korkaptilnianas del pensamiento.
Al parecer, estas «cintas korkaptilnianas del pensamiento» relativas a la historia del origen de
la erudita sociedad de Akhaldan fueron fijadas deliberadamente, como descubrí mucho más
tarde, por cierto «Individuo Eterno» llamado Asoochilon, actualmente santo, que se recubrió
con la presencia común de un ser tricerebrado llamado Tetetos, que habitó en tu planeta
favorito, en el continente de Atlántida, y que vivió durante cuatro siglos antes de la segunda
gran «perturbación transapalniana».
Estas películas korkaptilnianas del pensamiento son indestructibles, duran tanto como el
planeta y no se hallan sujetas a ninguna de las transformaciones provenientes de causa alguna
a las cuales se encuentran sujetas todas las demás substancias y cristalizaciones cósmicas.
Y por mucho tiempo que haya transcurrido desde su surgimiento, todo ser tricerebrado en
cuya presencia se haya adquirido la facultad de provocar la «contemplación korkaptilkniana»,
puede percibir y descifrar los textos de estas películas korkaptilnianas del pensamiento.
Así pues, querido niño, llegué a conocer por mí mismo todos los detalles relativos al origen de
la sociedad de Akhaldan, en parte gracias al texto de la Teleoghinoora recién mencionada, y
en parte, a numerosos datos que llegué a conocer mucho tiempo después. Es decir, en la época
en que, habiéndome interesado considerablemente por este importantísimo factor, realicé mis
minuciosas investigaciones.
Según el texto de la mencionada Teleoghinoora y de los datos que más tarde llegué a conocer,
pude establecer definitivamente, sin lugar a dudas, que esta sabia sociedad de Akhaldan,
originada en el continente de Atlántida y compuesta de seres tricerebrados del planeta Tierra,
se constituyó 735 años antes de la segunda perturbación transapalniana.
Fue fundada por iniciativa de un individuo llamado Belcultassi, quien estaba dotado con la
facultad de llevar el perfeccionamiento de la parte superior de su ser al Ser de un sacrosanto
«Individuo Eterno»; y esta parte superior del mismo, habita ahora en el santo planeta
Purgatorio.
Mi esclarecimiento de todos aquellos impulsos eserales, internos y externos, que llevaron al
mencionado Belcultassi a fundar aquella admirable sociedad de seres tricerebrados ordinarios
—sociedad que en su época fue «envidiada» en todo el Universo por su perfección—
demostró que en cierta oportunidad en que dicho santo Individuo Belcultassi se hallaba
entregado a la contemplación, según es práctica de todos los seres normales, y se encontraban
sus pensamientos, por asociación, concentrados en sí mismos, es decir, en el sentido y objeto
de su existencia, supo de pronto que el proceso del funcionamiento de todo su ser no se había
desenvuelto hasta entonces en conformidad con lo indicado por la sana lógica.
Esta inesperada comprobación lo conmovió tan profundamente que, desde entonces, se dedicó
por completo a reparar a toda costa las omisiones realizadas en su vida previa.
Ante todo, decidió alcanzar sin tardanza alguna, la «potencia» capaz de darle la fuerza
necesaria para ser totalmente sincero consigo mismo, es decir, de conquistar y dominar
aquellos impulsos que se habían vuelto habituales en el funcionamiento de su presencia
común, a raíz de las muchas asociaciones heterogéneas que en él se desarrollaban, y que
llegaban a su consciencia por toda suerte de conmociones accidentales provenientes del
exterior y generadas también dentro de sí mismo, es decir, los impulsos del «amor propio»,
del «orgullo», de la «vanidad», etc., etc.
Y cuando después de increíbles esfuerzos «orgánicos» y «psíquicos», según se llaman, logró
su objetivo, comenzó, sin consideración alguna hacia estos impulsos eserales que se habían
vuelto ya inherentes a su presencia, a pensar y recordar qué impulsos eserales habían hecho
presa de su presencia durante el período previo a todo esto, en qué ocasiones habían surgido y
la forma en que, consciente o inconscientemente, había reaccionado ante ellos.
