CUARTO DESCENSO DE BELCEBÚ A LA TIERRA 1


Capítulo 23
Cuarto descenso personal de Belcebú sobre el Planeta Tierra
Belcebú prosiguió así su relato:
—Mi cuarto descenso al planeta Tierra se debió a una petición de mi entrañable amigo el
Gornahoor Harharhk.
Debo decirte, ante todo, que desde el primer momento en que trabé relación con este
Gornahoor Harharhk, y más aún, cuando nos hicimos verdaderamente amigos, siempre,
durante nuestros «intercambios subjetivos de opiniones», compartíamos las mismas
impresiones con respecto al extraño psiquismo de los seres tricentrados que habitan el planeta
Tierra.
Y resultó finalmente de estos intercambios de opiniones con respecto a tus favoritos, que tanto
llegó a ser el interés despertado por mis narraciones en la presencia de mi entrañable amigo el
Gornahoor Harharhk, que llegó, incluso, a pedirme seriamente que lo tuviese siempre
informado, aunque tan sólo fuese aproximadamente, de cuantas observaciones hiciera de
aquellos, por lo cual, en lo sucesivo, le envié con regularidad exactamente al igual que a tu tío
Tooilan, varias copias de mis rápidos apuntes relacionados con las extrañas características del
psiquismo terráqueo.


Verás ahora cómo llegó a ser el Gornahoor Harharhk, la causa de éste mi cuarto descenso al
planeta Tierra.
Ya te he dicho que después de mi tercer descenso personal a tu planeta favorito, ascendí en
varias ocasiones, para descansar, al planeta Saturno, buscando la incomparable compañía de
aquel ilustre amigo.
Pues bien; en el transcurso de estas visitas, llegué a convencerme profundamente de la gran
sabiduría del Gornahoor Harharhk, por lo cual se me ocurrió la idea de invitarlo a descender
en nuestra nave Ocasión al planeta Marte, a fin de que, una vez allí, me ayudara personalmente
con sus conocimientos en la preparación de mi observatorio que acababa entonces
de ser instalado.
Y debo hacerte notar aquí el hecho de que si este observatorio de mi propiedad se hizo más
tarde famoso, como uno de los mejores de su tipo en todo el universo, ello se debió
principalmente, a la sabiduría de mi gran amigo.
Pues bien; cuando le hablé al Gornahoor Harharhk acerca de esto, él, sin detenerse a meditarlo
demasiado, estuvo de acuerdo conmigo y los dos juntos comenzamos inmediatamente a
deliberar acerca de la forma más conveniente de llevar a cabo nuestro propósito.
El principal problema consistía en que nuestra ruta, desde el planeta Saturno al planeta Marte,
debía llevarnos a través de ciertas esferas cósmicas inadecuadas para la presencia del
Gornahoor Harharhk, ser éste, según recordarás, que sólo poseía entonces la posibilidad de
una existencia planetaria ordinaria.
El resultado de nuestras reflexiones fue, pues, que al día siguiente, el asistente principal del
Gornahoor Harharhk comenzó, bajo su dirección, a equipar un compartimento especial de
nuestra nave Ocasión con todos los accesorios necesarios para adaptar cierto aparato,
destinado a elaborar aquellas sustancias que integran la atmósfera del planeta Saturno, a la
cual se hallaba acostumbrada la naturaleza del Gornahoor Harharhk.
Una vez terminados los preparativos, iniciamos, un Hrkh-hr-hoo después, nuestro viaje en
dirección al planeta Marte y descendimos en mi propia casa.
Una vez allí, en el planeta Marte, planeta dotado de una atmósfera casi igual a la del planeta
Saturno, mi entrañable amigo, el Gornahoor Harharhk, no tardó en aclimatarse, desarrollando
una existencia casi totalmente libre.
Fue precisamente durante su estancia en Marte cuando ideó aquel Teskooano o, como tus
favoritos lo llaman, «telescopio», gracias al cual, como acabo de decirte, mi observatorio se
convirtió más tarde en uno de los más célebres y prestigiosos del universo.
El Teskooano inventado por mi amigo constituye, en verdad, una maravilla de la Razón
Eseral, puesto que aumenta la visibilidad de las concentraciones cósmicas remotas siete
millones doscientas ochenta y cinco veces, durante ciertos procesos en las sustancias cósmicas
originadas en las atmósferas que circundan a casi todas las concentraciones cósmicas, así
como durante ciertos procesos en el Eterokrilno Cósmico de las esferas interespaciales.
Gracias a este Teskooano, pude observar a veces plenamente, sin moverme de mi casa en
Marte, casi todo lo que sucedía en aquellas partes de los demás planetas de este sistema solar,
que en el proceso de lo que se conoce con el nombre de movimiento general del sistema, se
hallaban, en esa ocasión, dentro del radio visible de mi observatorio.
Así pues, querido nieto, mientras el Gornahoor Harharhk residía conmigo en calidad de
huésped, al tiempo que conjuntamente observábamos la existencia de tus favoritos, cierto
hecho sumamente grave que acertamos a comprobar fue causa de un intercambio de opiniones
entre ambos, relativo a los seres tricentrados de aquel planeta peculiar.
Y el resultado de este «intercambio de ideas» fue que me decidí a descender a la superficie de
aquel planeta, a fin de recoger y llevar al planeta Saturno cierto número de los seres
denominados «monos» con el propósito de realizar ciertos experimentos dilucidatorios con
los mismos, en relación con el hecho que habíamos observado y que tanto nos había
sorprendido.
En aquel momento del relato, le trajeron a Belcebú un «Leitoochambros», esto es, un platillo
de metal especial en el cual se registra el texto de los heterogramas provenientes de uno u otro
lugar, limitándose el destinatario a sostenerlo cerca de su órgano auditivo para enterarse del
contenido del mensaje.
Una vez que Belcebú hubo oído, en esta forma, el contenido del Leitoochambros que le
habían alcanzado, se volvió hacia su nieto diciendo:
—Mira tú las coincidencias que ocurren en nuestro Gran Universo. El contenido de este
heterograma se refiere precisamente a tus favoritos, en relación con estos seres terrestres que
acabo de mencionar hace apenas unos instantes; me refiero a los monos.
Me lo envían del planeta Marte y, entre otras cosas, me comunican que los seres tricentrados
del planeta Tierra han vuelto otra vez a revivir lo que se conoce con el nombre de «la cuestión
del mono».
Debo decirte, ante todo, que debido a cierta causa proveniente también de las anómalas
condiciones de vida allí predominantes, se cristalizó largo tiempo atrás —y su funcionamiento
se intensifica periódicamente—, en las presencias de aquellos extraños seres tricerebrados que
habitan el planeta Tierra, un extraño factor que produce de tiempo en tiempo, en sus
presencias, un «creciente impulso» merced al cual, en los períodos de actividad, desean
averiguar a toda costa, si descienden de estos monos o si en cambio estos monos descienden
de ellos. A juzgar por el heterograma, la cuestión ha agitado principalmente, esta vez, a los
bípedos que habitan en el continente conocido por el nombre de América.
Si bien este problema los agita permanentemente, y con intervalos más o menos largos, con
cada nueva aparición de la cuestión la opinión pública se inflama hasta convertirlo en el
problema «candente del día».
Por mi parte, recuerdo perfectamente que esta «agitación del espíritu» con respecto al origen
de estos simios, tuvo lugar por primera vez entre los terráqueos cuando su «centro cultural»,
como suelen expresarlo, era Tikliamish.
El comienzo de esta agitación de la opinión pública fue el malentendido de cierto «erudito» de
formación improvisada, conocido con el nombre de Menitkel.

