EL DESPERTAR DEL PENSAR 6

RELATOS DE BELCEBÚ A SU NIETO G. I. GURDJIEFF
TRADUCCIÓN
CAPÍTULO I PARTE 6



EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO



Pero en caso de que, a pesar de esta advertencia, desearas conocer el contenido posterior de
mi exposición, entonces todo cuanto me resta por hacer no es sino desearte con toda mi
«auténtica alma» un gran, pero muy grande apetito, y que «digieras» todo cuanto leas, no sólo
para el bien de tu salud, sino también para el bien de la salud de todos aquellos que te rodean.
He dicho «con mi auténtica alma» debido a que, por haber vivido en época reciente en Europa
y haber establecido frecuentes contactos con determinadas personas que, en todas las
ocasiones apropiadas e inapropiadas muestran una fuerte tendencia a tomar en vano todos los
nombres sagrados que sólo deben pertenecer a la vida más íntima de un hombre, es decir, con
personas que juran en el vacío, y siendo yo, como ya he confesado antes, un fervoroso
adherente, no sólo de los dichos teóricos en general, sino también de los aforismos prácticos
de la sabiduría popular afirmados a través de largos siglos, y por consiguiente, del dicho que
en el caso actual corresponde a aquello que podría expresarse con las palabras: «Allí donde
fueres, haz lo que vieres», decidí, a fin de no desentonar con la costumbre establecida aquí en
Europa de jurar en el transcurso de cualquier conversación ordinaria y de actuar, al mismo
tiempo, de acuerdo con el mandamiento enunciado por los sagrados labios de San Moisés:
«no tomarás el nombre de Dios en vano», decidí valerme de uno de aquellos ejemplos contenidos
en los idiomas de moda «recién salidos del horno», esto es, el inglés, y así, a partir de
entonces, comencé en ciertas ocasiones necesarias a jurar por mi «alma inglesa».
El hecho es que en este tan elegante idioma, las palabras «alma» (soul) y la base del pie,
también llamada «planta» (sole), se pronuncian casi exactamente de la misma manera.
Yo no sé lo que tú, que ya eres en parte candidato a comprador de mis escritos, pensarás, pero
mi peculiar naturaleza es incapaz incluso con el mayor deseo mental, de refrenar una gran
indignación ante el hecho, puesto de manifiesto por individuos pertenecientes a la civilización
contemporánea, de que lo más elevado del hombre, particularmente amado por nuestro
PADRE CREADOR COMÚN, pueda realmente llamarse, y pueda llegar a comprenderse —
con suma frecuencia, en verdad, e incluso antes de haberse hecho completamente claro su
significado— como la parte que es la más baja y sucia del hombre.
Pero basta ya de «filologías». Volvamos ahora a la principal tarea de este capítulo inicial,
destinado, entre otras cosas, a remover, por un lado, los adormilados pensamientos míos y del
lector, y, por el otro, a advertir al lector sobre ciertas cosas.
De este modo, ya me he trazado mentalmente el plan general de las exposiciones pertinentes,
pero qué forma habrán de tomar sobre el papel, si he de hablar francamente, yo mismo no lo
sé en mi consciente, sino en mi subconsciente; de hecho, siento ya con bastante precisión que,
en su totalidad, habrá de tomar la forma de algo que será, por así decirlo, «picante» y que
tendrá un efecto semejante en la integridad de todos los lectores al del pimiento rojo en el
cuento del desdichado kurdo transcaucásico.
Ahora que el lector ya conoce la historia de nuestro simple campesino, considero llegado el
momento de realizar una confesión y, por consiguiente, antes de proseguir con el primer
capítulo, que no es sino una a manera de introducción a mis trabajos posteriores, deseo llevar
al conocimiento de lo que llamamos la «consciencia despierta pura» del lector el hecho de que
en los escritos que siguen a ese capítulo de advertencia habré de exponer mis pensamientos
deliberadamente, en tal sucesión y según tal confrontación lógica, que la esencia de ciertas
nociones reales pueda pasar por sí misma, automáticamente, por así decirlo, de esta
«consciencia despierta» —que la mayoría de la gente confunde, en su ignorancia, con la
consciencia real, pero que yo afirmo y pruebo experimentalmente que sólo se trata de una