Sometiéndose así a este autoanálisis, comenzó a recordar qué impulsos habían provocado
determinadas reacciones en sus partes independientemente espiritualizadas, es decir, en su
cuerpo, sus sentimientos y sus pensamientos, así también como el estado de su esencia
durante las reacciones más o menos intensas a determinados impulsos y la forma y el
momento en que, como resultado de estas reacciones, había manifestado la posesión
consciente de su «yo», o había actuado automáticamente, siguiendo tan sólo la guía del
instinto.
Y fue precisamente entonces cuando el portador del que más tarde habría de ser


LIBRO PRIMERO CAPITULO 23, CUARTO DESCENSO DE BELCEBÚ A LA TIERRA 2, 3, Y 4


SEGUNDA PARTE

El tal Menitkel se convirtió en erudito, en primer lugar, debido a que su tía, que no tenía hijos,
era una excelente celestina y alternaba considerablemente con los seres influyentes y, en
segundo lugar, porque cuando llegó la edad en que se aproximaba al «umbral eseral» del ser
responsable, recibió, en el día de su cumpleaños, cierto libro de regalo, titulado Manual del
Buen Tono y de cómo escribir cartas de amor.
Viéndose materialmente asegurado y por lo tanto, totalmente libre, gracias a una herencia
legada por su tío, ex propietario de una casa de empeños, se dedicó, por simple aburrimiento,
a recopilar un erudito y grueso trabajo en el cual «rastreaba» todo lo relativo al origen de
dichos monos, configurando una minuciosa teoría con toda suerte de «pruebas lógicas», pero,
claro está, «pruebas lógicas» tales que sólo podían ser percibidas y cristalizarse en las
Razones de aquellas desvalidas criaturas que han despertado tu interés.
Este señor Menitkel «demostró» entonces, con su teoría, que estos «monos congéneres»
descendían nada menos que de lo que se llama la «gente salvaje».
Y los demás seres terrestres de aquel período, de acuerdo con una característica que ya se
había hecho sensible en ellos, creyeron implícitamente a este «tesorito de su tía» sin la menor
actitud crítica y, a partir de entonces, esta cuestión que había agitado la extraña razón de tus
favoritos, se convirtió en tema de análisis y fantasía, prolongándose hasta lo que se conoce
con el nombre de «turno séptimo del gran proceso general planetario de la destrucción
recíproca».
Gracias a esta maléfica idea, llegó a afirmarse en los instintos de la mayoría de estos
desdichados que en aquella época habitaban la Tierra, un nuevo factor anómalo conocido con
el nombre de «factor dictatorial», que comenzó a engendrar en sus presencias comunes el
falso sentimiento de que estos simios eran presumiblemente «sagrados»; y el factor anómalo
generador de este sacrílego impulso pasó también de generación en generación hasta alcanzar
los instintos de gran parte de los seres contemporáneos.
Esta falsa idea, que surgió y se afirmó gracias a la mencionada «progenie de la casa de
empeños», abarcó cerca de dos siglos terráqueos, convirtiéndose en parte inseparable de la
Razón de la mayoría de aquellos seres tricerebrados.
Y sólo con el acaecimiento de diversos sucesos procedentes de aquel proceso planetario
general antes mencionado, comenzó a disiparse hasta desaparecer por fin completamente de
sus presencias comunes.
Pero cuando lo que se denomina «existencia culta» tenía por centro el continente de Europa,
según se llama en la actualidad, y en la época en que la manifestación de intensidad máxima
de la peculiar enfermedad llamada allí «necedad» había vuelto una vez más, enfermedad que,
dicho sea de paso, ya había quedado desde mucho tiempo atrás sujeta a la ley cósmica
fundamental de Heptaparaparshinokh según la cual debía, con respecto a la intensidad,
funcionar también con cierta periodicidad, entonces, para desdicha de los seres tricerebrados
de todo el Universo, la cuestión del Mono, es decir, la cuestión de quién descendía de quién,
surgió nuevamente y, una vez cristalizada, volvió a formar parte de la presencia de la anómala
Razón de tus favoritos.