EL DESPERTAR DEL PENSAR 6

RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
TRADUCCIÓN
CAPÍTULO I PARTE 6



EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO



Pero en caso de que, a pesar de esta advertencia, desearas conocer el contenido posterior de
mi exposición, entonces todo cuanto me resta por hacer no es sino desearte con toda mi
«auténtica alma» un gran, pero muy grande apetito, y que «digieras» todo cuanto leas, no sólo
para el bien de tu salud, sino también para el bien de la salud de todos aquellos que te rodean.
He dicho «con mi auténtica alma» debido a que, por haber vivido en época reciente en Europa
y haber establecido frecuentes contactos con determinadas personas que, en todas las
ocasiones apropiadas e inapropiadas muestran una fuerte tendencia a tomar en vano todos los
nombres sagrados que sólo deben pertenecer a la vida más íntima de un hombre, es decir, con
personas que juran en el vacío, y siendo yo, como ya he confesado antes, un fervoroso
adherente, no sólo de los dichos teóricos en general, sino también de los aforismos prácticos
de la sabiduría popular afirmados a través de largos siglos, y por consiguiente, del dicho que
en el caso actual corresponde a aquello que podría expresarse con las palabras: «Allí donde
fueres, haz lo que vieres», decidí, a fin de no desentonar con la costumbre establecida aquí en
Europa de jurar en el transcurso de cualquier conversación ordinaria y de actuar, al mismo
tiempo, de acuerdo con el mandamiento enunciado por los sagrados labios de San Moisés:
«no tomarás el nombre de Dios en vano», decidí valerme de uno de aquellos ejemplos contenidos
en los idiomas de moda «recién salidos del horno», esto es, el inglés, y así, a partir de
entonces, comencé en ciertas ocasiones necesarias a jurar por mi «alma inglesa».
El hecho es que en este tan elegante idioma, las palabras «alma» (soul) y la base del pie,
también llamada «planta» (sole), se pronuncian casi exactamente de la misma manera.
Yo no sé lo que tú, que ya eres en parte candidato a comprador de mis escritos, pensarás, pero
mi peculiar naturaleza es incapaz incluso con el mayor deseo mental, de refrenar una gran
indignación ante el hecho, puesto de manifiesto por individuos pertenecientes a la civilización
contemporánea, de que lo más elevado del hombre, particularmente amado por nuestro
PADRE CREADOR COMÚN, pueda realmente llamarse, y pueda llegar a comprenderse —
con suma frecuencia, en verdad, e incluso antes de haberse hecho completamente claro su
significado— como la parte que es la más baja y sucia del hombre.
Pero basta ya de «filologías». Volvamos ahora a la principal tarea de este capítulo inicial,
destinado, entre otras cosas, a remover, por un lado, los adormilados pensamientos míos y del
lector, y, por el otro, a advertir al lector sobre ciertas cosas.
De este modo, ya me he trazado mentalmente el plan general de las exposiciones pertinentes,
pero qué forma habrán de tomar sobre el papel, si he de hablar francamente, yo mismo no lo
sé en mi consciente, sino en mi subconsciente; de hecho, siento ya con bastante precisión que,
en su totalidad, habrá de tomar la forma de algo que será, por así decirlo, «picante» y que
tendrá un efecto semejante en la integridad de todos los lectores al del pimiento rojo en el
cuento del desdichado kurdo transcaucásico.
Ahora que el lector ya conoce la historia de nuestro simple campesino, considero llegado el
momento de realizar una confesión y, por consiguiente, antes de proseguir con el primer
capítulo, que no es sino una a manera de introducción a mis trabajos posteriores, deseo llevar
al conocimiento de lo que llamamos la «consciencia despierta pura» del lector el hecho de que
en los escritos que siguen a ese capítulo de advertencia habré de exponer mis pensamientos
deliberadamente, en tal sucesión y según tal confrontación lógica, que la esencia de ciertas
nociones reales pueda pasar por sí misma, automáticamente, por así decirlo, de esta
«consciencia despierta» —que la mayoría de la gente confunde, en su ignorancia, con la
consciencia real, pero que yo afirmo y pruebo experimentalmente que sólo se trata de una
consciencia ficticia— a lo que se llama el subconsciente, que tendría que ser, a mi juicio, la
verdadera consciencia humana, produciendo en ese punto, mecánicamente, la transformación
que debe tener lugar generalmente en la integridad del hombre y darle, a partir de su propia
mentación consciente, los resultados que merece, propios del hombre y no de los meros
animales mono o bicerebrados.
Así, me formé la resolución de hacerlo indefectiblemente, de modo tal que este capítulo
inicial, destinado como ya dije a despertar, lector, tu consciencia, justificara plenamente su
propósito y, alcanzando no sólo tu, en mi opinión, ficticia «consciencia», sino también tu
consciencia real, es decir, lo que tú llamas subconsciente, pudieras, por primera vez, llegar a
reflexionar de forma activa.
En la totalidad de todo hombre, independientemente de cual sea su herencia y su educación,
se forman dos consciencias independientes, que tanto en su funcionamiento como en sus
manifestaciones casi nada tienen en común. Una de ellas se forma a partir de la percepción de
toda clase de impresiones mecánicas, accidentales o deliberadas procedentes de los demás,
entre las cuales están las «consonancias» de diversas palabras que se hallan, como hemos
dicho, vacías; y la otra consciencia se forma a partir de los, por así llamarlos, «resultados
materiales ya formados previamente» que le son transmitidos por la herencia, que se han
mezclado con las partes correspondientes de la totalidad del hombre y también a partir de los
datos que surgen de su evocación intencional de las confrontaciones asociativas de esos
«datos materializados», que ya están en él.
La totalidad de la formación, junto a la manifestación de esta segunda consciencia humana, la
cual no es otra cosa que lo que llamamos «subconsciente» y que se forma a partir de los
resultados materializados de la herencia y de las confrontaciones originadas por las propias
intenciones, debería, a mi juicio —formado después de muchos años de dilucidaciones
experimentales llevadas a cabo en condiciones excepcionalmente favorables—, predominar
en la presencia común del individuo.
Como consecuencia de esta convicción, que sin duda debe parecerte todavía el fruto de la
fantasía de una mente alterada, no puedo ahora, como tú mismo podrás ver, pasar por alto esta
segunda consciencia y, obligado por mi esencia, me siento forzado a elaborar la exposición
general de incluso este primer capítulo de mis escritos, esto es, el capítulo a manera de
prefacio de todo lo que habrá de seguir, teniendo en cuenta que debe llegar, e «inquietar»
adecuadamente, a las percepciones acumuladas en esas dos consciencias tuyas.
Con esta consideración presente en el pensamiento, continúo pues mi exposición; debo ante
todo informar a tu consciencia ficticia de que, gracias a los tres datos peculiares precisos que
cristalizaron en mi ser total a lo largo de diversos períodos de mi edad preparatoria, soy
realmente único en el, por así llamarlo, «trastrueque» de todas las ideas y de las convicciones
que se suponían firmemente fijadas en el ser total de la gente con quienes entro en contacto.
¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!...
Desde ahora presiento que en tu «falsa» —pero según tú crees «real»— consciencia,
comienzan a agitarse, como «mariposas», todos los datos de importancia que te han sido
transmitidos por herencia desde tu tío y tu madre. La totalidad de dichos datos, siempre y en
todas las cosas, engendra en ti el impulso, por lo menos —pero no obstante, extremadamente
bueno— de la curiosidad, en este caso, curiosidad por descubrir lo más rápido posible por qué
yo, es decir, un escritor novel cuyo nombre no ha sido jamás mencionado en los periódicos,
me he vuelto de golpe tan único e irremplazable.
¡No te preocupes! Personalmente me hallo sumamente complacido con el despertar de esa
curiosidad, aun cuando ello ocurra tan sólo en tu «falsa consciencia», puesto que ya sé por
experiencia que a veces este indigno impulso del hombre puede llegar a pasar de esa
consciencia a la propia naturaleza y CONVERTIRTE ...
CONTINÚA