consciencia ficticia— a lo que se llama el subconsciente, que tendría que ser, a mi juicio, la
verdadera consciencia humana, produciendo en ese punto, mecánicamente, la transformación
que debe tener lugar generalmente en la integridad del hombre y darle, a partir de su propia
mentación consciente, los resultados que merece, propios del hombre y no de los meros
animales mono o bicerebrados.
Así, me formé la resolución de hacerlo indefectiblemente, de modo tal que este capítulo
inicial, destinado como ya dije a despertar, lector, tu consciencia, justificara plenamente su
propósito y, alcanzando no sólo tu, en mi opinión, ficticia «consciencia», sino también tu
consciencia real, es decir, lo que tú llamas subconsciente, pudieras, por primera vez, llegar a
reflexionar de forma activa.
En la totalidad de todo hombre, independientemente de cual sea su herencia y su educación,
se forman dos consciencias independientes, que tanto en su funcionamiento como en sus
manifestaciones casi nada tienen en común. Una de ellas se forma a partir de la percepción de
toda clase de impresiones mecánicas, accidentales o deliberadas procedentes de los demás,
entre las cuales están las «consonancias» de diversas palabras que se hallan, como hemos
dicho, vacías; y la otra consciencia se forma a partir de los, por así llamarlos, «resultados
materiales ya formados previamente» que le son transmitidos por la herencia, que se han
mezclado con las partes correspondientes de la totalidad del hombre y también a partir de los
datos que surgen de su evocación intencional de las confrontaciones asociativas de esos
«datos materializados», que ya están en él.
La totalidad de la formación, junto a la manifestación de esta segunda consciencia humana, la
cual no es otra cosa que lo que llamamos «subconsciente» y que se forma a partir de los
resultados materializados de la herencia y de las confrontaciones originadas por las propias
intenciones, debería, a mi juicio —formado después de muchos años de dilucidaciones
experimentales llevadas a cabo en condiciones excepcionalmente favorables—, predominar
en la presencia común del individuo.
Como consecuencia de esta convicción, que sin duda debe parecerte todavía el fruto de la
fantasía de una mente alterada, no puedo ahora, como tú mismo podrás ver, pasar por alto esta
segunda consciencia y, obligado por mi esencia, me siento forzado a elaborar la exposición
general de incluso este primer capítulo de mis escritos, esto es, el capítulo a manera de
prefacio de todo lo que habrá de seguir, teniendo en cuenta que debe llegar, e «inquietar»
adecuadamente, a las percepciones acumuladas en esas dos consciencias tuyas.
Con esta consideración presente en el pensamiento, continúo pues mi exposición; debo ante
todo informar a tu consciencia ficticia de que, gracias a los tres datos peculiares precisos que
cristalizaron en mi ser total a lo largo de diversos períodos de mi edad preparatoria, soy
realmente único en el, por así llamarlo, «trastrueque» de todas las ideas y de las convicciones
que se suponían firmemente fijadas en el ser total de la gente con quienes entro en contacto.
¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!...
Desde ahora presiento que en tu «falsa» —pero según tú crees «real»— consciencia,
comienzan a agitarse, como «mariposas», todos los datos de importancia que te han sido
transmitidos por herencia desde tu tío y tu madre. La totalidad de dichos datos, siempre y en
todas las cosas, engendra en ti el impulso, por lo menos —pero no obstante, extremadamente
bueno— de la curiosidad, en este caso, curiosidad por descubrir lo más rápido posible por qué
yo, es decir, un escritor novel cuyo nombre no ha sido jamás mencionado en los periódicos,
me he vuelto de golpe tan único e irremplazable.
¡No te preocupes! Personalmente me hallo sumamente complacido con el despertar de esa
curiosidad, aun cuando ello ocurra tan sólo en tu «falsa consciencia», puesto que ya sé por
experiencia que a veces este indigno impulso del hombre puede llegar a pasar de esa
consciencia a la propia naturaleza y CONVERTIRTE ...
CONTINÚA