El estímulo que determinó el renacimiento de esta cuestión del Mono fue también esta vez un
«erudito», tan «grande», por lo demás, como el anterior, si bien dotado de una «formación»
completamente nueva y cuyo nombre era el de Darwin.
Y este «gran» sabio, basando su teoría en la misma lógica terráquea, comenzó a demostrar
exactamente lo contrario de lo que Menitkel había sostenido, es decir, que eran los terráqueos
tricerebrados los que descendían de los señores Monos.
En cuanto a la realidad objetiva de las teorías de estos dos «grandes» sabios terrestres, nada
mejor que citar aquí los prudentes dichos de nuestro estimadísimo Mullah Nassr Eddin:
«Ambos tuvieron un gran éxito, aunque, claro está, no sin suerte, ya que encontraron a la
auténtica madrina de la incomparable Scheherezade en un viejo estercolero.»
En todo caso, deberás saber y recordar que durante varios siglos nada menos, esta cuestión,
tan superflua como la mayoría de las que los ocupan, ha proporcionado abundante material
para el tipo de mentación considerado entre tus favoritos como la «manifestación más elevada
de la Razón».
En mi opinión, tus favoritos podrían llegar a tener una respuesta correcta y satisfactoria a la
cuestión que tanto les ha interesado siempre, es decir, la cuestión del origen de los monos. Si
pudieran acudir también en este caso a una de las sabias frases de nuestro querido Mullah
Nassr Eddin, quien solía decir en ciertas ocasiones:
«La causa de todo malentendido debe buscarse siempre en la mujer». Si la resolución de este
enigmático problema hubiera sido confiada a la sabiduría de nuestro querido amigo, quizás no
hubiera sido difícil descubrir finalmente cuándo y cómo se habían originado los dichosos
monos.
Puesto que esta cuestión de la genealogía de dichos seres es, por cierto, en extremo oscura e
insólita, informaré a tu Razón acerca de la misma con el mayor detalle posible.
En realidad, ni los tricerebrados terráqueos descienden de los monos ni los monos de los
terráqueos tricerebrados, sino que... la causa del origen de los monos radica en este caso,
exactamente como en cualquier otro malentendido, en las mujeres.
Debo decirte, ante todo, que las especies de simios terrestres existentes actualmente bajo
diversas formas exteriores no existían con anterioridad a la segunda «perturbación
Transapalniana»; pues de hecho, la genealogía de esta especie comenzó con posterioridad a la
misma.
Las causas del sufrimiento de este ser tan «maltrecho», al igual que la causa de todos los
demás acontecimientos más o menos serios, en un sentido objetivo, que se desarrollan en la
superficie de aquel desdichado planeta, derivan de dos fuentes totalmente independientes la
una de la otra.
La primera de ellas, como siempre, es aquella falta de previsión por parte de ciertos
Altísimos, Santísimos Individuos Cósmicos y la segunda, también en este caso, aquellas
condiciones anómalas de vida ordinaria establecidas por los terráqueos tricerebrados.
El hecho es que cuando tuvo lugar la segunda perturbación Transapalniana, además del
principal continente, esto es, la Atlántida, muchas otras tierras firmes, grandes y pequeñas, se
hundieron en el planeta, surgiendo en su lugar, otras nuevas.
Estos desplazamientos de las distintas partes de la presencia común de aquel infortunado
planeta, se prolongaron durante varios días, acompañándose de repetidos temblores
planetarios y de manifestaciones tales que no podían dejar de provocar el mayor terror en la
consciencia y los sentimientos de toda clase de seres.
En aquella misma época, gran parte de los tricerebrados —que han ganado tu simpatía— que
lograron sobrevivir junto con diversos seres uni y bicerebrados pertenecientes a otras formas,
debieron instalarse, de buenas a primeras, en las tierras firmes recién formadas, es decir, en
lugares enteramente nuevos y extraños para ellos.
Fue precisamente en esta época cuando gran número de estos extraños seres tricerebrados
Keschapmartinianos de sexo activo y pasivo o, como ellos dicen, «hombres» y «mujeres», se
vieron forzados a vivir durante algunos años en entero aislamiento, esto es, sin la presencia
del sexo opuesto.