EL DESPERTAR DEL PENSAR 5

RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
TRADUCCCIÓN

CAPÍTULO I PARTE 5
EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO





... si así lo desea, sin necesidad de un intercambio inútil de palabras con el librero,
devolverlo y recuperar nuevamente su dinero, ganado tal vez, con el sudor de su frente.
Y esto habré de hacerlo indefectiblemente además, porque precisamente ahora acabo de
recordar lo que le aconteció a un kurdo transcaucásico, cuya historia me fue narrada en mi
adolescencia y que, cuantas veces volví a recordarla en ocasiones similares en los años posteriores,
me produjo un perdurable impulso de ternura. Creo que será sumamente conveniente
para mí y también para ti, contarte esta historia con cierto detalle.
Será conveniente, especialmente debido a que ya me he decidido a hacer de la «sal», o como
diría un negociante contemporáneo judío de pura sangre, el «Tzimus», de este cuento, uno de
los principios básicos de esta nueva forma literaria que estoy tratando de emplear para
alcanzar el objetivo que me he propuesto con esta mi nueva profesión.
Este kurdo transcaucásico salió cierta vez de su pueblo, por uno u otro negocio, rumbo a la
capital; una vez llegado a la misma, vio en el puesto de un frutero en el mercado, un colorido
despliegue de toda clase de frutas.
En este conjunto, advirtió una sumamente hermosa, tanto por su color como por su forma, y
tanto le cautivó su aspecto y tan grande fue su deseo de probarla, que, pese a no llevar casi
dinero encima, decidió comprar por lo menos uno de estos magníficos bienes de la Gran
Naturaleza para saborearlo.
Entonces, con gran ansiedad y con una osadía poco habitual en él, entró en el puesto y
señalando la fruta con su calloso dedo le preguntó el precio al comerciante. A lo cual
respondió éste que la libra de aquella «fruta» costaba dos centavos.
Convencido de que el precio no era en absoluto elevado para lo que en su opinión constituía
un hermoso fruto, el kurdo de nuestra historia resolvió comprar una libra entera.
Una vez finalizados sus negocios en la ciudad, emprendió el viaje de regreso hacia su casa ese
mismo día.
Mientras caminaba, a la hora del crepúsculo, por valles y montañas, percibiendo, quieras que
no, la visibilidad exterior de aquellos encantadores fragmentos del seno de la Gran Naturaleza
—nuestra Madre Común— e inhalando el aire puro y sin contaminar (a diferencia de la
asfixiante atmósfera de las ciudades industriales de hoy), nuestro kurdo sintió repentinamente,
como es natural, el deseo de regalarse con una rápida merienda; de modo que, sentándose a un
lado del camino, sacó de su bolsa un pedazo de pan y la «fruta» que lo había cautivado con su
tentador aspecto en el puesto del mercado, y comenzó a comer alegremente.
Pero... ¡Horror de los horrores!... No bien había dado el primer bocado cuando todo su interior
comenzó a arder. Pero a pesar del fuego que lo abrasaba, siguió comiendo.
Así pues, esta infortunada criatura bípeda de nuestro planeta siguió comiendo, gracias tan sólo
a aquella peculiar característica humana que mencioné más arriba; me refiero al principio que
intentaba convertir, cuando me decidí a usarlo como base de la nueva forma literaria por mí
creada, en, por así decirlo, la guía de todos mis actos, conducente a uno de los objetivos
perseguidos; principio cuyo sentido y significación no tardará el lector, estoy seguro, en
captar —claro está que de acuerdo con su grado de comprensión— en el transcurso de la
lectura de cualquier capítulo posterior de mis escritos, si, por supuesto, se decide a correr el
riesgo de seguir avanzando en la lectura del libro; o quizás, también podría suceder que
incluso antes de finalizar este primer capítulo ya «olfateara» algo.
Así pues, precisamente en el momento en que nuestro kurdo se hallaba abrumado por las
insólitas sensaciones que su extraña merienda procedente del seno de la Naturaleza le había
provocado, se aproximó por el mismo camino un vecino de su pueblo, vecino éste altamente
reputado por cuantos lo conocían como hombre de ingenio y de vasta experiencia; y así que
advirtió cómo la cara del kurdo parecía abrasada por las llamas, y sus ojos inundados de
lágrimas y que, pese a todo esto, proseguía comiendo como si se hubiese tratado del cumplimiento
de un deber impostergable, le dijo:
—¿Pero qué estás haciendo, borrico de Jericó? ¡Te vas a quemar vivo! Deja ya de comer esos
'pimientos picantes' a cuyo extraordinario sabor no está acostumbrada tu naturaleza.
A lo cual replicó el kurdo:
—¡Jamás!; por nada del mundo los dejaría yo de comer. ¿No me gasté acaso mis últimos dos
centavos en comprarlos? Aunque mi alma se separe aquí mismo de mi cuerpo seguiré
comiendo hasta terminarlos.
Por lo cual nuestro decidido kurdo —claro está que no podemos dudar ya de su resuelto
carácter— lejos de tirar los pimientos, siguió comiéndolos ávidamente.
Después de esto, espero que se haya producido, lector, en tu mentación, una correspondiente
asociación mental que habrá de afectar en ti, como consecuencia, tal como suele suceder a
veces a nuestros contemporáneos, aquello que generalmente llamas entendimiento, y en este
caso habrás de comprender por qué yo, perfectamente familiarizado con esta peculiaridad
humana —y apiadado de la misma— cuya manifestación inevitable consiste en que si alguien
paga dinero por alguna cosa es probable que se sienta obligado a usarla hasta el final, me
hallaba impregnado en la totalidad de mi ser con la idea, surgida en mi mentación, de tomar
todas las medidas posibles a fin de que tú («mi hermano en el espíritu y en el apetito», según
reza el dicho) —en el caso de que sólo estés acostumbrado a la lectura de toda clase de libros,
pero, escritos exclusivamente en la antes mencionada «lengua de la aristocracia intelectual»—
habiendo pagado ya cierta suma de dinero por mis escritos y habiéndote enterado
inmediatamente después de haberlos comprado de que no habían sido escritos en el cómodo y
fácilmente legible idioma habitual, no te sintieras obligado como consecuencia de aquella
mencionada peculiaridad humana, a leer mis escritos de cabo a rabo, cueste lo que cueste, del
mismo modo que nuestro infortunado kurdo transcaucásico se creyó obligado a comer hasta el
fin aquello que tanto lo había cautivado por su aspecto, es decir, los nobles y rojos pimientos
picantes.
De este modo, a fin de evitar todo malentendido derivado de esta peculiaridad, para la que se
han formado los datos necesarios en el ser total del hombre contemporáneo, gracias
evidentemente a su habitual concurrencia al cinematógrafo y gracias, también, a que jamás
pierde la oportunidad de mirar el ojo izquierdo del sexo opuesto, es mi deseo que este capítulo
inicial haya de imprimirse de la forma antes mencionada, de modo que cualquiera pueda
leerlo del principio al fin sin tener que cortar las páginas del libro.
De otro modo, el librero habría de, como suele decirse, «cavilar» y actuar, indefectiblemente,
de acuerdo con el principio básico de todos los libreros en general, que, para formularlo según
su propia expresión, reza en la forma siguiente: «Más que papanatas serás si, como el
pescador, dejas escapar el pescado que ya se ha tragado el anzuelo», rechazando la devolución
de un libro cuyas páginas habían sido abiertas. No me cabe ninguna duda acerca de esta
posibilidad; a decir verdad, tengo la absoluta certeza de esa falta de consciencia por parte de
los libreros.
Y los datos necesarios para la génesis de mi certeza con respecto a la falta de consciencia por
parte de los libreros se formaron acabadamente en mi personalidad cuando, durante el
ejercicio de mi profesión de «Fakir hindú», tuve necesidad, para la completa dilucidación de
cierto problema «ultrafilosófico», de familiarizarme también, entre otras cosas, con el proceso
asociativo para la manifestación del psiquismo automáticamente configurado de los libreros
contemporáneos y de sus dependientes, cuando venden los libros a sus clientes.
Sabedor de todo esto, y habiéndome convertido, desde que la desgracia cayó sobre mí, en
justo y fastidioso en extremo, por regla general, no puedo dejar de repetir, o mejor dicho, no
puedo dejar de advertirte nuevamente, de aconsejarte y de suplicarte fervorosamente, antes de
que empieces a cortar las páginas de éste mi primer libro, que leas atentamente, del principio
al fin, e incluso más de una vez, el primer capítulo de mis escritos.
CONTINÚA

EL DESPERTAR DEL PENSAR 4


TRADUCCIÓN
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF




CAPÍTULO I PARTE 4
EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO 

Este tipo de gente que se ha convertido, por así decirlo, en «polillas» destructoras de los
bienes que nos fueron legados por nuestros antepasados, carecen de la menor idea o noticia
del hecho estridentemente obvio de que, durante la edad preparatoria, tiene lugar la adquisición
en la función cerebral de todos los seres, incluido el hombre, de una propiedad
particular y definida, cuya materialización automática era llamada por los antiguos korkolanos
«ley de asociación», y de que el proceso de mentación de todos los seres, y en especial el
hombre, se desarrolla en estricto acuerdo con esta ley.
En vista del hecho de haber acertado a tocar accidentalmente un problema que se ha
convertido recientemente en uno de mis, digamos, «hobbies», es decir el proceso de la
mentación humana, me parece posible afirmar —ya en este primer capítulo— y sin esperar a
llegar al sitio asignado de antemano en este libro para la dilucidación de dicho problema, algo
al menos relacionado con aquel axioma que accidentalmente llegó a mi conocimiento, de que
en la Tierra, en la antigüedad, era habitual en todos los siglos que todos los hombres que
habían tenido la osadía de adjudicarse el derecho a ser considerados por los demás, así como
por sí mismos, «pensadores conscientes», fueran informados, ya en los primeros años de su
existencia responsable, de que el hombre posee, en general, dos tipos de mentación: en primer
término, la mentación por el pensamiento, con la participación de las palabras, dotadas
siempre de un sentido relativo; y en segundo término, aquella propia de todos los animales,
así como del hombre, que denominaré aquí «mentación por la forma».
El segundo tipo de mentación, es decir, la «mentación por la forma», por medio de la cual, en
rigor, debe percibirse también y asimilarse el sentido exacto de toda idea escrita tras la
confrontación consciente con los datos previamente conocidos, tiene lugar en la gente,
guardando una relación de dependencia con las circunstancias del medio geográfico, clima,
época, etc., y en general, con el medio total en que se ha desarrollado la existencia del
individuo hasta su estado adulto.
En consecuencia, se configuran en el cerebro de los individuos pertenecientes a diferentes
razas y que habitan medios geográficos diversos, un vasto número de formas completamente
independientes, acerca de una misma cosa o incluso una misma idea; formas que, durante su
funcionamiento, es decir, durante la asociación, recuerdan por su naturaleza a una u otra
sensación que condiciona subjetivamente una representación definida, y esa representación es
luego expresada por esta o aquella palabra, útil tan sólo para su expresión subjetiva exterior.
Esta es la razón por la cual cada palabra para una misma cosa o idea, adquiere casi siempre
para los individuos pertenecientes a medios geográficos diferentes y razas diversas, un
«contenido íntimo», por así decirlo, perfectamente definido y completamente distinto.
En otras palabras, si en el ser total de un hombre dado que se hubiera desarrollado y formado
en una determinada localidad, se hubiese configurado una «forma» como resultado de las
influencias e impresiones locales específicas y esta forma evocara en él, por asociación, la
sensación de un «contenido íntimo» definido y, por consiguiente la de una representación o
noción definida para cuya expresión hubiera de emplear una u otra palabra que con el
transcurso del tiempo terminara por volverse habitual y, como he dicho, subjetiva, para este
individuo dado, cuando un oyente, en cuyo ser se hubiera formado, debido a las diferentes
circunstancias que rodearon su educación y crecimiento, una forma de diferente «contenido
íntimo» para aquella palabra determinada, escuchase dicha palabra, habría de percibirla
siempre y comprenderla también invariablemente, en un sentido completamente distinto.
Este hecho, dicho sea de paso, puede establecerse con toda precisión mediante la observación
atenta e imparcial, cuando uno presencia un intercambio de opiniones entre dos personas
pertenecientes a razas diferentes o educadas y criadas en localizaciones geográficas distintas.
De modo, pues, que, alegre y engreído candidato a receptor de mis sabihondeces, habiéndote
ya advertido que voy a escribir, no como los «escritores profesionales», sino de forma
totalmente distinta, te aconsejo ahora, antes de embarcarte en la lectura de mis exposiciones,
que reflexiones seriamente, emprendiéndola tan sólo, tras una profunda meditación. En caso
contrario, mucho me temo que tu órgano del oído, así como otros órganos perceptivos y
digestivos, tan y tan acabadamente automatizados con la «lengua literaria de la aristocracia intelectual
» que habita actualmente sobre la Tierra, enfermen con la lectura de estos escritos en
forma muy, pero muy cacofónica, con lo cual podría suceder que perdieras tu... ¿sabes qué?...
tu deseo de engullir tu plato favorito y también esa particularidad psíquica que titila en tu
«interior» y que se manifiesta en ti cuando ves a tu vecina, la morenita.
De esta posibilidad que emana de mi lenguaje, o mejor dicho, hablando con rigor, de la forma
de mi mentación, estoy ya, con todo mi ser, y gracias a la frecuente repetición de mis
experiencias pasadas, completamente convencido, exactamente del mismo modo en que un
perfecto asno se halla convencido de la razón y justicia de su obstinación.
Una vez advertido el lector de lo más importante, no tendré que cuidarme especialmente de
los demás aspectos de la cuestión. Aun cuando se produjera cualquier malentendido por causa
de mis escritos, tú, lector, serías el único culpable y mi consciencia estaría tan limpia como
por ejemplo... la del ex Kaiser Guillermo.
Es casi seguro que llegado a este punto, el lector estará pensando que soy, por supuesto, un
individuo joven con un exterior auspicioso y, como dicen algunos, un «interior sospechoso» y
que, como buen autor novel, estoy tratando con toda intención, evidentemente, de mostrarme
excéntrico con la esperanza de hacerme famoso y, de este modo, rico.
Pero si verdaderamente piensa eso, está muy, pero muy equivocado.
En primer lugar, no soy joven; tanto he vivido que a lo largo de mi vida ya he pasado, como
dicen, «no sólo por el molino, sino por todas las muelas»; y en segundo lugar, no escribo en
general para procurarme una carrera o para afirmarme personalmente sobre una base sólida
mediante esta profesión, la cual, debo agregar, proporciona a mi juicio, muchas puertas para
quienes quieran convertirse en candidatos directos a ingresar en el «Infierno». (Suponiendo,
claro está, que esa gente pueda, en general, por medio de su Ser, perfeccionarse incluso hasta
aquel punto, debido a que, no sabiendo cosa alguna por sí mismos, escriben toda clase de
artificios para alcanzar populachería y de este modo, adquiriendo automáticamente autoridad,
se convierten casi en uno de los principales factores que, en su totalidad, vienen
disminuyendo sostenidamente, año a año, la, sin esto, ya en extremo menguada psiquis de la
gente).
En lo que a mi carrera personal se refiere, gracias a todas las fuerzas de arriba y abajo, y, si tú
quieres, incluso de derecha e izquierda, la he materializado ya hace tiempo, y también desde
largo tiempo atrás vengo «pisando firme» y, lo que es más aún, tengo la certeza total de que
esta firmeza habrá de durar todavía muchos años, pese a todos mis enemigos pasados,
presentes y futuros.
Sí, creo que también debería contarte acerca de una idea que acaba de surgir en mi cerebro y
es la de pedir especialmente al impresor, a quien he de entregar mi primer libro, que imprima
el primer capítulo de mis escritos de tal forma que pueda ser leído sin necesidad de cortar
antes las páginas del libro, de modo tal que, una vez enterado el lector de que el libro no ha
sido escrito de la manera habitual, es decir, con el propósito de producir en la mentación de
uno, en forma sumamente suave y fácil, imágenes atrayentes y ensueños adormecedores,
pueda, si así lo desea,
CONTINÚA