Antes de relatarte cómo ocurrió esto, te explicaré algo más detalladamente lo relativo a la
sagrada sustancia que se obtiene como resultado final de las transformaciones evolutivas de
toda clase de alimentos eserales formados en la presencia de todos los seres, sin diferencia alguna
de sistemas cerebrales.
Esta sagrada sustancia que se produce en la presencia de toda suerte de seres, se llama en casi
todas partes, Exioëhary, pero tus favoritos del planeta Tierra, la llaman «esperma».
a la misericordiosa previsión y a los loables designios de nuestro PADRE Y
CREADOR COMÚN, ...


TERCERA PARTE




COMÚN, y de acuerdo con la materialización de la Gran Naturaleza, esta sagrada
sustancia se produce en la presencia de todos los seres independientemente del sistema
cerebral a que ellos pertenecen y de su recubrimiento exterior, principalmente a fin de que
mediante ella, de forma consciente o automática cumplan la parte del deber eseral consistente
en la perpetuación de la especie; pero en la presencia de los seres tricerebrados se produce
también a fin de poder ser transformada conscientemente en sus presencias comunes para el
recubrimiento de los cuerpos eserales superiores de su propio Ser.
Con anterioridad a la segunda perturbación Transapalniana, período éste conocido por los
tricerebrados contemporáneos con la expresión de «Antes del hundimiento del continente de
la Atlántida», durante el cual ya habían comenzado a cristalizarse en las presencias terráqueas
múltiples consecuencias de las propiedades del órgano Kundabuffer, comenzó a configurarse
en ellos un impulso eseral que no tardó en hacerse predominante.
Este impulso recibe en la actualidad el nombre de «placer»; y a fin de satisfacerlo habían
comenzado ya a llevar un género de vida impropio de los seres tricentrados; pues .en su gran
mayoría habían comenzado a extraer la mencionada sagrada sustancia eseral de sí mismos
sólo para satisfacción de aquel impulso.
Pues bien, querido niño; en virtud de que la mayoría de los seres tricerebrados del planeta
Tierra llevaron a cabo en lo sucesivo el proceso de extracción de esta sagrada sustancia de sí
mismos —sustancia que constantemente es generada por sus organismos— no con ciertos
intervalos establecidos normalmente por la Gran Naturaleza para los seres, conforme con su
organización, con el solo fin de perpetuar la especie, y también por el hecho de que en su
mayoría dejaron de utilizar esta sagrada sustancia conscientemente para recubrir sus cuerpos
eserales superiores, sucedió finalmente que cuando la extracción no era producida por los
medios que ya se habían tornado mecánicos, experimentaban, naturalmente, una sensación
denominada «Sirkliniamen», o, como dirían tus favoritos, un estado de «desasosiego», estado
éste acompañado invariablemente de lo que se llama «sufrimiento mecánico».
Si me recuerdas en el momento oportuno el tema de los períodos regulares fijados por la
Naturaleza para el proceso normal de la utilización del Exioëhary por los seres pertenecientes
a otros sistemas cerebrales, con el fin de perpetuar su especie, habré de explicártelo con todo
detalle.
Pues bien; como resultado de todo esto, y debido a que tan sólo se trata de seres
Keschapmartianos, y que la extracción normal de sus presencias de esta sagrada sustancia que
constante e inevitablemente se produce en ellos, sólo puede entrar en actividad con la
presencia del sexo opuesto cuando se halla destinada a la perpetuación de la especie, mediante
el sagrado proceso «Elmooarno», y debido también a que no estaban acostumbrados a
utilizarlo con el fin de recubrir sus cuerpos eserales superiores, estos supervivientes
tricerebrados que acertaron a salvarse, es decir, aquellos que ya habían vivido en la forma
impropia de seres tricerebrados, quiero decir, aquellos que durante varios años habían vivido
sin seres del sexo opuesto, comenzaron a adoptar diversos medios antinaturales para la
extracción de la sagrada sustancia Exioëhary en ellos formada.