EL DESPERTAR DEL PENSAR PARTE III

TRADUCCIÓN
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
PARTE III

EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO




Y la principal razón de esta infelicidad que se ha apoderado de mí en edad ya madura,proviene del hecho de que ya en la infancia recibí en mi peculiar psiquismo, junto con otras1 Cheshma significa velo.muchas inutilidades perfectamente superfluas para la vida contemporánea, un patrimonio talque siempre, y en todas las cosas, me impulsa automática y unánimemente a actuar deacuerdo tan sólo con la sabiduría popular.En el caso actual, como siempre me sucede en otras ocasiones similares de la vida tanindefinidas como ésta, me viene a la mente ese aforismo de la sabiduría popular que yaregulaba las vidas de los pueblos más antiguos y que ha pasado de boca en boca hastanuestros días, en la siguiente expresión:«Todas las varas tienen siempre dos puntas.»Al tratar por primera vez de comprender el pensamiento esencial y realmente significativooculto detrás de esta extraña fórmula verbal, debe surgir ante todo, a mi entender, en laconsciencia de todo hombre más o menos sano mentalmente, la impresión de que, en latotalidad de las ideas sobre las que se basa y de las que debe fluir la sensata noción de estedicho, reside la verdad —conocida por todo el mundo desde hace siglos—, de que toda causaque obre en la vida del hombre, procedente de cualquier fenómeno, como uno de los dosefectos opuestos de otras causas, se halla necesariamente estructurada, a su vez, en dos efectoscompletamente opuestos; es decir, por ejemplo, que si «algo» procedente de dos causasdiferentes genera la luz, también deberá generar, inevitablemente, un fenómeno opuesto, estoes, la oscuridad; de este modo, si un factor genera en el organismo de un ser vivo un impulsode satisfacción palpable, también generará, necesariamente, una correspondienteinsatisfacción, también palpable por supuesto, y así sucesivamente, siempre y en todas lascosas.Teniendo pues, presente, en mi propio caso, este aserto popular formado a través de variossiglos y objetivado por la idea de una vara, la cual tiene en verdad, según se dijo, dosextremos, siendo el uno bueno y el otro malo, si me decido a valerme del automatismo antesmencionado adquirido por mí sólo gracias a una larga práctica, claro está que será para mí ungran bien; pero de acuerdo con aquel aforismo, en el lector tendrá precisamente el efectoopuesto; y qué es lo contrario del bien, cualquiera que no sufra de hemorroides podrá comprenderlofácilmente.En suma: si valiéndome del privilegio, tomo la vara por el extremo bueno, entonces elextremo malo habrá de caer inevitablemente «sobre la cabeza del lector.»Y es bien factible que eso suceda, debido a que las —por así llamarlas— «filigranas» de losproblemas de la filosofía no pueden expresarse en ruso, y es mi intención detenermefrecuentemente a considerar esos problemas en el curso de esta obra; en cuanto al armenio, sibien este idioma se prestaría bastante bien a este propósito, para desgracia de todos losarmenios contemporáneos, el empleo de este idioma para los asuntos contemporáneos se havuelto ya completamente impracticable.A fin de aliviar el dolor procedente de la íntima herida que este hecho me produce, debodeclarar que en mi juventud, cuando comencé a interesarme en los problemas filológicos,dedicándoles a ellos todo mi tiempo, prefería el idioma armenio a cualquier otro, incluida milengua materna.Este idioma era entonces mi favorito debido, principalmente, a su originalidad y a que notenía nada en común con los idiomas vecinos y afines.Como dicen los «filólogos» eruditos, todas sus tonalidades eran otras tantas característicaspeculiares del mismo y, a mi entender, incluso entonces concordaba perfectamente con lapsiquis del pueblo que integraba aquella nación.Pero el cambio sufrido por este idioma durante los últimos treinta o cuarenta años, del cual yohe sido testigo, ha sido tan profundo, que en lugar de poseer ahora una lengua independiente y original heredada desde un pasado remoto, tenemos en la actualidad una jerga que, si bien esoriginal e independiente como su antecesora, constituye sin embargo una «especie debufonesco popurrí de idiomas», la totalidad de cuyas consonancias, al ser percibidas por eloído de un interlocutor más o menos consciente y comprensivo, suenan exactamente como los«tonos» del turco, persa, francés, kurdo y ruso, en una confusión de ruidos inarticulados eindigeribles.Casi otro tanto podría decirse de mi lengua materna, el griego, que hablaba en mi infancia yque todavía conserva para mí el «sabor del poder asociativo automático». Me atrevo a decirincluso, que actualmente podría expresar cualquier cosa en griego; pero emplearlo paraescribir es para mí imposible, por la simple razón, bastante cómica por lo demás, de que esnecesario que alguien traduzca luego mis escritos a otras lenguas. Pero si los escribiera engriego, ¿quién podría hacer esta tarea?Se puede asegurar sin temor a equivocarse que incluso el mejor experto en griego moderno nocomprendería absolutamente nada de lo que yo pudiera escribir en la lengua materna queaprendí en mi infancia, debido a que mis queridos «compatriotas», por así llamarlos,inflamados con el deseo de parecerse a toda costa a los representantes de la civilizacióncontemporánea también en su conversación, han tratado a mi amada lengua materna duranteestos treinta o cuarenta años exactamente de la misma forma en que los armenios, ansiosos deimitar a la aristocracia rusa, trataron a la suya.La lengua griega, cuyo espíritu y esencia me fueron transmitidos por la herencia, y el idiomaque actualmente habla el pueblo griego se parecen tanto como, según la expresión de MullahNassr Eddin, «un clavo a un réquiem».¿Qué haremos entonces? ¡Ay, ay!... no te aflijas, estimado consumidor de mis«sabihondeces». Si tan sólo dispusiera de abundante Armagnac francés y de «bastourmakhaizariana», no tardaría en encontrar una salida incluso para situación tan difícil.En esto soy zorro viejo.Tan a menudo me ha tocado vivir situaciones difíciles y luego tuve que desembarazarme deellas, que esto ya se ha convertido en una costumbre para mí.En cuanto a mi dificultad actual, escribiré por ahora parte en ruso y parte en armenio, puesentre la gente que siempre tengo a mi alrededor hay varias personas capaces de  cerebrar de verter sin dificultades mis escritos a otros idiomas  con bastante facilidad en ambos idiomas, por lo cual confío en que más adelante serán capaces,
Sea ello como fuere, he de repetir una vez más —a fin de que el lector lo recuerde, pero no
como suele recordar otras cosas y comprometer sobre esa base su palabra de honor ante losSea ello como fuere, he de repetir una vez más —a fin de que el lector lo recuerde, pero  suele recordar otras cosas y comprometer sobre esa base su palabra de honor ante los casos, evitaré lo que he llamado «lengua literaria de buen tono».Respecto a esto, el hecho más extraordinario y curioso y uno incluso de los más dignos de tu amor al conocimiento, lector, más digno quizás de lo que tú puedas concebir, es el de que enmi niñez, es decir, desde que nació en mí la necesidad de destruir los nidos de los pájaros y  a las hermanitas de mis amigos, surgió en mi (como le llamaban los antiguos la «mitad derecha», una sensación instintivamente involuntaria que gradualmente —hasta lateósofos) «cuerpo planetario» y, lo que es más aún (aunque no sé por qué), principalmente en época en que me convertí en maestro de danzas— fue tomando la forma de un sentimiento definido, y entonces, cuando gracias a la profesión que por aquel tiempo ejercía trabé relacióncon numerosas personas de «tipos» diversos, también comenzó a formarse en mi «espíritu» la demás y ante sí mismo— que cualquiera que sea el idioma que emplee, siempre y en todos losconvicción de que estos idiomas habían sido recopilados por gente, o más bien por
«gramáticos», que son con respecto al conocimiento de un idioma dado exactamente iguales a
esos animales bípedos a quienes nuestro muy estimado Mullah Nassr Eddin ha caracterizado
con las siguientes palabras: «Todo lo que saben hacer es disputar con los cerdos sobre la
calidad de las naranjas» 
«gramáticos», que son con respecto al conocimiento de un idioma dado exactamente iguales aesos animales bípedos a quienes nuestro muy estimado Mullah Nassr Eddin ha caracterizadocon las siguientes palabras: «Todo lo que saben hacer es disputar con los cerdos sobre lacalidad de las naranjas»

EL DESPERTAR DEL PENSAR II



RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
CAPÍTULO I Parte II

EL DESPERTAR DEL PENSAR
TRADUCCIÓN



En cuanto a aquélla, es decir, a mi falta de conocimientos acerca de las diferentes reglas y
procedimientos literarios, debo declarar que no me preocupa mucho.
Y si no me preocupa, ello se debe a que esta «ignorancia» ya ha ingresado a la vida de la
gente, entrando a formar parte de cierto orden de cosas. Así surgió esta bendición que ahora
florece por toda la superficie de la Tierra, gracias a esa nueva y extraordinaria enfermedad
que en los últimos veinte o treinta años, por una u otra razón, ha hecho presa especialmente en
la mayor parte de aquellas personas —pertenecientes a cualquiera de los tres sexos— que
acostumbran a dormir con los ojos entreabiertos y cuyos rostros constituyen suelo fértil para
el crecimiento de toda clase de granos.
Esta extraña enfermedad se manifiesta en que, si el paciente tiene algo de literato y se le
pagan tres meses de sueldo por adelantado, él (ella o ello) empieza a escribir invariablemente,
o bien un «artículo», o un libro entero.
Puesto que conozco perfectamente esta nueva enfermedad humana y su epidémica difusión
sobre la Tierra, tengo derecho, como vosotros comprenderéis, a suponer que estaréis
«inmunizados» —tal como dicen los «doctores»— y que, por lo tanto, no os indignaréis
demasiado por mi ignorancia de las reglas y procedimientos literarios.
Puesto que así lo entiendo, me siento íntimamente inclinado a convertir mi ignorancia de la
lengua literaria en el centro de gravedad de mi advertencia.
Como autojustificación, o quizás también para atemperar la censura de vuestra consciencia
vigilante con respecto a mi desconocimiento de este idioma indispensable para la vida
contemporánea, considero necesario declarar, con el corazón pleno de humildad y con las
mejillas rojas por el rubor de la vergüenza, que si bien a mí me enseñaron este idioma en mi
infancia, y si bien algunos de mis mayores que me prepararon para la vida responsable me
obligaron constantemente —sin ahorrar ni perdonar» ningún medio intimidatorio— a
«aprender de memoria» la hueste de diversos «matices» que componen en su totalidad esta
«delicia» contemporánea, no obstante, desgraciadamente — por supuesto— para vosotros, de
todo aquello que aprendí de memoria, nada perduró para salir a la luz en mis actuales
actividades de escritor.
Y nada perduró, según lo comprendí claramente hace poco tiempo, no por falta alguna de mi
parte o por culpa de mis viejos y respetados —o no respetados— maestros, sino porque todo
este trabajo humano fue realizado inútilmente debido a un suceso inesperado y
completamente excepcional que aconteció en el momento en que hice mi aparición en esta
Tierra de Dios; hecho que consistió en que —como cierto ocultista famoso en Europa me
explicó después de una minuciosa investigación «psico-astrológica», según se llaman estas
investigaciones— en ese preciso momento, a través del agujero abierto en el vidrio de la
ventana por nuestro chivo rengo enloquecido, cayó una lluvia de vibraciones sonoras
procedentes del fonógrafo Edison de un vecino, mientras la partera paladeaba en la boca una
tableta saturada de cocaína de origen germano que, además, no era «Ersatz», saboreando la
mencionada tableta alegremente, al compás de los sonidos que entraban por el vidrio roto.
Aparte de este hecho, de por sí raro para la gente normal, mi situación actual se deriva
también de que tiempo más tarde, durante las etapas preparatoria y adulta de mi vida —como
llegué a saber después de largas reflexiones, debo confesarlo, siguiendo el método del
profesor alemán Herr Stumpsinschmausen— siempre evité instintiva y automáticamente (a
veces, incluso, conscientemente), emplear, por principio, ese idioma para el trato con los
demás. Y semejante trivialidad, quizá no tan trivial, la manifesté gracias nuevamente a tres
datos que se configuraron en mi totalidad durante la edad preparatoria, datos éstos sobre los
cuales pienso informaros más adelante en este mismo capítulo de mis escritos.
Como quiera que ello haya sido, el hecho real, iluminado por los cuatro costados como un
anuncio publicitario norteamericano, y que no puede ya ser alterado por fuerza alguna, es que,
repito, si bien hasta hace poco me consideraban un maestro bastante bueno de danzas
sagradas, me he convertido ahora en escritor profesional y tengo el firme propósito de escribir
en abundancia —ha sido característica mía desde la infancia hacerlo todo siempre «largo y
tendido»—; sin embargo, pese a que carezco, como veis, de la práctica automáticamente
adquirida y automáticamente expresada necesaria para la tarea, me veré forzado a escribir
todo cuanto he meditado en el simple idioma ordinario de todos los días, impuesto por la vida,
sin ningún rebuscamiento literario y sin «sabihondeces gramaticales».
¡Pero la medida no ha sido colmada todavía!... Puesto que todavía no he decidido la cuestión
más importante de todas, a saber, en qué idioma he de escribir.
Aunque empecé a escribir en ruso, en ese idioma, sin embargo, según diría el más sabio de los
sabios, Mullah Nassr Eddin, en ese idioma, no se puede llegar muy lejos.
(Mullah Nassr Eddin o como también suele llamársele, Hodja Nassr Eddin, es poco conocido,
al parecer, en Europa y América, pero es muy famoso en todos los países del continente
asiático; este legendario personaje equivale al Tío Sam de los norteamericanos o al Till
Eulenspiegel de los alemanes. Muchos cuentos populares en Oriente, afines a los sabios
aforismos, algunos de origen antiguo y otros más recientes, fueron atribuidos y se atribuyen
todavía a este Nassr Eddin.)
El idioma ruso, no puede negarse, es excelente. Hasta creo que me gusta, pero... solamente
para contar anécdotas o para utilizarlo cuando uno alude a su parentela.
El ruso es como el inglés; este último es también excelente, pero sólo para discutir en las
«salas de fumar», sentados en un sillón con las piernas estiradas sobre otro, acerca de la carne
congelada australiana o, en ciertas ocasiones, de la cuestión hindú.
Estos dos idiomas son como el plato conocido en Moscú con el nombre de «sollanka», en el
cual hay de todo salvo tú y yo; a decir verdad, todo lo que uno pueda desear e incluso, el
«Cheshma»1, de Sheherezade.
También debo decir que a raíz de todo tipo de factores accidentales, o quizás no tan
accidentales, que influyeron sobre mi juventud, tuve que aprender —por lo demás con la
mayor seriedad y siempre, por supuesto, por autoimposición— a hablar, leer y escribir gran
número de idiomas, llegando a dominarlos hasta tal punto, que si al seguir esta profesión tan
inesperadamente impuesta sobre mí por el Destino, decidiese no sacar partido del
«automatismo» que se adquiere con la práctica, quizás pudiera escribir en cualquiera de ellos.
Pero si he de utilizar juiciosamente este automatismo automáticamente adquirido que tan fácil
se ha vuelto gracias a una larga práctica, entonces deberé escribir en ruso o en armenio porque
las peripecias de mi vida durante las dos o tres últimas décadas fueron tales que me vi
obligado a usar en el trato social con la demás gente los dos idiomas, volviéndome por
consiguiente, altamente diestro en su manejo automático.
¡Ah, diablos!... aun siendo así las cosas, uno de los aspectos de mi psiquismo peculiar,
insólito para el hombre medio, ha empezado ya a atormentar todo mi ser.