Los individuos del sexo masculino adoptaron entonces las costumbres antinaturales
denominadas «Moordoorten», y «Androperastia», o, como dirían los seres contemporáneos,
«onanismo» y «homosexualidad» y estas costumbres antinaturales los satisfacían por
completo.
Pero para los seres tricerebrados del sexo pasivo o, para decirlo con la expresión terráquea, las
«mujeres», dichos métodos antinaturales no resultaron lo bastante satisfactorios, de modo que
las pobres «mujeres huerfanitas» de aquella época, mucho más astutas e ingeniosas que los
hombres, comenzaron a perseguir y adiestrar a seres de otras formas para convertirlos en sus
«compañeros».
Pues bien; fue a raíz de estas «asociaciones» por lo que comenzaron a aparecer en nuestro
Gran Universo seres tales que, como diría nuestro estimadísimo Mullah Nassr Eddin, «no son
ni chicha ni limonada».
En cuanto a la posibilidad de este cruce anómalo entre dos clases diferentes de Exioëhary para
la concepción y nacimiento de un nuevo cuerpo planetario eseral, no estará de más que te
explique lo siguiente:
En el planeta Tierra, exactamente igual que en otros planetas de nuestro Universo habitados
por seres tricerebrados, Keschapmartianos, es decir, seres tricerebrados cuya formación de
Exioëhary con el fin de crear un nuevo ser debe llevarse a cabo necesariamente en las
presencias de dos sexos independientes y distintos, la diferencia fundamental entre los
sagrados Exioëhary formados en las presencias de los sexos distintos y opuestos de seres
Keschapmartianos, esto es, en «hombres» y «mujeres», consiste en que en el Exioëhary
formado en las presencias de los individuos pertenecientes al sexo masculino participa la
sagrada fuerza «afirmativa» o «positiva» del sagrado Triamazikamno, en tanto que en la
formación del Exioëhary en la presencia de los seres pertenecientes al sexo femenino,
desempeña un papel de suma importancia la sagrada fuerza «negativa» de la misma
sacrosanta ley.
Y debido también a la misericordiosa previsión y loables designios de nuestro PADRE de
Todo Cuanto Existe en el gran Universo, y conforme a las materializaciones de la gran madre
Natura, en ciertas condiciones ambientales y con la participación de la tercera fuerza sagrada,
de localización independiente, del sagrado Triamazikamno, es decir: la santa fuerza
«Conciliadora», la fusión de estos dos Exioëharis, producidos en los dos seres independientes,
da lugar, debido al proceso conocido con el nombre de «proceso del sagrado Elmooarno» que
se desarrolla entre los individuos de sexo opuesto, al principio del nacimiento de un nuevo
ser.
La posibilidad, en el caso que nos ocupa, de una fusión anómala entre dos clases diferentes de
Exioëhary surgió tan sólo como consecuencia de cierta ley cósmica conocida con la expresión
de la «afinidad del número total de vibraciones» que tuvo su origen, a su vez, en la segunda
perturbación transpalniana sufrida por ese infortunado planeta.
En cuanto a esta ley cósmica que acabo de mencionar, es absolutamente imprescindible que te
diga cuanto antes que se hizo presente y comenzó a actuar en el Universo, después que la ley
sagrada y fundamental del Triamazikamno fue modificada por NUESTRO CREADOR con el
fin de tornar inofensivo al Heropass, y después de que sus santas partes, previamente en
completa independencia, comenzaron a depender de ciertas fuerzas provenientes del exterior.
Entenderás perfectamente esta ley cósmica cuando, según ya te prometí, te haya explicado
con el más mínimo detalle todas las leyes fundamentales de acción general que rigen la
creación del mundo y su existencia.
Mientras tanto, has de saber, en lo relativo a este asunto, que en general, en todos los planetas
de vida normal que integran nuestro Gran Universo, el Exioëhary formado en la presencia de
un ser tricerebrado dotado de órganos perceptivos y transformadores para la localización de la
santa parte afirmativa del sagrado Triamazikamno, es decir, un ser Keschapmartiano de sexo
masculino, no puede nunca, debido a la ley que acabo de mencionarte, fusionarse o mezclarse
con el Exioëhary formado en la presencia de un ser bicerebrado Keschapmartiano del sexo
opuesto.