EL DESPERTAR DEL PENSAR I


TRADUCCIÓN
RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
PARTE I

LIBRO PRIMERO
Capítulo 1
El Despertar del Pensamiento
Entre otras convicciones formadas en mi presencia común a lo largo de mi vida responsable y
tan peculiarmente configurada, existe la convicción indudable de que en todo tiempo y en
todo lugar de la tierra, entre personas de toda clase de evolución del entendimiento y de toda
forma de manifestación de los factores que engendran en su individualidad todos los tipos de
ideales, existe la tendencia adquirida, al emprender algo nuevo, de pronunciar
invariablemente de viva voz, o si no, al menos mentalmente, esa definida expresión al alcance
de todos, incluso de los menos instruidos, que en las distintas épocas ha encontrado formas
acordes para su formulación y que actualmente expresamos con las siguientes palabras: «En el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.»
Esta es la razón por la cual yo también, ahora, al lanzarme a esta aventura totalmente nueva
para mí —me refiero a la creación literaria— voy a empezar por pronunciar esta expresión y,
lo que es más, por pronunciarla, no sólo en voz alta, sino incluso con toda claridad y con una
plena (según la definían los antiguos Tolositas) «entonación totalmente manifestada»; con esa
plenitud, por supuesto, que sólo puede florecer en mi totalidad, de los datos ya formados y
perfectamente arraigados en mí para dicha manifestación; datos que se forman generalmente
en la naturaleza del hombre —dicho sea de paso— durante su edad preparatoria y que más
tarde, durante su vida responsable, engendran en él la capacidad para la manifestación de la
naturaleza y la vivificación de dicha entonación.
Habiendo comenzado así, pues, puedo ahora sentirme perfectamente tranquilo e incluso
podría llegar a tener la seguridad de que, de acuerdo con las ideas de moralidad religiosa
aceptadas por mis contemporáneos, todo cuanto acontezca a partir de ahora en esta nueva
aventura mía, habrá de desarrollarse armoniosamente y sin violencia o, como dicen algunos,
«como una pianola».
En todo caso, éste es el comienzo; en cuanto al resto, por ahora sólo puedo decir, como decía
el ciego, «ya veremos».
Antes que nada, voy a poner mi propia mano, además la derecha, que —si bien se halla
momentáneamente lesionada debido al contratiempo que no hace mucho me sobrevino— no
deja por ello de ser realmente mi propia mano que nunca jamás en toda mi vida me ha
abandonado, sobre el corazón —claro está que también el mío—, (sobre cuya constancia o
inconstancia no considero necesario explayarme aquí) para confesar con franqueza que
personalmente, no tengo el menor deseo de escribir, pero circunstancias imperiosas,
totalmente ajenas a mí me han forzado a hacerlo y yo mismo no sé si esas circunstancias
surgieron por accidente o fueron creadas intencionalmente por fuerzas extrañas. Lo que sí sé
es que dichas circunstancias no me impulsan a escribir cualquier cosa, por ejemplo, una de
esas lecturas que sirven para dormirnos después de habernos acostado, sino pesados y
voluminosos tratados.
Pero sea como fuere, voy a comenzar...
¿Pero con qué comienzo?
¡Ah, demonios! ¿Será posible que otra vez se repita aquí la desagradabilísima y altamente
extraña sensación que acerté a experimentar hace unas tres semanas, cuando ordenaba mis
pensamientos a fin de elaborar el lineamiento general de las ideas destinadas a la publicación,
y tampoco supe cómo habría de comenzar?
La sensación entonces experimentada sólo podría expresarla ahora con estas palabras: «el
temor de ahogarme en la marea de mis propios pensamientos.»
A fin de poner término a esa indeseable sensación podría haber recurrido aún entonces a la
ayuda de esa maléfica propiedad que también existe en mí, al igual que en mis
contemporáneos, y que ha llegado a ser inherente a todos nosotros, la cual nos permite, sin
que experimentemos el más mínimo remordimiento de consciencia, postergar cualquier cosa
que debamos hacer, dejándola «para mañana».
En mi caso particular, esto podría haberme resultado sumamente fácil, puesto que antes de
iniciar la elaboración efectiva de estos escritos, podía suponer que contaba todavía con
muchísimo tiempo: pero esto no es así ya, y debo, por consiguiente, comenzar sin desmayos
y, como suele decirse, «aunque reviente».
¿Pero con qué comienzo...?
¡Hurra!... ¡Eureka!
Casi todos los libros que he acertado a leer en mi vida comenzaban con un prefacio.
De modo que en este caso, también yo debo empezar con algo por el estilo.
Digo «por el estilo», debido a que, en general, en el transcurso de mi vida, desde el momento
en que comencé a distinguir un varón de una niña, nunca hice nada, absolutamente nada,
como lo hacen los demás, bípedos destructores de los bienes de la Naturaleza. Por lo tanto,
debo ahora, al escribir —y quizás esté incluso, en principio, obligado a ello— comenzar en
forma distinta a aquella en que lo hubiera hecho cualquier otro autor.
En todo caso, dejando de lado el prefacio convencional, voy a comenzar simplemente con una
Advertencia.
Esta forma de iniciar la obra será sumamente juiciosa de mi parte, si no por otra razón,
simplemente porque no se hallará en contradicción con mis principios —ya sean éstos
orgánicos o psíquicos— ni tampoco con ninguna de mis normas «arbitrarias» de conducta; al
tiempo que también será honesta —claro está que honesta en el sentido objetivo— porque
tanto yo mismo como todos los demás que me conocen a fondo, habrán de esperar con
absoluta certeza que, debido a mis escritos, desaparezca por completo en la mayoría de los
lectores, en forma inmediata y no gradual —como tarde o temprano ha de ocurrir con el
tiempo a toda la gente— toda la «riqueza» que atesoran, ya sea que les fuera transmitida por
herencia o que la hubieran ganado con su trabajo, bajo la forma de conceptos tranquilizadores
que sugieran ensueños sencillos, así como hermosas representaciones de sus vidas en el
momento actual y en los tiempos por venir.
Los escritores profesionales suelen redactar estas introducciones dirigiéndose al lector por
medio de toda clase de frases grandilocuentes, «melosas» e «infladas».
Sólo en este punto habré de seguir su ejemplo, empezando yo también con algunas frases
dirigidas al lector, pero tratando de no hacerlas demasiado «azucaradas», como aquellos
suelen hacerlo por razón especialmente de su maligna sabihondez, mediante la cual
deslumbran la sensibilidad de los lectores más o menos normales.
Por lo tanto... mis queridos, honorabilísimos, voluntariosos y —claro está— pacientes
Señores y mis estimadísimas, encantadoras e imparciales Señoras —perdonadme, olvidaba lo
más importante— ¡mis de-ningún-modo histéricas Señoras!
Tengo el alto honor de informaros que si bien, debido a ciertas circunstancias surgidas en una
de las últimas etapas del proceso de mi vida, me dedico actualmente a escribir libros, no sólo
jamás he escrito libro alguno durante toda mi vida ni trabajos de esos que llaman «artículos»,
sino que tampoco he escrito siquiera una carta donde fuera inevitable observar lo que se
llaman «reglas gramaticales» y, en consecuencia, aunque estoy a punto de convertirme en
escritor profesional, como no he tenido en absoluto práctica alguna en lo concerniente a todas
las reglas y procedimientos profesionales establecidos, o en lo concerniente a lo que suele
llamarse la «lengua literaria de buen tono», me veo forzado a escribir en forma totalmente
distinta a la que los «escritores patentados» suelen usar, forma ésta con la cual el lector debe
hallarse tan familiarizado como con su propia cara.
A mi entender, tu principal inconveniente, lector, en este caso, quizás se deba principalmente
al hecho de que ya en la más temprana infancia, implantaron en tu ser, armonizándose más
tarde en forma ideal con tu psiquismo general, un excelente automatismo funcional para
percibir cualquier clase de impresiones nuevas; y gracias a esta «bendición» no necesitas
ahora, durante tu vida responsable, realizar el menor esfuerzo individual en ese sentido.
Si he de hablar con franqueza, diré que yo, en mi interior, discierno personalmente el centro
de mi confesión, no en mi falta de conocimientos, acerca de todas las reglas y procedimientos
seguidos por los escritores, sino en mi carencia de lo que he llamado «lengua literaria de buen
tono», invariablemente exigida en la vida contemporánea, no sólo a los escritores, sino
también a cualquier mortal ordinario.

EL ENEAGRAMA DE GURDJIEFF

RECOPILACIÓN DEL ENEAGRAMA DE GURDJIEFF



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del Eneagrama de Gurdjieff, con todo lo de Cuarto Camino.

HASNAMUSS Definición

HASNAMUSS


—En cuanto a la «particularidad» de los seres tricerebrados para cuya denominación adopté dicha definición verbal, ya te la explicaré a su debido tiempo, pero has de saber por ahora que esta palabra sirve para designar a todas las presencias comunes correspondientes a los seres tricerebrados ya «definitizados»; tanto aquellos que constan tan sólo de un cuerpo planetario, así como aquellos cuyos cuerpos eserales superiores ya han sido configurados en su presencia y en los cuales, por una u otra razón, no se han cristalizado los datos necesarios para el «Divino Impulso de la Consciencia Objetiva.»
Con esta somera explicación de la palabra Hasnamuss, Belcebú dio por satisfecha la
curiosidad de su nieto.

Triamazikamno y Heptaparaparshinoj sagrados


Ya te he hablado una vez de esas dos leyes cósmicas
sagradas fundamentales
; trataré ahora de explicártelas un
poco más detalladamente.
De la primera ley cósmica sagrada original, la ley del
Heptaparaparshinoj
sagrado, la ciencia cósmica objetiva da la
fórmula siguiente:
"El flujo de las fuerzas sigue una línea que se quiebra
siempre a intervalos regulares y cuyos extremos se
encuentran".
La línea según la cual se expresa esa ley cósmica sagrada
presenta siete puntos de desviación, o como todavía se dice,
siete "centros de gravedad"; y la distancia que separa dos
puntos de desviación o "centros de gravedad" se llama
"stopínder del Heptaparaparshinoj sagrado".
El proceso completo de esa ley sagrada, que se ejerce
sobre todo cuanto existe, desde su aparición, comprende pues
siempre siete "stopinderes".
En cuanto a la segunda ley cósmica original, la del
Triamazikamno sagrado, la ciencia cósmica objetiva la formula
con estas palabras:
"Todo nuevo surgimiento proviene de surgimientos
anteriores por el "jarnel-miatznel", es decir, por una fusión
cuyo proceso se realiza así: lo que está arriba se une con lo
que está abajo, con el fin de realizar por esa unión lo que
es mediano, lo cual se convierte a su vez en lo superior para
el inferior siguiente, y en lo inferior para el superior
precedente".
Ya te he dicho que ese Triamazikamno sagrado comprende
tres fuerzas independientes que se llaman:
la primera, "Surb-Otheos",
la segunda, "Surb-Skiros",
la tercera, "Surb-Athanatos".
La ciencia objetiva llama esas tres fuerzas santas del
Triamazikamno sagrado:
La primera, "Fuerza Afirmativa" o "Fuerza de Impulso", o
simplemente "Fuerza Más",
La segunda, "Fuerza Negativa", o "Fuerza de Resistencia",
o simplemente "Fuerza Menos",
Y la tercera, "Fuerza Conciliadora", o "Fuerza de
Equilibrio", o también "Fuerza Neutralizante".
En este punto de mis explicaciones, relativas a las leyes
fundamentales de "creación del mundo" y de "mantenimiento del
mundo", es interesante notar que los seres tri-cerebrales del
planeta que te agrada tanto habían comenzado, también ellos,
en la época en que las consecuencias de las propiedades del
órgano kundabúffer no estaban cristalizadas todavía en su
presencia general, a tomar conciencia de las tres fuerzas
santas del Triamazikamno sagrado, que llamaban:
la primera, "Dios el Padre",
la segunda, "Dios el Hijo",
la tercera. "Dios el Espíritu Santo".
En diferentes circunstancias, expresaban el significado
oculto de esas Fuerzas y para su esperanza de recibir de
ellas la acción bienhechora para su propia individualidad,
por medio de las súplicas siguientes:
"Fuentes de divinas
"Alegría, rebeliones y sufrimientos,
"Dirigid vuestra acción sobre nosotros.
o bien:
"Santa Afirmación,
"Santa Negación,
"Santa Conciliación,
"Transmútense en mí,
"Para mi Ser.
o también:
"Dios Santo,
"Dios Fuerte,
"Dios Inmortal,
"Ten piedad de nosotros.
Y ahora, hijo mío, escucha atentamente lo que viene. Como
ya te lo he dicho, Nuestro Santísimo Sol Absoluto se mantuvo
al comienzo únicamente con ayuda de esas dos leyes sagradas
originales; pero esas leyes funcionaban entonces de manera
independiente, sin la ayuda de ninguna fuerza exterior,
cualquiera que fuese. Ese sistema se llamaba "Autoegócrata".
Más tarde, Nuestro Eterno Todo-Poderoso resolvió
modificar el principio de funcionamiento de esas leyes
sagradas fundamentales, haciendo depender su funcionamiento,
hasta entonces autónomo, de fuerzas venidas de afuera.
Pero como ese nuevo principio exigía fuentes apropiadas
exteriores al Santísimo Sol Absoluto de donde pudieran surgir
fuerzas susceptibles de verterse en El, Nuestra Todo-Poderosa
Eternidad se vio obligada a crear nuestro Megalocosmos, con
todos los Cosmos de escalas diferentes, y todas las
formaciones cósmicas relativamente independientes que allí se
encuentran. Y desde entonces, el sistema que mantiene la
existencia del Sol Absoluto lleva el nombre de
"Trogoautoegócrata".
Nuestro Padre Común Eterno Uni-Eseral, habiendo decidido
modificar el principio según el cual se mantenía la
existencia de esa única concentración cósmica, lugar de Su
Ser Glorioso, comenzó por alterar el funcionamiento mismo de
esas dos leyes sagradas originales, y más particularmente la
del Heptaparaparshinoj sagrado.
La importante modificación que El hizo sufrir al
funcionamiento del Heptaparaparshinoj sagrado afectaba a tres
de sus stopinderes, y consistía en una alteración de su
"acción subjetiva". Prolongó la duración de uno, abrevió la
de otro, y desarmonizó la del tercero.
Con el fin de asegurar que el stopínder situado entre el
tercer y cuarto "punto de desviación" tuviera la propiedad
requerida para absorber, en beneficio de su funcionamiento,
el flujo automático de todas las fuerzas circundantes,
prolongó El su duración.
Y es precisamente ese stopínder del Heptaparaparshinoj
sagrado
que se llama "mdnel-inn-mecánico-coincidente".
En cuanto al stopínder que El abrevió, éste está situado
entre el último "punto de desviación" y el comienzo de un
nuevo ciclo del proceso del Heptaparaparshinoj. Con esa
alteración, destinada a facilitar el comienzo del nuevo
ciclo, El asignó a ese stopínder un funcionamiento
dependiente únicamente del flujo de fuerzas exteriores que le
aportan los resultados de la acción de la concentración
cósmica en la que se efectúa el proceso integral de esa ley
sagrada fundamental.
Y es este stopínder del Heptaparaparshinoj sagrado que
todavía se llama hoy "mdnel-inn-voluntariamente realizado".
En cuanto al tercer stopínder cuya "acción subjetiva" El
modificó, que es el quinto de la serie, y que se llama
"jarnel-jaut" su desarmonía se operó por sí misma, después de
la modificación de los otros dos stopinderes.
Esa desarmonía de su funcionamiento subjetivo, que es la
consecuencia de su asimetría relativa dentro del conjunto del
proceso del Heptaparaparshinoj sagrado, consiste en esto:
Si el proceso de esa ley sagrada se efectúa en
condiciones tales que está sometida a la acción de numerosas
vibraciones surgidas de "múltiples causas" que le son
extrañas, no da sino resultados exteriores.
Pero si ese mismo proceso se efectúa en una calma
absoluta, en ausencia total de vibraciones surgidas de
múltiples causas extrañas a el, todos los resultados de su
acción se conservan en el interior de la concentración en la
que se realiza, y esos resultados no son perceptibles en el
exterior mas que en caso de un contacto directo e inmediato.
Si ninguna de esas dos condiciones diametralmente
opuestas predomina en el curso de ese proceso, los resultados
de su acción se dividen ordinariamente en exteriores e
interiores.
Así pues, hijo mío, a partir del momento en que Nuestro
Creador Eterno hizo sufrir a la ley del Heptaparaparshinoj
sagrado esa profunda modificación referente a la acción
subjetiva de los stopinderes, ella intervino en el proceso de
realización de todas las formaciones cósmicas, pequeñas y
grandes.
Te lo repito, mi querido Jassín, esfuérzate por asimilar
todo lo que se refiere a esas dos leyes cósmicas
fundamentales, ya que el conocimiento de esas dos leyes
sagradas, y sobre todo el de las particularidades del
Heptaparaparshinoj, te permitirá más tarde comprender a fondo
y sin dificultad todas las leyes secundarías y terciarias de
la "creación del mundo" y de la "existencia del mundo".