Al mismo tiempo, el Exioëhary formado en el individuo Keschapmartiano tricerebrado de
sexo femenino, puede, a veces —en aquellos casos en que se produce una combinación
especial de las fuerzas cósmicas de fusión, haciendo que entre en acción la referida ley—
fusionarse completamente,





completamente, en ciertas condiciones ambientales, con el Exioëhary formado en
los seres Keschapmartianos bicerebrados de sexo masculino, pero sólo como factor activo en
el proceso de la materialización del sagrado Triamazikamno fundamental.
En suma: durante aquellos terribles años vividos por el planeta Tierra se produjeron cosas
sumamente extrañas en el Universo, es decir, que fue posible la fusión de los Exioëharis de
dos seres Keschapmartianos de sexo opuesto pertenecientes a diferentes sistemas cerebrales; y
el resultado de ello fueron los antecesores de estos maltrechos seres terrestres, conocidos en la
actualidad con el nombre de monos, que no han dado tregua a tus favoritos, y que
invariablemente, de tiempo en tiempo, hacen presa de su interés, agitando su extraña Razón.
Pero cuando transcurrido dicho período, terrible para el destino terráqueo, volvió a
establecerse el proceso relativamente normal de la existencia ordinaria, los individuos de sexo
diferente volvieron una vez más a buscarse entre sí y a compartir sus existencias, de modo tal
que la perpetuación de la especie correspondiente a los simios se llevó a cabo en lo sucesivo
de forma similar a la de los demás seres Keschapmartianos.
Y esta perpetuación de la especie a cargo de los simios anormalmente concebidos, pudo tener
efecto dado que la concepción del primero de estos anómalos seres había tenido lugar en las
mismas condiciones externas antes mencionadas, que determinan generalmente las presencias
de estos futuros Keschapmartianos de sexo activo y pasivo.
El resultado más interesante de esta manifestación, ya de suyo, por demás anormal, de los
Seres tricerebrados que habitan tu planeta favorito, fue la generación de gran número de
especies de simios, de forma exterior marcadamente distinta, que existen todavía en la actualidad
y que guardan, todas ellas, una definida semejanza con cierta forma de cuadrúpedos
bicerebrados que habitan actualmente en el planeta Tierra.
Esto sucedió debido a que la fusión del Exioëhary de los seres tricerebrados
Keschapmartianos de sexo «femenino» que sirvieron como punto de partida para la
generación de los antecesores de los monos actuales, tuvo lugar con el Exioëhary activo de
dichos cuadrúpedos.
Y por cierto, querido nieto, que en la época de mi último viaje personal al planeta Tierra,
acerté, en el transcurso de mis numerosos viajes, a encontrar diversas especies independientes
de simios, y cuando, por una costumbre mía que ha llegado a convertirse en una segunda
naturaleza para mí, los observé detenidamente, pude comprobar, sin lugar a dudas, que la
totalidad del funcionamiento interno de lo que se conoce con el nombre de «postura
automática» de cada especie independiente de estos monos contemporáneos, era exactamente
igual al existente en la presencia de ciertos cuadrúpedos que allí se desarrollan, conforme a las
leyes universales normales, y que incluso los denominados «rasgos faciales» se parecían
definidamente a los de dichos cuadrúpedos.
Pero, en cambio, lo que se denomina «rasgos psíquicos» de todas las especies diversas de
simios son absolutamente idénticos, incluso en sus menores detalles, a los del psiquismo de
los seres tricerebrados de sexo femenino que habitan el planeta Tierra.
En este momento de su relato, Belcebú hizo una larga pausa, y mirando en los ojos a su
favorito Hassein, con una sonrisa que claramente quería expresar dos cosas distintas, continuó
diciendo:
—En el texto del heterograma que acabo de recibir me dicen también que a fin de determinar,
esta vez definitivamente, quién desciende de quién —si los tricerebrados terráqueos de los
monos o los monos de ellos—, tus favoritos han llegado incluso a decidir la realización de
experimentos científicos, y que en este momento muchos de ellos ya se han puesto en marcha
hacia el continente de África, donde habitan muchas especies de simios a fin de procurarse el
número necesario de individuos para llevar a cabo sus investigaciones «científicas».
A juzgar por este heterograma, tus queridos terráqueos han vuelto a caer en sus propias
«trampas».
Gracias a todo lo aprendido en mis viajes por la Tierra, puedo prever que este «experimento
científico» habrá de interesar, por supuesto, a todos tus favoritos, sirviendo, durante largo
tiempo, de inapreciable material a sus extrañas Razones para interminables discusiones y
polémicas.
Y todo esto no estará sino en el orden de cosas habitual en aquel rincón del universo.
En cuanto al «experimento científico» en sí mismo, puedo afirmar con toda certeza, de
antemano, que, por lo menos en su primera parte, tendrá un «éxito maravilloso».
Y tendrá un éxito maravilloso debido a que los propios monos, como auténticos hijos del
proceso «Terbeiniano», y a causa de su peculiar naturaleza, son ya de por sí en extremo
amantes de todo lo que sea «titilaciones» y por lo tanto, habrán de participar con el mayor
interés de su parte en dicho «experimento científico».
Y en cuanto a los individuos encargados de llevar a cabo este «experimento científico» y en
cuanto al beneficio a extraer del mismo por los demás seres tricerebrados del planeta, es
sumamente fácil representárselo, si se recuerda la sabia y prudente expresión de nuestro
honorable Mullah Nassr Eddin, que dice: «Feliz el padre cuyo hijo se halla ocupado, aunque
no sea más que con crímenes y robos, pues de este modo no tendrá tiempo para acostumbrarse
a la práctica de la titilación.»
Así es, querido nieto; al parecer, nada te he dicho acerca de quiénes, cómo y por qué, desde
que abandoné el sistema solar de Ors, me envían estos heterogramas, teniéndome al corriente
de los hechos más importantes acaecidos en los diversos planetas de aquel sistema y, por
supuesto, también de los sucesos acontecidos en el planeta Tierra.
Como recordarás, te dije antes que mi primer descenso personal a la superficie de tu planeta
favorito tuvo lugar por causa de un joven miembro de nuestra tribu, quien más tarde se negó a
permanecer más tiempo en la Tierra, regresando con nosotros al planeta Marte, donde tiempo
después se convirtió en un excelente jefe de todos los miembros de nuestra tribu residentes en
aquel planeta y que es, en la actualidad, el primer jefe de todos los miembros pertenecientes a
nuestra tribu que, por una u otra razón, viven todavía en los lejanos planetas del sistema de
Ors.
Pues bien; cuando abandoné aquel sistema le regalé mi famoso observatorio con todo lo que
contenía y, como prueba de gratitud por mi presente, me prometió informarme mes a mes, de
acuerdo con el cálculo cronológico del planeta Marte, sobre todos los sucesos de importancia
que tuvieran lugar en los planetas de aquel sistema.
De modo, pues, que me mantengo perfectamente al tanto de los hechos más importantes
acaecidos en aquellos planetas en que hay vida eseral.
Ahora bien; este amigo mío, sabedor de mi gran interés por los seres tricerebrados que residen
en el planeta Tierra, hace lo posible, como podrás ver, para procurarse informaciones
fidedignas, relativas a todas las manifestaciones terráqueas, de modo tal que pueda hallarme
constantemente informado del proceso total de la existencia ordinaria de estos seres
tricerebrados, aun cuando me encuentre a distancias inaccesibles, incluso para sus alados
pensamientos.
Este jefe de nuestra tribu recoge los diversos tipos de información relacionada con los
terráqueos tricerebrados, bien por medio de sus propias observaciones, obtenidas mediante el
gran Teskooano que yo le legué, o bien de los informes transmitidos por aquellos tres seres
tricerebrados de nuestra propia tribu que decidieron residir de forma permanente en el planeta
Tierra, miembros éstos que en la actualidad ejercen en el continente de Europa diferentes
actividades sustancialmente independientes, indispensables para la existencia de todos los que
allí habitan, en las condiciones actualmente prevalecientes.




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